jueves, junio 30, 2016

DOS DISCURSOS Y UNA BODA

Anoche cerré los ojos con una declaración de Bill Clinton en la que aseveraba que las peores decisiones de su vida las tomó cuando el insomnio le había ido a visitar y el cansancio al día siguiente era tal que erró.
Eran las tres de la mañana cuando sentí que mis ojos de persona se transformaban a ojos de búho. Encendí la luz, apagué la luz, tantas veces que el perro se fue a buscar la oscuridad a otra parte. Hice mi técnica favorita de relajación que consiste en pensar en un rincón especial que guardo en mi mente, pero ni el naranjo ni el ruido del agua al caer en una pequeña fuente me relajaron. Pasé a leer, pero estaba tan cansada que las letras se me hacían borrascosas. Pasé a buscar en Internet la climatología en los países bálticos y añadí una tristeza más pues cuando yo vaya lloverá y lo último que pensaba era llevar un paraguas. Después me di cuenta que últimamente como fatal; he dejado de comer kiwis. Me entró el remordimiento y lo aplaqué diciéndome que hoy me comería media docena. Y cuando mi cabeza ya era una jaula grillos, me acordé que hoy era un día importante para mí pues por primera vez presentaría el trabajo de un escritor en Madrid ¡Para qué me acordaría, madre mía!, se me juntó la velocidad con el tocino. Me puse a memorizar y vociferar lo que hoy diría, ¡qué desastre! Al oír voces, el perro se asomó, me miro y juro que meneó la cabeza como diciéndome que estaba como una jaula grillos, cosa que yo ya sabía. Me callé, me levanté y me fui al armario a pensar qué ropa me pondría hoy. Como si me fuera la vida en ello me puse a probarme  un vestido, un pantalón… ¡qué mal me sentaba todo!, hasta el perro me ladró y precisamente fue el ladrido del perro el que me hizo darme cuenta que estaba haciendo un pase de modelos con el pijama puesto. Descarté el pase y me volví a la cama. Apagué la luz. Me tumbé mirando al techo. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad que no era tal pues por encima del negro se encendían las luciérnagas de la noche. Farolillos incandescentes de estrellas, la farola de la calle, los faros de los coches. Me relajó esa contemplación pero no me durmió porque mis orejas pasaron al estado de escucha. “La noche habla”, me dije, “porque normalmente tienes la suerte de estar dormida y no la oyes”
Así que pasé de la fase contemplativa a la auditiva. Un silencio sordo te baña, su quietud te envuelve, te relaja, incluso te hace pensar que el mundo descansa, repone fuerzas como los móviles, menos yo, claro. Sin embargo si  tu oído se pega a las paredes de ese silencio escucha un ronroneo leve casi imperceptible. Tú pegas más los oídos a esa afasia y oyes que el mudo sigue girando, una parte de él sigue despierto…, como yo. El airecillo fino tiene su música, las hojas de los árboles la suya, el motor de un camión lejano el suyo... Sí, la noche en su silencio posee una música especial que te acuna, pero no me duerme.
Me levanto y me voy al jardín a fumarme un cigarrillo. He pensado que ver amanecer será una idea estupenda. Aún es de noche. Me siento, estoy tranquila pero, de pronto, me viene  un pensamiento cenizo “Está muy oscuro, como venga algún conejo, te caes de la silla del susto”, así que hago algo de ruido para que los conejos no me ataquen, pero el que viene es mi perro que como no lo siento cuando roza mi pijama, me asusto y me caigo al suelo con silla incluida. Una silla mala, de plástico que no pesa nada.
Me incorporo y me vuelvo a sentar. Comienza a amanecer, ¡qué preciosidad! Tan embelesada estoy en ese espectáculo que no me acuerdo que justo a esa hora imprecisa, se pone en marcha el riego; me ha duchado el pijama.

Según subo las escaleras me pregunto “¿Qué dirás hoy en la presentación de “Dos discursos y una boda”? Sr. Don José Menéndez, ex magistrado del Tribunal Supremo, prepárese que allá voy”

miércoles, junio 29, 2016

AYER TE VI

Ayer fue de esos días que sientes tanto que te duele el alma de tanto sentir. Un alma que ni se ve ni se toca, pero que sientes que está dentro de ti…
 
Ayer vi tu foto y me quedé largos minutos mirándote, adivinándote, descubriéndote. Tu estatus yacía en el suelo desconsolado. Tus ojos se dirigían a la cámara con calidez y esa verdad que escuece a tu herida.
 No sólo el tiempo ha hecho mella en ti. No, hay algo mucho más hondo que nos puede desfigurar a cualquiera de nosotros... El dolor.
Éste nos hace más humanos. Pone ojos al corazón, y razón al pensamiento.
Nuestra arrogancia se desarma ante el tormento desvistiéndose para mostrar la fragilidad de su ser, la humildad de su piel.
Ante la aflicción pasamos a rendir tributo a los cinco sentidos anquilosados, perdidos en la prepotencia vana, y nos transformamos, nos transformamos en seres humanos grandes, sensibles, humanitarios, en modestas personas.
Porque el dolor no conoce fronteras aunque se empecine en los débiles, con el tiempo todos caen. No hay señores ni esclavos, ni ricos ni pobres. El tiburón hiere a cualquiera.
Ayer, cuando vi tu foto, podíamos ser cualquiera de nosotros. Me di cuenta de tu herida, tan grande que te descoses por las costuras y que, sin embargo, ahora irradias una sencilla alegría. Aún sin vencer el dolor, le has vencido. Al fin te has hecho persona.
Una vez me contaron que cuando caes vuelves a tus orígenes, a recuperar tus sentidos porque cuando las cosas van bien con el tiempo muchos de nosotros se nos va borrando la pátina de ser persona. Te olvidas de tender una mano, de dar un gracias, de regalar sonrisas, de empatizar con los otros, de escuchar, del respeto, de la paciencia.  

Y volví mi mirada a otro paisaje igual de tremendo…
Ayer estuve con una mujer que está herida, tan herida que se descose por las costuras. Su valentía es grande, pero no suficiente para que el zarpazo sane; hay muchos hilos que vuelven a romperse en la maquina de su vida, y ahí la tenía delante de mí con la luz en sus ojos, a veces emocionados, otras, tristes, con su voz cargada de matices, sin rencores, fuerte sin suerte, una superviviente que  cada día coge aguja e hilo y cose sus desgarros el traje.
Mientras escuchaba a esa gran mujer que seguía emanando, a pesar de los años y de la vida perra, la virtud de ser persona,  se aproximó un vendedor ambulante y me tendió unos calcetines. Sus ojos, tan cargados de verdad, que se achicaron mis temporales de tonterías que no aportan.


Volví a casa sintiendo mis alas desplegadas, agradeciendo a quién sea por mostrarme otras verdades que me hacen abrir los brazos y las compuertas del corazón.

domingo, junio 26, 2016

LIBERTAD


La vida camina al son de la veleta, una giraldilla movida al bamboleo de un viento. Nuestras vidas están encadenadas unas a otras. Lo que decidan unos, inciden en nosotros, lo que decidamos nosotros, recae en la vida de los otros.

¿Somos libres de decidir nuestras vidas? Supuestamente sí. Sin embargo, si miras bien la cara de libertad verás en ella muescas, cicatrices de un querer que no pudo o, incluso, de una ignorancia que de ignorante no pudo decidir.

Muchas veces pienso que las oportunidades para arbitrar, arriesgarse, animarse, lanzase, a tomar un camino determinado, llegan en el momento idóneo, ni antes ni después. No elijes tu el momento, te elije él a ti y, entonces, tú sí tienes la libertad de elegir, de arriesgarte a caminar por una senda X.

Mis elecciones personales, esas libertades que me salen al camino, desde una cuneta, una recta o una curva, llegan al límite temporal. Es decir, cuando se me está acabando un tiempo que marcan unas leyes invisibles para determinados acontecimientos de nuestras vidas. No es lo mismo parir un hijo a los 22 que a los 45, por ejemplo; a eso me refiero en cuanto a límite temporal.

