miércoles, mayo 16, 2018

EL BANCO VACÍO


Es de madera, ubicado en la esquina de dos calles donde el horizonte es más ancho y la vista se te pierde. Un árbol le cobija en tardes de primavera y, en invierno, las ráfagas de aire disipan a su clientela.

De un tiempo acá se le notaba arrugadito achicando ausencias, añorando palabras. Él es de todos, pero todos sabemos que tenía un dueño que cada día le visitaba, descansaba en él los años que arrastraba a cuestas, y hasta allí se aproximaban otros pajarillos de alas recortadas con tanta edad que juntaban más de un siglo.
Pero un día, una primavera no muy lejana, el banco se quedó mudo, Miguel-su dueño- se cansó de luchar y voló por encima de las ramas de ese árbol que tanto cobijo daba a buscar a su Ángel perdido.

Desde aquel día, cada vez que paso por allí, mis dedos se escapan a rozar la piel del banco solitario; ese gesto fortuito me aproxima a Miguel porque aunque él no lo sepa, mis años crecieron junto a su sombra alargada, igual que la de un ciprés.

El otro día, de lejos, disipé una figura sentada en el banco solitario. El corazón se puso a galopar pues creí ver el regreso de un duende…, pero no. Era una anciana haciendo acopio de la energía perdida.
Me senté junto a ella en silencio y, al cabo de un rato, dije “Vamos, mamá. Comienza a llover”

Volví a rozar con las yemas de mis dedos a ese banco que ya no estaba vacío; detrás de nosotras presentí la sombra de un ciprés alargada acompañándonos hasta casa.


3 comentarios:

Mª Jesús Muñoz dijo...

Me encanta que recojas el recuerdo y lo alargues en el tiempo junto a ese banco, que vuelve a estar vivo y agradecido...Mágico y entrañable, sin duda.
Mi abrazo y feliz semana.

Macondo dijo...

Muy bonito, entrañable y emotivo.

Antonia dijo...

Precioso el relato. Emotivo y nostálgico. Demasiado real. ¡Y me encanta!
Un abrazo.