martes, mayo 31, 2016

MI FARMACÉUTICO

Me he despertado a las cinco de la mañana, empieza a ser rutina… Os preguntaréis qué se puede hacer a esas horas…También me lo pregunté yo hasta que me puse delante de una taza de café y las ideas surgieron frescas cual lechugas. Planché, fregué, cosí y abrí el correo de cinco meses acumulado, hice cigarrillos con una máquina explosiva, tomé café con la lluvia de luz que me iba amaneciendo… Y cuando terminé, me vino a la cabeza mi farmacéutico. No le recordé porque sea guapo porque no lo es, pero ayer gracias a un sablazo que me dio uno de mis hijos (las madres siempre, siempre pringándola con los hijos) fui a visitarle y mientras esperaba a que me despachara, le pregunté, por educación, qué tal sus vacaciones tempranas; me dejó con la boca abierta… Sin tapujos, ni miramientos, me contestó rápidamente “Fantástico”. Una que está acostumbrada a que la gente,  en estos tiempos que corren tan malos y desaboridos, te conteste a esa pregunta con pesares, pues este hombrecillo calvo, diminuto, de sonrisa fresca y amable, me hizo que fuera una indiscreta del copón porque ante mi incredulidad, le pregunté “Fantástico, ¿Por qué?”… Él levanto sus ojillos y mirándome con la alegría pintada en su rostro contestó “Por nada especial y por todo. He leído mucho y muy buenas novelas, he paseado, he visto el mar y he hecho senderismo en mi Asturias querida… Pero, fíjate, qué suerte tan grande tuve que un día mirando al mar, vi flotar algo. Me puse las gafas y cuál fue mi sorpresa al ver un tronco; me acerqué a la orilla para rescatarlo ¡Y qué bonito era! , me lo llevé a casa… Pero es que ahí no paró mi suerte. Otro día hice senderismo por la montaña, y al llegar a un recodo, éste estaba lleno de maleza; con la mano la retiré y delante de mis narices apareció una especie de quinqué antiguo. También me lo llevé a casa… Así que cómo no va a ser estupendas mis vacaciones, ¿no te parece?”
No vi mi cara, pero sí sentí mi gesto benigno y amable al concluir sus motivos; según volvía a casa iba pensando que si hubiera mucha gente como mi farmacéutico (que la habrá, lo doy por seguro) que fuera capaz de expresar a sus semejantes las cosas buenas que nos ofrece la vida, gratis, regaladas porque sí, tal vez el mundo iría un poquito mejor.

Cuando se han despertado mis hijos, en vez de quejarme de lo mal que había dormido, les he contado todo lo bueno que he encontrado a las cinco de la mañana en ese correo de cinco meses sin abrir, en tomar café con la tormenta del alba, en coser unos vaqueros rotos desde hace meses, en descubrir unas fotos en ese correo divertidísimas, en el recuerdo de mi farmacéutico, en planchar para que cuando venga María a ayudarme no se canse demasiado ya que la semana que viene la operan de cáncer… Y con el aroma de la tinta fresca os lo transmito a vosotros.