Pero LLEGO, no sé cómo me las apaño pero LLEGO a línea de meta con la lengua fuera y los pulmones agotados pero LLEGO, y cuando caigo fulminada al suelo por el esfuerzo, presiento que la decisión que tomé en mi pequeño recinto libertario fue la adecuada.
Las decisiones más importantes de mi vida han sido tomadas en libertad, cuando la cadena humana a la que estoy enganchada me ha dejado decidir, no antes ni después.
¿Arriesgo en mis decisiones? Sin duda pero es que la vida sin riesgo sería una cárcel a la que maniataras toda tu vida.

¿Es importante sentirse libre? Sí, rotundamente sí, pero no te engañes, tu libertad tiene las patitas cortas y está sujeta a la de otros y tú dependes de los otros. Por eso es fundamental que tus interiores sean anchos, largos y profundos, para que cuando la sociedad a la que estás atada, quieras o no, te impida sentirte libre, dentro de ti despliegues tus alas y vueles en libertad dentro de ti. Tal vez, solo quizá, tanto vuelo interior, tantos sueños guardados, un día tengan oportunidad de elegir ser reales o seguir su vuelo interior.

Hace poco se me ofreció una oportunidad de elegir, de proceder en libertad. El tiempo se acababa, vi el tren pasar, tal vez el último y me subí. No sabía a dónde me llevaba pero me arriesgué.

¡Gracias familia Cantalapiedra!

sábado, junio 25, 2016

CARA Y CRUZ

Da igual el color con el que vistamos los sentimientos: el cambio arruga, la incógnita estremece, la continuidad escandaliza. Si hay tiempo de razonar, el riesgo es vida, una actitud positiva. Sin embargo, la población esquilmada envejece, lo de arriesgar es para jóvenes que han de plantear futuros. Además, los esquilmados mayores, los de la periferia, tampoco llegan a final de mes, y los mayores medianamente asentados temen que lo poco que les queda se evapore.

El tiempo se escurre mientras el barco lleva anclado seis meses y el pueblo soberano está arto de tanto pedigüeño, tanto ladrón, tanta mentira y juego sucio, y tanta estafa para que, al final, la responsabilidad recaiga en sus hombros de aupar una promesa o, más de lo mismo.

Pero, ¿y si la promesa en realidad es un lobo vestido de cordero, que lo es? O, ¿nos quedamos con más de lo mismo que aúna experiencia con cierta estabilidad?
El trabajo, la pensión, la seguridad, la cultura, los ahorros, la religión,  la sanidad, el respeto, los derechos…, suspendidos en el aire de un  arco iris.

Estamos en sus zarpas, en sus egos, aunque nuestras manos sean las que decidan.
Cara y cruz de un presente arrebolado de hartura y de ineptos que juegan a ser dioses prometiendo el Olimpo más allá de la realidad y sus posibilidades.

“Siempre me quedará La Roja, yo mismo, el verano y los amigos”, me digo mientras las hojas del calendario van cayendo como hojas muertas de ilusiones. Y me grito “Amistad y Esperanza, no me dejéis en el ocaso de mis sueños. Sin sueños, estoy muerto”

Y la moneda sigue girando, suspendida en el cosmos, debatiéndose en la cara y la cruz.

viernes, junio 24, 2016

VERANO...Una sonrisa, por favor

¡Menudo calor! Llevaba varios días diciéndome “Baja, date un chapuzón”, pero no encontraba el momento, pero esta noche he pasado tanto calor que esta mañana me he dicho “Al agua, patos”…Qué lástima, qué pena, qué destrozo. En nueve meses, una puede parir, engendrar una criatura, pero no deteriorarse. ¿Para qué me ha servido gastarme los dineros en cremas? Pues ir haciéndome un paracaídas para cuando llegara la hora H aterrizara como una gran señora que ha llegado a esa edad innombrable. Pues no, mis dineros se han ido por el desagüe del retrete. Mi cuerpo, mi cara, un ascensor directo al precipicio. Claro, te tapas tanto en el invierno con eso de los fríos que cuando te quitas todas las capas de cebolla que llevas encima descubres el horror.
Yo estaba estupenda. Había adelgazado nada menos que 13 kg. Me decía “Muñeca, cómo un cañón estás. Qué fuerza de voluntad, qué grande eres” Mentira, todo una engañifla. Había adelgazado no por mi voluntad que siempre campa a sus anchas haciendo lo que la viene en gana, sino por el tiroides. Me mandaron unas pastillitas pero me dije “Muñeca, si las tomas y lo que sea se pone en su sitio, las carnes vuelven. Tú verás” Total, pensé que para lucir cuerpo pues empezaría con las pastillitas a finales de agosto; encima matándome para tener un cuerpo de escándalo en verano. Y de escándalo lo tengo en versión pellejo y carnes descolgadas, desnutridas y flácidas.
Después del asombro y los lloros, al comprobar que lo que es,  es, me he sonado los mocos y me he bajado a la piscina.
Me he tirado en la toalla y mi flacidez se ha desparramado por la toalla. Me he encendido un cigarrillo y me he puesto a mirar: las mismas caras, las mismas sufridas abuelas con insufribles nietos, mujeres feas, vamos, como yo y media docena de mujeres estupendas ¡Qué asco me han dado! Tanto que me he metido al agua. ¿En nueve meses se puede olvidar nadar? ¡Puf!, mis brazos desincronizados, las piernas a por uvas y el tronco hundiéndose.
Salgo del agua. Al menos estoy fresquita, ya es algo. Me tumbo a que los rayos malos me descoloren el blanquecino lechoso de la piel, y me dejo llevar por las voces apiñadas a mi lado.
“Manolito se ha divorciado, le ha quitado hasta el piso. Con lo puesto… ¿Qué me dices?...Sí, Y Antoñito está libre de nuevo… ¿Qué me dices?...Mi vecina del décimo A los tiene a pares… ¿Qué me dices?” Aquí me han dado ganas de levantarme y preguntar qué es lo que tiene a pares, pero estaba muy cansada. He torcido la cabeza y mi oreja se ha ido al lado de las yayas “Mi hija es que la han ascendido. Un cargazo, hija… ¿Qué me dices?...Mi yerno ganando dinero a paladas… ¿Qué me dices?”...Aquí me han dado ganas de levantar la cresta y preguntarla que si nadan en tanto dinero por qué no la cogen a una mujer que la ayude a cuidar de los seis nietos, pero me he dicho que no procedía, así que me he quedado dormida.
Estoy escocida. Me puse aceite bronceador de coco malayo y me he abrasado.
Me he subido un poco espatarrada porque si se me rozan los pellejos de los muslos, me duele.
Me voy a hacer un bocadillo de panceta, Kétchup y mostaza. Total, el tiroides no se va a enterar y  mi físico le tengo como le tengo, pues…

¿Cuándo llegará el invierno para volverme a tapar?

miércoles, junio 22, 2016

GENTE MALA, QUÉ ASCO, ¿NO?

