… Hasta ahora creía que cuando cerraba los ojos era para atrapar y atesorar sensaciones, pero he descubierto que también si algo no me gusta, cierro los ojos, los aprieto tratando de borrar imágenes y percepciones…El otro día el tren me pareció una pecera con agua estancada: pies sucios en los asientos, aromas sudorizados, pantalones piratas que dejaban entrever piernas sin depilar, camisetas jamoneras, mujeres de senos montañosos disparados al infinito, y un hombre con una bolsa repleta de bocadillos; uno a uno iban cayendo como la armada Invencible.
… Sí, cerré los ojos. La vida es, a veces, una pecera y sus peces no son de colores; simplemente no se ven.
Mientras tanto, trataba de tocar los paisajes de mi mente cuando el maullido de un gato despertó a mis oídos; era lastimero. Trepé entre las maletas huyendo del hedor hasta encontrarme con unos inmensos ojos de gato que asomaban por la rejilla de una bolsa; nos miramos y sé que nos comprendimos.
Muchas veces es más fácil la comprensión con los animales que con los hombres.
…Y he recordado mi primer viaje en tren. Tenía trece años e iba a París con el colegio. Un hombre de boina calada hasta los ojos sacó de una servilleta una hogaza de pan; dentro había la tortilla más buena que he probado en mi vida. La mirada de aquel hombre no la he olvidado: era abierta, limpia…, humana.
He vuelto a mi asiento justo en el momento en que el hombre de los bocadillos engullía el último mordico; después, ha eructado y se ha dormido.