Me metí en la cama con una afirmación que me zumbaba en los oídos y en la sesera. Provenía de una amiga cuyas aseveraciones las tengo muy presentes por su buen juicio y prudencia. Y cuando ella habla, hay que escucharla y meditar sobre sus palabras, tal vez las interiorice y deba seguir por esa senda…
El calor en Madrid se pega a las paredes de los edificios,   los árboles y las flores tratan de sobrevivir a él a duras penas con chapuzones de agua. Pero la quemazón viene sobretodo del asfalto, semeja la tierra ardiendo bajo la plantas de tus pies hasta llegar la canícula a tu raciocinio y dejarlo como un bistec a la plancha seco y chamuscado.
Pese a ello me adentré en uno de los lugares de sabor y solera madrileños: Malasaña. Calles estrechas que suben y bajan, igual que si estuvieran subidas en una montaña rusa. Tiendas chiquitas de barrio o de diseño. De tascas de siempre, bares con raigambre y prosapia, que en fin de semana hierven cervezas, voces, risas y tumulto, pero que entre semana, el paisaje es cálido y sosegado.
Mis pasos me llevaron a un café que no conocía. Bueno, a veces pienso que Madrid y yo nos casamos hace treinta años, pero lo nuestro no funcionó por falta de uso y comunicación. Tal vez sea que no había llegado el momento de rozarnos, y llevamos de unos meses para acá que flirteamos el uno con el otro y hasta nos gustamos; las cosas del querer, a veces, va por los derroteros más extraños, y lo mejor es dejarte mecer a ver qué pasa.
El café Ruiz me cautivo nada más verlo. Decimonónico, anclado en un tiempo que fue que hoy sigue siendo actual con tintes de intelectual. En un rincón estaban seis personas tan entretenidas descifrando una carta astral. El primer paso que di fue sentarme en una especie de balcón abierto a una calle recoleta, de edificios recién peinados, en los cuales reventaba un color rojo  en algunas ventanas; unas gitanillas desplegaban sus alas dando vida a una calle tranquila y asfixiada de calor. Mi mesa diminuta se fue extendiendo de rostros conocidos y voces vivarachas, ya se sabe que el español de hablar bajo, nada, parece que si lo hiciéramos no se nos sentiría. Después nos fuimos a otro recoveco del café. Unas teteras plateadas, tan brillantes que no podía alejar mis ojos de ellas, pero un leve toque me hizo aterrizar a una mesa rectangular en la que nos sentamos a divagar y con la excusa de “Sevilla…Gymnopédies” se divagó sobre los escritores, incluso sonó Gymnopédies de Erik Satie que me sigue emocionando cada vez que escucho una versión en concreto. Porque la música nos transforma y nos transporta hasta sentir un vuelo rasante sobre imágenes, personas, vivencias y placer.
Y entre palabras y palabras, surgió la frase de mi amiga “No sabes describir gente mala, retorcida, esa con la que nos topamos cada día y que existe”. Otra amiga que estaba a mi lado, también confirmó ese hecho. Miré a una, miré a otra, mis ojos estaban en ese momento en un partido de pimpón a cámara lenta y mi sesera agarrándose con uñas y dientes a esa afirmación que, sin habérmela dicho a mí misma nunca, yo la presentía en las puertas de mis letras pero no dejándola pasar.
“¿Por qué, porqué?”, me pregunté antes de apagar la luz, incluso durmiendo mis subconsciente apelaba a que me preguntara y cuando mis vahos nocturnos se han despertado con las primeras luces, lo primero que me he preguntado ha sido “¿Por qué?” y me he respondido con el segundo café:
“Ángeles no dejas pasar a la gente retorcida, o esa que se entiende por mala porque las aborreces, porque huyes de ellas, porque te desequilibran nada más otearlas. Sin embargo si te haces pasar por escritora que es la voz de la calle, debes pintar esos personajes, personas que hunden a otras por celos, envidia o porque el mal nace de sus entrañas”
Me he tomado un tercer café y me he puesto tan contenta “¡Qué puñetas, muñeca!, anda que no tienes cabroncetes y cabroncetas a tu alrededor, habla de ellos, ponles voz y hechos, mucho no te va a costar. Solo con mirarles un ratito, pintas el pan nuestro de cada día”

martes, junio 21, 2016

HISTORIAS DE UN AUTOBUS: DAMIAN

Hoy, una luz convertida en ceniza se cuela entre los andamios de hormigón, un Madrid en sepia envuelto en una niebla  que, lejos de ser fría, es una tierna espuma blanca. Me subo al autobús y el gentío me zarandea de un lugar a otro hasta que arranca el bus, y mi cuerpo se queda aprisionado entre otros cuerpos; cierro los ojos, esas masas me asfixian y trato de evadirme…
Unas voces alegres y glotonas se aposentan a mi lado. Unas ríen y otra  dirige la orquesta.  Es la voz de Damián que cuenta a sus contertulios improvisados que tiene en el cajón varias medallas: oro, plata, con diamantes, guardadas a  buen recaudo por si las necesita vender. Los tiempos aprietan en los zapatos de este jubilado y, quién sabe, si esos pequeños tesoros algún día le sacaran de un apuro. La orquesta ríe ante la ocurrencia atinada de Damián y éste continúa su alocución animado, satisfecho de quien ha tenido a bien valorar y premiar su fidelidad. Y es que este anciano, cuyo rostro no atino a ver por ser el bus más bien una lata de sardinas, es nada más y nada menos que el socio número sesenta y seis de su club favorito. Claro que reconoce que este año no ganarán la liga, ¿y qué?  Tantos trofeos atesora su club que por un año que no esté en la cúspide no pasa nada porque  Damián sentencia “El Real Madrid es el mejor club de la historia pese a quien pese “Los tertulianos, después de vaporizarnos con sus risas,  aciertan a darle la razón.
 El bus pega un buen frenazo, pero nadie se mueve, es imposible. De pronto, como si el vehículo necesitara aire para poder seguir su cauce, abre sus compuertas y algunos salen disparados, entre ellos Damián. Ahora le veo el rostro pues él se da la vuelta para despedirse de sus compañeros de viaje. Una boina calada hasta las cejas  para que el frío no entre en su sesera. Unos ojos de conejillo  avispados, y una enorme sonrisa despide a  esos contertulios accidentales porque, el bus, es lo que tiene, si abres tus compuertas personales, no sólo encontrarás incomodidades en días de rebajas, también hallaras conversaciones amables, palabras que estimulan en horas en que el gris es el rey, y no es precisamente la niebla glotona, sino el ánimo de los españoles. Respiro profundamente y he llegado a mi parada… ¡Hasta otra, amigos! 

sábado, junio 18, 2016

SEMBLANZAS CASTELLANAS

En el estío, al atardecer, cuando el sol no pica y el horizonte se esponja en violetas y naranjas, Castilla nace por sus senderos.
Sus atardeceres ensanchan la última frontera de los campos de labranza, donde la luz descansa en la llanura y emerge otra vida al abrigo de un sol que muere.

La savia, entonces, renace en las calles apagadas de un calor que quema a mi Castilla. Es el momento de encuentros y recuentos, del reposo, de la calma y el vientecillo ligero. Es la hora del murmullo en la calle copada de asientos con olor a tertulia.

Los caminos se pueblan de pasos tranquilos, del respirar íntimo en el silencio de la tierra que suspira de tanto grado sin sombra. Despiertan las estrellas en este mar castellano. Son farolillos que entonan a una luna de plata y oro.

En los bancos del apeadero de la estación, en un pueblo no muy remoto, se sientan los ancianos a ver pasar un tren con destino al más allá. Lo miran iluminados y ven caer al pasajero que regresa a sus raíces.

A la fresca de la noche se ventilan verbos del día consumido en calores y trigales.
Las puertas de las casas se iluminan de palabras, arden las lenguas, voces entrecortadas si son cuitas del vecino, mientras  en la espadaña de la iglesia duerme la cigüeña y las campanas tañen su voz con la exactitud de la hora.

Huele a campo, a tierra recién cortada, a la madre que parió su embrujo sobre las sienes de los hombres que la trabajan.

En Castilla se ha parado el reloj por este aroma de verano que baña mis campos de Machado. Mañana será La verbena, después la romería, la vaquilla y el encierro porque, en mis campos sesgados, ha nacido el verano y con él la alegría de la fiesta y el descanso.

El verano de Castilla, de asfalto y campo, muta a otros sabores y costumbres que apelan a la mar de fin de semana, al pueblín de nuestros ancestros, a la playa de un río pegado a la sien de cualquier ciudad castellana, a la piscina de un amigo o del ayuntamiento, a las terrazas al caer el día.

Es mi Castilla,  tan rancia y soberana, tan enjuta y pegada a sí misma que en ella no encuentras dobleces, sino campos extensos de tesón y techumbre, de silencios acalorados, de grillos musicales, de horizontes rectilíneos donde sentir el sol cuando el día despierta en la aurora y cuando el sol se marchita. Campos de bóvedas celestes donde mecer tus sueños cuando la noche se enciende y el agua difumina tierra y césped.

Es mi Castilla, de pueblos cercanos, dormidos y desnutridos en invierno pero que, al llegar el estío, se repueblan de voces de ayer y de hoy para avivar la memoria y que el olvido no barra sus raíces.
Esta es mi Castilla y de León, también,  esa a la que una vez me estrecharon a sus caderas y ahí sigo en un verano más, adorando sus calores y silencios, encendiendo mis recuerdos de la niña que una vez fui.

jueves, junio 16, 2016

¿POR QUÉ SOMOS VIOLENTOS EN EL FUTBOL?

Cada amanecer, una vez puesto un humeante café, me doy un paseo por las nubes. Camino con los ojos aún dormidos hasta que se van despertando en cada esquina, en cada recta de esas nubes virtuales. A veces mis ojos miopes se posan en cualquier recodo, noticias absurdas que mi subconsciente me obliga a leer para no enturbiar mi ánimo que se va desperezando de los vahos del sueño nocturno.
Aún estando despierta pero dormida el paseo por las nubes me parece maravilloso, el irte incorporando al mundo sabiendo qué ha pasado en esas horas que desconectaste tu batería vital para recargar fuerzas.
Y este amanecer me he quedado primero prendada de esa foto y cuando mi capacidad reflexiva se ha puesto en funcionamiento me he acordado de mi compañera de letras que el otro día preguntaba el porqué de la violencia en el futbol, el porqué es más de hombres que de mujeres. Me he puesto a buscar en la biblioteca de Google y después de mucho rebuscar me quedo con esta frase “¿Somos una especie violenta? (Ube). ¿Lo somos? «Lo somos, sí. Somos una especie violenta por naturaleza. Por dos razones. Porque somos agresivos y porque somos creativos. Sin imaginación no seríamos violentos »David Bueno
La agresividad es una emoción más que tenemos la raza humana, al igual que el amor, el miedo, el odio… Reconozco que esta palabra no me gusta porque me lleva a pensar en violencia y descarto de raíz esta palabra en mi vida porque pensar en ella, incluso observarla desde la otra acera me da pánico, se me encojen las tripas, no entra en mi sesera aptitudes y actitudes violentas en mi especie aunque debo reconocer que mis ojos se quedan cosidos a esas imágenes, tal vez por incredulidad o porque los resortes agresivos que llevamos dentro necesiten ciertos niveles de agresividad para caminar por estos mundos. Sin ir más lejos yo he observado que en momentos de estrés, de ser una persona pacífica, me vuelvo agresiva al sentirme acorralada, tal vez por supervivencia.
Pero he leído que el factor determinante entre hombres y mujeres para demostrar agresividad y en su deriva, violencia, está en la cantidad de testosterona, siendo esta mucho mayor en el hombre que en la mujer, de ahí que el 90% de la violencia en el mundo se ejerza por parte del hombre.
Pero, ¿qué tiene que ver el futbol en este tinglado de agresividad, testosteronas y violencia? Para mí un misterio porque hay muchos más deportes y en ninguno de ellos se da la violencia como en el futbol, lo que me lleva a pensar que la mano oscura del hombre mucho tiene que ver en esos comportamientos violentos que ensucian este deporte. La rivalidad creada entre equipos desde tiempos sin memoria, en ser un deporte de masas, en que hay equipos de futbol que jalean a las masas más violentas a defender sus colores y que salgan impunes de sus fechorías. Y el aspecto educacional, importantísimo. Aquello que nos hayan inculcado, incluso visto en casa, el aprendizaje de ciertos principios morales y éticos que cada vez existen menos en nuestras sociedades llamadas progresistas. En seres cuyo objetivo en la vida no existe, y por tanto solo se divierten haciendo daño, desatando sus pasiones más ruines porque no hay control de sí mismos. Incluso esa violencia que se llama doméstica, no hay que salir a la calle. Denuncias de maltrato cada vez que termina un partido y tu equipo no sale ganador, entonces tu pareja, mujer, sufre en su cuerpo el escarnio, la agresividad, derivando en violencia de género.
Por eso hoy cuando he visto esta foto de Piqué y Ramos me ha gustado tanto mirarla, observarla desde el ángulo de la deportividad, de las buenas maneras, de esa forma de comportamiento loable por parte del ser humano en el cual la competencia es buena siempre que sepamos canalizar y dominar la agresividad que corre por nuestras neuronas.

Los hombres y las mujeres somos iguales pero distintos. Nos necesitamos unos a otros por esa distinción de género en la que nos complementamos.

martes, junio 14, 2016

ESCRIDUENDE

Me ha venido  “de perlas” cambiar por unas horas el teclado por un plumero para organizar y colocar mi esquema mental y que los sentimientos reposaran en una habitación guardados…
Un suave vientecillo me ha despertado. Entreabro los ojos y una claridad rojiza planea por la ventana. No sé en qué cama estoy, ni siquiera puedo pensar, pero siento mis pies que flotan, y me veo vestida de duende. Río, doy saltos y mis manos acarician las nubes mientras las sonrisas se mezclan con lágrimas apenas reprimidas. Sí, ahora estoy montada en un Tiovivo saludando, dando vueltas a la par que las imágenes que veo son de gente que me mira y acaricia mi corazón con ternura. Entonces me bajo del caballito de cartón y me abalanzo sobre esos rostros y comienzo de nuevo a ser repartidora de besos, a perderme en abrazos, en abrazos mullidos de cariño…, y ahí me quedo, feliz, respirando el aroma de la gente, gente buena y generosas, olfateando sus almas acompasadas con la mía, oyendo voces rellenas de sabiduría con sabor tropical, hispanas, inglesas, otras tan castellanas que las escucho con un placer cargado de armonía que me hacen recordar las primeras palabras que tecleé de Sevilla…Gymnopédies “Si tuviera que poner una melodía en mi vida, sin duda sería Gymnopédies de Erik Satíe, mágica, misteriosa, suave, dulce, tan llena de paz que aún hoy me besa en el corazón”
Me vuelvo a emocionar, el labio inferior tiembla mientras mis ojos se visten de lluvia y me vienen a la memoria las palabras que una MªÁngeles Cantalapiedra, atribulada de sensaciones mágicas, dijo al recoger el premio Escriduende como autora novel 2016 otorgado por la editorial Sial Pigmalión en la feria del libro de Madrid:
“Este premio se lo dedico a los lectores porque sin ellos, no existirían los escritores y, por tanto, dejaríamos de ser duendes para hacer soñar a la gente de que todo es posible”
Ahora estoy planeando por esas imágenes, siento dentro de mí a mi familia, a mis amigos, a conocidos y desconocidos, todos subidos en un tren cuyo eslogan dice así: “Uno solo no puede, en equipo llega a algún lugar”, llevan un enorme globo en forma de libro titulado “Sevilla…Gymnopédies”
¡UN MILLÓN DE GRACIAS A TODOS!

Me acabo de despertar. El plumero me está mirando zumbón. Sí, me pide que me quite el traje de duende y me ponga el delantal. La otra realidad me espera.

miércoles, junio 08, 2016

MI EDITOR

Hoy le encontré en una foto. Lucía una perilla cuidada de hebras de plata matizada de claroscuros. Miraba a la cámara sonriendo, gesto que le achinaba sus ojillos. Su cara redonda, despejado su cráneo de pelos inútiles, es un campo de brillos tostados por el sol de las cuatro estaciones.
No había pensado decir nada de él porque hasta ahora nada me dijo. Claro que había hablado con él, llevamos unos ocho meses de relación, pero eso no quiere decir que le hubiera mirado con los ojos que se deben utilizar cuando miras a alguien. Hoy, sin embargo, parado en una instantánea he puesto ojos a mis letras para hablar de Basilio. De golpe y porrazo mi ligazón con él se ha ido al garete; me alegro pues no me gusta estar con gente que por circunstancias he de tratar a menudo y no vea qué hay detrás de ellas.
Esta mañana, sin embargo, he comenzado un nexo unilateral con él distinto. Nada más mirar la foto sentado junto a una mujer vestida de amarillo que tus ojos sin querer se desviaban a ese color luminoso, algo dentro de mí tiraba hacia el otro extremo del retrato para que mirara al hombre y automáticamente, sin darme cuenta, le he vuelto a ver detrás de unos matorrales verdes, tan verde todo el entorno que hacía sombra para que el sol indiscreto no se colara. Estaba sentado en una mesa de camping en serena tertulia, jugueteando sus manos con un vaso de güisqui. Escuchaba, hablaba, pensaba y estaba atento a todo lo que sucedía, incluso de unos hijos que por allí revoloteaban. Sus ojos chocolate no perdían ripio, dos perfectos sabuesos. Se levantaba, atendía a los recién llegados, y pasaba del hombre amigo al hombre de negocios con la misma naturalidad que versatilidad. A veces le veía acalorado de tanto trajín, pero no abandonaba esa faceta que combinamos entre lúdica y laboriosa, al menos el empresario que se está jugando las habichuelas de su familia cada minuto que pasa.
Detrás de esa instantánea, además, he visto un hombre currante, currante de verdad, hecho a sí mismo y que sabe como son los océanos empresariales de profundos, de intempestivos, revueltos, imprevisibles, e incluso de poco fiables. Un hombre hormiga al “tantán” de su instinto, de sol a sol, se abre camino cada día.

En esa mesa de camping playa, mientras un cubata caía tras de otro, he disipado las nubes glotonas que no nos dejan ver, y, por fin,  he avistado a un hombre de maneras sencillas, educadas y medidas que, por casualidades de la vida era mi editor, ese que te mira viendo en ti una máquina registradora de generar dinero, así de crudo, pero así de real. Un negocio es un negocio y has de tener la mente fría para evaluar riesgos,  y ganancias, ahí nada pintan los sentimientos. No sé lo que vio en mí, habría que preguntárselo a él. Personalmente ahora veo un hombre que forma parte de mi paisaje y me gusta mucho que esté ahí.

lunes, junio 06, 2016

JAZZ EN UN LIBRO

Ayer era domingo, el calor aplastaba y, a pesar de eso, me tiré a la calle. Me monté en un autobús climatizado con asiento y ventana para mirar; un lujo al alcance de todos que yo aproveché con suave complacencia. No saqué el móvil, no tenía necesidad de abstraerme, la realidad tangible era lo sufrientemente seductora como para pegar mis ojos dentro y fuera del bus; terrazas de cerveza y charla, abuelos y nietos caminando con parsimonia, mujeres maduras de distintas clases sociales y de idiomas diferentes subidas a un bus, acicaladas para una tarde dominguera. Aquello de ver con ojos calmados, sedientos de paisajes costumbristas, me gustaba en demasía para regodearme en ese placer tan simple de ver sintiendo.
Llegué a mi parada, todo era vida y bullicio a mí alrededor; el calor se pegaba a mi ropa y de ahí a mi piel, pero aún así caminé bajo árboles frondosos, chillidos de niños, acentos comunes y el color de la estación primavera. Poco a poco me iba emergiendo en el tumulto espeso de una feria en que la gente camina con "calma chicha" sin buscar nada en concreto. Me costó pero logré llegar a la vereda de las casetas que venden sueños. Unas abigarradas, otras menos, pero aún podía otear a los escritores de moda, a los de siempre, a los desconocidos. Por megafonía te contaban quienes firmaban a esas horas y su número de caseta. Mentalmente trataba de quedarme con los que me interesaban porque en el fondo sin yo saberlo quería, deseaba ver sus rostros, sus ojos, sus manos, su sonrisa, su comportamiento, saber si eran tan distintos a mí, qué tenían ellos que yo no tuviera. Julia Navarro con la cara lavada sonreía entre tímida y agradecida. Borges, concentrado, Risto Mejido, oculto como siempre tras su gafas, se dejaba hacer fotos, sonreía pacientemente, presentí que tenía muy bien digerida su fama, sin algaradas y con naturalidad. Pilar Eyre maquillada y momificada por esas cosas del querer ser más joven hasta que te borran la juventud de una sonrisa, una lástima. El niño prodigio que escribe y se expresa y en cuyos ojos veo cómo le han robado la niñez…
Paraba, miraba, respiraba y mi sonrisa de complacencia iba en auge. Muchos perros, intelectuales de las buenas maneras, caminaban tranquilamente con sus amos, sin hacer ruido, reprimiendo “la caló”. Gente con bolsas, una o dos, asidas a unas manos satisfechas. Gente con el helado, lenguas gustosas de esa frescura y sabor, y un violinista regalando jazz. Aquí cerré los ojos, abrí Sevilla...Gymnopédies, por cualquier hoja, y guardé su sonido tan vital, armónico y locuaz. Seguí caminando hasta llegar a mi destino, caseta 196. Allí estaban firmando compañeros de letras, desconocidos para mí pero con algo en común: esa luz que se escapa de nuestro gesto sin que apenas nos demos cuenta, ese orgullo de haber sido capaces de casar rimas y letras. Esa luz de esperanza de que alguien se incline sobre ti, te observe y decida llevarte a compartir sus horas… Les miraba con ganas, para sentir lo que yo, los dos días que he estado allí no he podido saborear por esos miedos, timidez a lo desconocido que nos asola a los novatos. Ayer sí, me colgué de sus rostros, me cosí a sus sonrisas, me bebí sus ilusiones con un par de cubatas y me volví a casa despacio, sin prisa, saboreando el último jazz que encontré en la feria. Un maravilloso quinteto interpretando “Sing Sing”. Volví a abrir Sevilla…Gymnopédies, por cualquier página, y guardé ese ritmo entre ellas. Realmente había sido una tarde deliciosa en la que dejé en una esquina perdida un calor anticipado y me llevé tantas ilusiones por hacer.

viernes, junio 03, 2016

LOLA Y ORUS


Hay mañanas de duende y días sin duende que, aunque te empeñes en prefabricar un elfo, errarás porque nacen espontáneos para sorprenderte. 
Si notas su presencia, déjate llevar, sin más. Apretarán sus manitas invisibles a las tuyas, notarás un cosquilleo en el corazón, oirás sus campanillas pegadas a la oreja, tu olfato se expandirá y percibiras, al fin, que las sensaciones vuelan por cualquier lugar. Las mías,  ayer, comenzaron a revolotear muy de mañana. Se acicalaron de turista accidental en ese Madrid que se me antoja bronco en la vida diaria para atraparme en los ojos  de un extranjero cualquiera que es capaz de ver más allá que un paisano de a pie. De la Gran vía se esfumó el ruido para ver un rosario de coches de colores atascados felizmente en el santuario de cualquier película o cuadro de Antonio López. Sin embargo mi elfo tiró del embeleso y me arrastró a Huertas, ese Madrid de letras, teatro y bohemios, allí donde discurren edificios bajos, tiendas deliciosas empujadas por el minimalismo del S XXI anclado en principios del XX. Tascas chiquitas con lectores de periódicos, y conversaciones atrapadas por el simple placer de conversar bajo un sol de primavera.
Yo fumaba en una esquina embrujando a mis pulmones de un humo que hiere cuando, de pronto, el duende movió mis ojos más abajo de una fachada, ahí se quedó mi mirada, cosida a la belleza, a la ternura de dos galgos, Lola y Orus. Su estampa me arrastraba del sosiego a la sensibilidad, del mimo a la suavidad, de la elegancia al amor.
No pude reprimir el impulso de jadear mis manos entre Orus y Lola. Con sobria dignidad ambos se dejaron acariciar su pelo zahíno y chocolate con manchas de merengue. Según mis dedos disfrutaban de su contacto presentía en ellos tanto guardado que me levanté electrocutada de sensaciones. Seguí fumando en aquella esquina tranquila de calles recoletas y prunos primaverales, pero el humo se esfumó y mis dedos volvieron a la querencia. Los ojos seguían arrastrándose hacia aquellos dos perros. En mi interior, preguntándome cómo preguntar a su dueña que algo de ellos me contara…, y me tradujo las historias  de siempre endosadas a la figura de un galgo que, después de su servidumbre, perecen en una cuneta, en un foso o en un ahorcamiento, vagando en la eternidad del abandono.
Qué penurias habrán pasado Lola y Orus para que uno de los dos no pueda soportar la cercanía del hombre, sin embargo no quiero interiorizar en ese dolor, prefiero disfrutar de la bondad de quien les rescató y que, seguramente, más de una vez Lola y Orus lloraran con las caricias de su ama, lloraran sensaciones gratas, de agradecimiento, porque los animales, aunque no se pueda entender, dentro de ellos existe la elegancia de sentir, de sentir amor, gratitud, piedad, afecto, fidelidad, sensibilidad…, demasiados sentimientos que muchos humanos no saben ni cómo se escriben.
Ya lo dijo Lord Byron “Cuánto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”

Lola, Orus, fue un placer conoceros, sois dos duendes.

jueves, junio 02, 2016

MARIAN

Hoy  Carlos Piñeiro en Facebook me ha regalado  un recuerdo, una nostalgia y he ido a por su imagen. He acariciado la pantalla del ordenador cuando pasaban sus imágenes: rie, fuma, se evade..., y me he quedado con esta foto, tan ella, tan Marian…
Dicen que el ser humano sólo muere cuando se le olvida.
Hoy he salido a pasear con el perro y he llegado hasta la plaza; los puestecillos de flores estaban repletos de crisantemos, y he sido capaz de verte detrás de la bruma amarilla de esa planta herbácea, suspendida de la nube negra que aún tintineaba agua.
Nietzsche sostenía que la grandeza de una persona se medía por la cantidad de verdad que era capaz de soportar, y tú, mi querida amiga, respirabas grandeza; tus silencios era una forma más de hablar, de expresar tus sentimientos. Añoro tanto tu compañía que, aunque ya no duele tu ausencia, no sé cómo llenar tus huecos. Hay días como el de hoy que según camino voy ordenando tus recuerdos, los poemas que marcaron los caminos de tus sueños y, a veces, cuando temo que tu imagen se fugue de mis ojos, evoco tu sonrisa, tus ojos colgados en cualquier nube.
…Recuerdo aquella vez cuando disipamos entre valles asturianos un pueblecillo suspendido en una cumbre y las dos pensamos lo felices que seríamos allí, tú con una máquina de coser, y yo enredada en letras, verbos, y frases sin fin…, las dos al calor de un brasero en una mesa camilla. Por la ventana veríamos pasar las vacas, la lluvia transitar por callejuelas rumbo al valle… Los amigos son irrepetibles, ninguno sustituye a otro, mal que nos pese, para que la nostalgia deje de abrazarnos.
Tratamos de vivir por ti, aunque hay momentos que lo que estoy viviendo tú jamás lo aprobarías porque eras mujer de sosegada calma, de susurros a media tarde, de corrillos pequeños, pero sé que  sabrías disculparme porque ante todo eras mujer de bondad, y de tratar de comprender los deshilachados entresijos de una persona.
Cuando tu luz se apagó y te crecieron las alas de ángel, supe que siempre estarías ahí, mi chica de la playa de Arnía, velando por todos, sonrojándote por mi caradura, conteniendo la risa, y que nunca desaparecerías de nuestras vidas.

Tu amiga del alma hoy lleva tu pesada mochila, y yo trato de que tu estrella siempre ocupe el lugar que la corresponde porque… el ser humano sólo muere cuando se le olvida y aquí te recordamos cada día.

martes, mayo 31, 2016

MI FARMACÉUTICO

Me he despertado a las cinco de la mañana, empieza a ser rutina… Os preguntaréis qué se puede hacer a esas horas…También me lo pregunté yo hasta que me puse delante de una taza de café y las ideas surgieron frescas cual lechugas. Planché, fregué, cosí y abrí el correo de cinco meses acumulado, hice cigarrillos con una máquina explosiva, tomé café con la lluvia de luz que me iba amaneciendo… Y cuando terminé, me vino a la cabeza mi farmacéutico. No le recordé porque sea guapo porque no lo es, pero ayer gracias a un sablazo que me dio uno de mis hijos (las madres siempre, siempre pringándola con los hijos) fui a visitarle y mientras esperaba a que me despachara, le pregunté, por educación, qué tal sus vacaciones tempranas; me dejó con la boca abierta… Sin tapujos, ni miramientos, me contestó rápidamente “Fantástico”. Una que está acostumbrada a que la gente,  en estos tiempos que corren tan malos y desaboridos, te conteste a esa pregunta con pesares, pues este hombrecillo calvo, diminuto, de sonrisa fresca y amable, me hizo que fuera una indiscreta del copón porque ante mi incredulidad, le pregunté “Fantástico, ¿Por qué?”… Él levanto sus ojillos y mirándome con la alegría pintada en su rostro contestó “Por nada especial y por todo. He leído mucho y muy buenas novelas, he paseado, he visto el mar y he hecho senderismo en mi Asturias querida… Pero, fíjate, qué suerte tan grande tuve que un día mirando al mar, vi flotar algo. Me puse las gafas y cuál fue mi sorpresa al ver un tronco; me acerqué a la orilla para rescatarlo ¡Y qué bonito era! , me lo llevé a casa… Pero es que ahí no paró mi suerte. Otro día hice senderismo por la montaña, y al llegar a un recodo, éste estaba lleno de maleza; con la mano la retiré y delante de mis narices apareció una especie de quinqué antiguo. También me lo llevé a casa… Así que cómo no va a ser estupendas mis vacaciones, ¿no te parece?”
No vi mi cara, pero sí sentí mi gesto benigno y amable al concluir sus motivos; según volvía a casa iba pensando que si hubiera mucha gente como mi farmacéutico (que la habrá, lo doy por seguro) que fuera capaz de expresar a sus semejantes las cosas buenas que nos ofrece la vida, gratis, regaladas porque sí, tal vez el mundo iría un poquito mejor.

Cuando se han despertado mis hijos, en vez de quejarme de lo mal que había dormido, les he contado todo lo bueno que he encontrado a las cinco de la mañana en ese correo de cinco meses sin abrir, en tomar café con la tormenta del alba, en coser unos vaqueros rotos desde hace meses, en descubrir unas fotos en ese correo divertidísimas, en el recuerdo de mi farmacéutico, en planchar para que cuando venga María a ayudarme no se canse demasiado ya que la semana que viene la operan de cáncer… Y con el aroma de la tinta fresca os lo transmito a vosotros.

domingo, mayo 29, 2016

ANALIZANDO A UN PERDEDOR

Busco en el diccionario qué significa perder y encuentro “Dejar de tener, Errar en el camino, no lograr lo que se esperaba, resultar vencido…”Cruel y dolorida palabra para quien la sufre y tú no te crees merecedor de ella, los datos te avalan y aunque Perder cada vez te va acosando más y más, tú sigues en la brecha con un luminosos rótulo en tu frente que te recuerda “Ahora sí”. Consciente que nada es fácil y que todo hay que peleárselo sales a jugar, el momento te brinda la oportunidad. Sin embargo ahí se alza victoriosa jactándose de su destino esa palabra maldita que te estudia, te observa, agazapada en un rincón del cuadrilátero. Es lista, sabe de su magnetismo de dejar exhausto a quien disfruta en exceso de ella, gasta las baterías sin desfallecer hasta apagarte el ánimo que cae fulminado. De lejos oyes “Uno, dos, tres…”, pero tu ánimo ha caído cao. Hasta hace un minuto, o quizá menos, tu rostro se escribía con gestos de esperanza, pero ya no, se ha confirmado el hecho, has perdido. La mirada se evapora y solo queda de ella lágrimas confundidas. Tu cuerpo, tu cabeza, el corazón, se han parado. Asimilan a duras penas la derrota, recaudan sus enseres y estrechan la mano del ganador. No puedes mirarle de frente, la pena te lo impide pero tu deber es reconocer su victoria. Según te retiras de la escena, la palabra de un amigo se engancha  a tu sesera “No es una derrota, simplemente has aplazado la victoria”, te sientes tan vacio que agradeces el calor de quien sabe ganar y roza con delicadeza la piel que supura. Según te alejas te vas diciendo “mañana será otro día”, y hoy descubres la luz revoloteando para que abras los ojos, sin embargo sigues triste, mucho, esta vez necesitas más horas, más días, más tiempo.
A veces, en los momentos de debilidad subterránea, pienso si los demás tendrán razón en que no es bueno atesorar esqueletos y para colmo crezcan como amapolas en primavera. A veces los saco al cuadrilátero, les golpeo impunemente, con rabia, dejándome los puños machacados y el alma rota y anoche fue uno de esos momentos en que el corazón te duele y quieres llorar. Le acaricias y sangra más y cuando estás lamiendo esa herida, uno de tus esqueletos sale del armario, no le sacas tú, sale él solo y viene victorioso a darte un puntapié como remate al perdedor.
Una amiga me susurraba al oído que tengo tantos esqueletos porque cada vez soy más mayor,  y te crecen las manías que se arraigan en ti hasta formar parte de tu vida. Otra amiga me susurraba en la oreja sobrante que no merece la pena, que hay penas gordas que has de atender, y las penas chicas hay que deshacerse de ellas, ocupan mucho espacio y nada aprendes de ellas.
Anoche se me fundieron los fusibles, soy uno de los miles a los que anoche la palabra Perder vino otra vez a por nosotros.
Perder posee variadas acepciones a las que hay que dar la importancia que se debe en cada momento. No es lo mismo perder un monedero que descarriar a un amigo, abandonarte un hijo, malograrse un amor o estropearse un sueño. Es verdad, pero todos son sinónimos de Perder y ¡Cuánto duele perder!
Hoy no me pidas que me levante, déjame solo…, pero según te vas, llévate mis esqueletos antes de que les parta la cara, hoy no es mi día.
¡Aúpa Atlético de Madrid!

jueves, mayo 26, 2016

RECORDANDO

Hoy leyendo las letras que no veía, por eso de leer para no pensar porque mi cabeza, en vez de ser cabeza, era un botijo repleto de migrañas, recordé aquel muchacho de pelo del color de los trigales en tardes revoltosas de verano. Ojos de mar con briznas acarameladas y mirada pícara. Era un buen chico y yo bebía los vientos por él. Era de esas personas que, al tratarlas, sabías que a su lado todo iría bien, que la maldad no estaba ligada a él y que la juventud podría ser eterna. No reía abiertamente, recuerdo que la sonrisa quedaba colgada a un lado de su boca, pero a pesar de ser como una media luna, era franca con leves tintes de timidez con lo que aún le hacía más irresistible.
Luego, los años giraron nuestros caminos y, cuando le volví a encontrar,  el trigal de su cabello eran cenizas rubias, su mirada opaca y esquiva y, su sonrisa, una cínica media luna  tan oscura como la noche, aun así me quedé prendada, pero esta vez de la decepción. Ya no era aquel muchacho, la vida le había cosido al bies las aristas de su rostro y su porte estaba preñado de desencanto.

 De nada servía escarbar, el ayer se había llevado todo el hechizo; entonces he cerrado  la memoria del recuerdo y he seguido leyendo sin leer.

martes, mayo 24, 2016

CÓMO TÚ QUIERAS

Mañanas al sol tostado, mañanas de pereza enredadas en tus enseres. Mañanas que intuyes pero que no has probado. Mañanas en que el mundo te espera y tú no te decides. Mañanas que escuchas, están ahí detrás de tus persianas bajadas. Mañanas de primavera, de amapolas y margaritas. Mañanas de todos los colores para que elijas el que más te convenga. Mañanas de pajarillos desde el alba subidos a tu balcón, son la tuna primaveral. Mañanas de lluvia, esa que lava y empapa la tierra. Mañanas que imaginas pero que no las pones letra. Mañanas que acaricias mientras el vaho nocturno se deshace en tu almohada. Mañanas de amor, de pies entrelazados y el calor de tu cuerpo. Mañanas de duende, mañanas rebozadas de recuerdos, mañanas de sonrisas, tal vez de lágimas. Mañanas de vida, mañanas de lucha, mañanas pausadas, mañanas planchadas, mañanas sin ojos hasta que tú las mires.
¡Ha sonado el despertador!, abro la ventana y mis macetas encienden mi mirada somnolienta.

¡Buenos días, esperanza!

lunes, mayo 23, 2016

TÚ Y YO

Tú y Yo no se hablan desde anoche. Saben que no es bueno irse a la cama con palabras encendidas de reproche, pero aún así apagaron la luz rumiando cada uno sus escocidas doliendas.
No es habitual que Tú actúe así pues su carácter es sereno, conciliador, cauto, sin embargo la verborrea de Yo le salpicó de tal manera que no pudo contenerse.
Yo, es convulso, vehemente, vital y poco reflexivo cuando en su piel navega la incoherencia de los otros que la toma como suya y sale al paso como si fuera el Cid Campeador.
Llevaba días gestándose la tragedia, a Tú no le pilló de improviso, pero tampoco quiso intervenir dejando a Yo que al final se cayera del árbol que había erigido como púlpito para su arenga y claro que se cayó, sintió hasta coces en su magullado cuerpo moral. Tú se le quedó mirando un rato, un rato largo pues en el fondo le dolía la caída tanto como a Yo. Acostumbrados Tú y Yo a caminar juntos siempre, a estar en perfecto equilibrio ambas partes de un Uno indisoluble, Tú saltó enfurecido, según él, en el momento oportuno. Yo, por el contrario, sostiene que la coz más fuerte provenía de Tú.
Todo saltó por los aires cuando Yo dijo “Si me quieres, quiéreme de todos los colores”, Tú mirándole con desprecio le contestó “Naderías, borbotones de palabras sin sentido. Hace días que pasas por el espejo y no te miras y no has visto, por tanto, la vanidad en la que te has vestido, un traje tan pesado que ha logrado que  extravíes la perspectiva”. Yo se frota la mollera, duele,  pero más lastimadas tiene las ideas que hierven sangre por un costado, comenzando a tomar conciencia, por fin, que sus percepciones son suyas pero no han de ser obligatoriamente las de los demás. "Con una vez que las cuente, es suficiente, pero de ahí a imponer es un trecho insalvable", seguía arengando Tú aunque Yo se obstine en creer que está en posesión, nada menos, que dé la razón y la verdad.
Como adivinando Tú los pensamientos de Yo, añadió “Quién eres, tonto de las narices, para creerte en salvaguardador de una idea a la que le faltan elementos para discernir si tiene peso o no… Se te va la fuerza por la boca, la soberbia y la altanería en tu actitud…” Cuánto más vociferaba Tú, más humillado y destemplado se encontraba Yo porque estaba tomando cuerpo de realidad y verdad cada palabra escupida por Tú malhumorado.
Tú y Yo, invariablemente, han sentido un remusguillo en sus conciencias, una debilidad, cada vez que se topan con un ganador y un perdedor. Ambos se quedan parados, en un lugar poco visible visibilizando con todo detalle la conducta, los sentimientos, que afloran cuando el Ganador se siente triunfante y cuando el Perdedor ve malogradas sus tibias esperanzas. La mirada del Ganador es la luz misma, la osadía de presentir que su campo no tiene compuertas que impidan su avance. Puede mostrase, incluso, soberbio,  un Nike cualquiera, Apolo, Zeus, vete a saber, pero a su incandescencia de victoria no la puede ocultar.
Perdedor extravía su mirada, su gesto se apaga y se abriga en los brazos de alguien para ocultar su frustración, para lamer su herida lejos de ojos intrusos. A Tú y Yo se les saltan los fusibles de la ternura y el consuelo es su guía; invariablemente se pasan al lado de Perdedor.
Tú y Yo, constantemente, se diluyen en esas almas triunfantes y dolientes. Ambos están de acuerdo de sentir lo mismo en un alma y en otra.
Y anoche, un hecho insólito, Yo fue arrastrado por el ganador, ése que había estado todo el día desmitificando por sus talante y por su gesto. Sí, fue  empujado por el buen hacer, por la aptitud y la actitud, por restablecerse ante el infortunio creyendo en sí mismo. Y Tú se fue con el Perdedor, el que sabe que la gloria no consiste en no caer nunca sino más bien en levantarse las veces que sean necesarias para perseguir un sueño (M.Benedetti)

Esta mañana al despertarse, Yo ha ido al espejo, no le ha gustado nada lo que ha visto, y ahí está sentado, mirando a Tú que duerme plácidamente para pedirle perdón.

viernes, mayo 20, 2016

ESOS DÍAS QUE SE AMONTONAN

Ayer fue un día extraño, de esos raros que se prenden a las sensaciones y cuando apagas la luz, siguen ahí sin saberse calificar.
Sé que corrí atropelladamente las horas que iban desde un amanecer tranquilo, confiado de que la primavera es de muchos colores y que los rayos se van posando en tu piel desteñida y hay que darla protección para que no se queme, pero se me olvidó proteger a las sensaciones que estuvieron a la intemperie sin más amparo que la vida agitándolas por las cuatro esquinas hasta que la luz se apagó.
Me senté en una de esas terrazas que acumulan vidas por doquier en una hora que  son pocos los paisanos que se dejan ver. Nada distrae al sosiego ni siquiera el ruido sordo de una ciudad de provincias. Acerqué la boca a un bocadillo apetitoso, pero al segundo bocado, una historia malcarada se sentó dos mesas atrás. La mujer caía fulminada, y el llanto y la incomprensión en su acompañante. No sabían qué hacer con la mujer a pesar de que la voluntad de aquellos que se aproximaban a los ojos desorbitados de la doliente era grande; recordé, entonces, cuando me visitaba el estrés un día sí y otro también, la pérdida temporal del presente y cuando alguien me cogía la mano y yo me agarraba a ella como tabla salvavidas guiándome en el camino de vuelta. Me acerqué tímidamente y lo dije y así lo hicieron y  así ella regresó a duras penas hasta que el Samur aterrizó. Mientras, unos y otros narraban  una llamada sin sonrojo avisando de un suicidio, un puñetazo para los sentidos y lo siguiente una mujer malherida en sus sensaciones más hondas. Mi bocadillo quedó atragantado y mi cuerpo corrió en busca de una madre que esperaba para ir al médico. Empuje la silla con su peso muerto mientras el sol calentaba en demasía mis sienes y una madre apilaba historias en su boca enfadándose conmigo porque no seguía su conversación descabellada. Me tiré en una silla  de consulta médica recuperando el resuello. Volví a salir a la calle tranquila con vientecillo en la sombra que aliviaba el empuje de una silla que me vendieron por ligera resultando una engañifa sin remedio.
“Un vestido, unos zapatos, estoy desnuda, hija”, reclamaba una madre que se siente sola desde tiempos que ya ni recuerda. Entramos, salimos, probamos y compramos. “Un chocolate, hija, estoy extenuada, no sabes conducir este trasto”, replicaba la madre requiriendo detalles para con ella. Las horas avanzaban pero no el calor instalado a templar las puertas de un verano. Un chocolate humeante, unos churros desprendiendo cien grados a la sombra y mi cuerpo húmedo de tanto sofoco. “Hija, qué tarde se ha hecho, vámonos que la cena es a las ocho” Empuja y arrastra tus piernas dobladas que ya llegas, decía a mi ánimo que se largaba sin más contemplaciones. Un beso sellado en ternura, unas manos acariciando al rostro arado de una madre y corriendo, corriendo, me abrigué en el agua fría de una ducha. Por el desagüe iban las horas atropelladas, los calores y el cansancio.
Me volví a sentar en una terraza de barrio de una ciudad chiquita, a la hora que la luna acaricia la noche y un aire suave revolotea en el asfalto. El murmullo de voces suaves repica junto al campanario de San Andrés dando las diez y las once. No puedo hablar pero sí escuchar la vida, las vidas de otros, los enfados y engaños, las incomprensiones y  egoísmos, las risas y descalabros, atentados y suposiciones.

En la radio suena tiempo de deporte, no hablan de goles, ni siquiera del espíritu deportivo. Las voces se enfrentan, se hieren, y yo apago la luz mientras pienso que la vida cotidiana te trae, te lleva, nada fuera de lo corriente, sin embargo tus sensaciones están prendidas en la azotea, secándose para recolocarse así mismas porque, por suerte, tal vez mañana exista en tus horas una vez más.

miércoles, mayo 18, 2016

CABECITA LOCA

Hay visitas inesperadas que adoras su sorpresa. Tus brazos se abren como las alas de la gaviotas. Te fundes en el cuerpo inesperado recibiendo un calor reconfortante, y a tu gesto se le encienden las bombillas iluminado toda tu expresión. Y lo primero que te sale y te sale del corazón son dos palabra “¡Qué alegría, gracias!”
Sin embargo hay otra clase de visiteos que ni los esperas ni los quieres y esa repentina aparición te descoloca como primera reacción. Luego te preguntas “Por qué ahora, qué es lo que ha pasado”, haces recuentos de las posibles causas que han provocado esa visita y a veces las encuentras y otras no, y cuando no hallas el motivo aparente te enfadas incluso contigo mismo por abrir la puerta a aquel que no quieres en tus horas.
Anoche caí fulminada en la almohada de mis sueños con la sonrisa zurcida en la mente (más feliz que una perdiz, frase que si la analizas semánticamente no tiene pies ni cabeza, pero rima). Mi cabecita loca estaba orgullosa de sí misma por haber vencido lo que ella consideraba un obstáculo; había dado un paso más con bastante soltura. Se aplaudió con las orejas y cerró los ojos. Sin embargo a las tres horas se despertó asustada, impresionada por la pesadilla que la había estado rondando por los mares subterráneos del subsconsciente. Bebió agua, tragó el sofoco de recordar la imagen de una amiga que mientras hablaba con ella, su cabeza se deshizo. La imagen nada sangrienta pero muy desagradable.
Mi cabecita loca volvió a cerrar los ojos esperando que la cantara una nana y así lo hice, hasta tres nanas y las ovejitas de rigor. Por fin se durmió. Me gustó contemplar su gesto confiado, la serenidad de su sueño.
¡Todo fachada!, no había pasado ni una hora y se puso a berrear (mi cabecita loca) como esos niños imposibles que te dan ganas de zarandearles mientras les preguntas “¿Qué, puñetas, te pasa ahora?” Ni nanas, ni ovejas, ni la imagen de la playa gaditana que tanto la gusta; no había consuelo para ella.
Miré el reloj, marcaba las cuatro treinta de la mañana. Me acordé de una amiga que de vez en cuando sufre estas visitas. La mujer se levanta, no hace ruido para no despertar a su gente. Baja las escaleras, se hace un café y se pone a planchar entre suspiros. A mí, como que lo de la plancha no, a oscuras me fui con mi cabecita loca que, sin tener que bajar escaleras como mi amiga, me fui dando contra todas las esquinas de la casa hasta que el perro salió a mi encuentro y se puso a ladrarme como un descosido. ¿Qué me querría decir? Una voz de ultratumba resonó en mis oídos “¿Mamí, ya me tengo que levantar?” No contesté, pero mientras preparaba un café daba de puñetazos a mi cabecita loca y al insomnio, al unísono para eso tengo dos brazos. Ni uno ni otra se dieron por aludidos. Al insomnio se le puso cara de Lucifer triunfante y a la loca que tengo por cabeza, a maquinar como una caja registradora como si no hubiera un mañana.

Me senté en la silla de pensar, esa que utilizamos en casa cuando no tenemos escapatoria, y vi amanecer.

domingo, mayo 15, 2016

¡QUÉ ASCO, QUÉ MIERDA!

Cuanto más conozco al hombre más amo a mi perro.
¡El mundo es un asco! Diría más, ¡una mierda!
Y no lo digo porque  hoy sea el 15M; es pura casualidad.
¿A quién echar la culpa?, la verdad no lo sé, quizá debamos buscar el delito de tanta miseria anímica y ruindad dentro de nosotros mismos.
Un día una amiga mía me sentenció que todos tenemos un precio, ¡qué ganas me dieron de tirarla de los pelos! Ese mismo día por la noche, calladamente en la afasia nocturna, le di a mi pesar la razón.
Leer un periódico es meterte los dedos en la boca y comenzar a dar arcadas como una embarazada cuando la repugnancia de un mal cocido se instala en su estómago. No se salva ni el deporte que parece amañado por las apuestas, neumáticos sospechosamente  alumbrados por el fuego, el precio del teléfono se dispara, los alimentos por las nubes, periodistas rigurosos mueren y ni una línea dedicada porque los casorios políticos por conveniencia interesan más, un país en el precipicio gracias a un loco carioco…Y todo esto en tres páginas, ¡qué nauseabundo, pardiez!
En casa dicen sin decirme “Ay Cantalapi vives en los mundos de Liliput” ¿Qué quieren, que saque mi mala sangre a pasear y me amargue porque hay millones de gilipollas paseándose por el mundo sin que hagamos nada por detenerlos? Conflicto de intereses, está claro. Pues no. Construyo mi mundo, se llame como se llame.
Ya tengo un amigo poeta, fantástico por cierto, que de tan salvajemente negro que ve todo, su foto es un recuadro negro; yo, su homóloga equidistante y antítesis, pongo una sonrisa mía que para eso me he ganado el título en mi casa de la mejor madre haciendo tortillas de patata; mi secreto es dar la vuelta a la tortilla en todo.
¡Qué hastío de gentuza, rediez! Si hasta Evaristo el de la polla, (así le conocen pero su grupo se llama La polla Records) hace tiempo chillaba “Ellas dicen mierda, nosotros amén”

Lo dicho, seguiré viendo campos verdes, mares infinitos, gente buena y pondré flores como ese bellísimo artículo de PedroSimón “Muertos sin flores”