domingo, mayo 29, 2016

ANALIZANDO A UN PERDEDOR

Busco en el diccionario qué significa perder y encuentro “Dejar de tener, Errar en el camino, no lograr lo que se esperaba, resultar vencido…”Cruel y dolorida palabra para quien la sufre y tú no te crees merecedor de ella, los datos te avalan y aunque Perder cada vez te va acosando más y más, tú sigues en la brecha con un luminosos rótulo en tu frente que te recuerda “Ahora sí”. Consciente que nada es fácil y que todo hay que peleárselo sales a jugar, el momento te brinda la oportunidad. Sin embargo ahí se alza victoriosa jactándose de su destino esa palabra maldita que te estudia, te observa, agazapada en un rincón del cuadrilátero. Es lista, sabe de su magnetismo de dejar exhausto a quien disfruta en exceso de ella, gasta las baterías sin desfallecer hasta apagarte el ánimo que cae fulminado. De lejos oyes “Uno, dos, tres…”, pero tu ánimo ha caído cao. Hasta hace un minuto, o quizá menos, tu rostro se escribía con gestos de esperanza, pero ya no, se ha confirmado el hecho, has perdido. La mirada se evapora y solo queda de ella lágrimas confundidas. Tu cuerpo, tu cabeza, el corazón, se han parado. Asimilan a duras penas la derrota, recaudan sus enseres y estrechan la mano del ganador. No puedes mirarle de frente, la pena te lo impide pero tu deber es reconocer su victoria. Según te retiras de la escena, la palabra de un amigo se engancha  a tu sesera “No es una derrota, simplemente has aplazado la victoria”, te sientes tan vacio que agradeces el calor de quien sabe ganar y roza con delicadeza la piel que supura. Según te alejas te vas diciendo “mañana será otro día”, y hoy descubres la luz revoloteando para que abras los ojos, sin embargo sigues triste, mucho, esta vez necesitas más horas, más días, más tiempo.
A veces, en los momentos de debilidad subterránea, pienso si los demás tendrán razón en que no es bueno atesorar esqueletos y para colmo crezcan como amapolas en primavera. A veces los saco al cuadrilátero, les golpeo impunemente, con rabia, dejándome los puños machacados y el alma rota y anoche fue uno de esos momentos en que el corazón te duele y quieres llorar. Le acaricias y sangra más y cuando estás lamiendo esa herida, uno de tus esqueletos sale del armario, no le sacas tú, sale él solo y viene victorioso a darte un puntapié como remate al perdedor.
Una amiga me susurraba al oído que tengo tantos esqueletos porque cada vez soy más mayor,  y te crecen las manías que se arraigan en ti hasta formar parte de tu vida. Otra amiga me susurraba en la oreja sobrante que no merece la pena, que hay penas gordas que has de atender, y las penas chicas hay que deshacerse de ellas, ocupan mucho espacio y nada aprendes de ellas.
Anoche se me fundieron los fusibles, soy uno de los miles a los que anoche la palabra Perder vino otra vez a por nosotros.
Perder posee variadas acepciones a las que hay que dar la importancia que se debe en cada momento. No es lo mismo perder un monedero que descarriar a un amigo, abandonarte un hijo, malograrse un amor o estropearse un sueño. Es verdad, pero todos son sinónimos de Perder y ¡Cuánto duele perder!
Hoy no me pidas que me levante, déjame solo…, pero según te vas, llévate mis esqueletos antes de que les parta la cara, hoy no es mi día.
¡Aúpa Atlético de Madrid!

jueves, mayo 26, 2016

RECORDANDO

Hoy leyendo las letras que no veía, por eso de leer para no pensar porque mi cabeza, en vez de ser cabeza, era un botijo repleto de migrañas, recordé aquel muchacho de pelo del color de los trigales en tardes revoltosas de verano. Ojos de mar con briznas acarameladas y mirada pícara. Era un buen chico y yo bebía los vientos por él. Era de esas personas que, al tratarlas, sabías que a su lado todo iría bien, que la maldad no estaba ligada a él y que la juventud podría ser eterna. No reía abiertamente, recuerdo que la sonrisa quedaba colgada a un lado de su boca, pero a pesar de ser como una media luna, era franca con leves tintes de timidez con lo que aún le hacía más irresistible.
Luego, los años giraron nuestros caminos y, cuando le volví a encontrar,  el trigal de su cabello eran cenizas rubias, su mirada opaca y esquiva y, su sonrisa, una cínica media luna  tan oscura como la noche, aun así me quedé prendada, pero esta vez de la decepción. Ya no era aquel muchacho, la vida le había cosido al bies las aristas de su rostro y su porte estaba preñado de desencanto.

 De nada servía escarbar, el ayer se había llevado todo el hechizo; entonces he cerrado  la memoria del recuerdo y he seguido leyendo sin leer.

martes, mayo 24, 2016

CÓMO TÚ QUIERAS

Mañanas al sol tostado, mañanas de pereza enredadas en tus enseres. Mañanas que intuyes pero que no has probado. Mañanas en que el mundo te espera y tú no te decides. Mañanas que escuchas, están ahí detrás de tus persianas bajadas. Mañanas de primavera, de amapolas y margaritas. Mañanas de todos los colores para que elijas el que más te convenga. Mañanas de pajarillos desde el alba subidos a tu balcón, son la tuna primaveral. Mañanas de lluvia, esa que lava y empapa la tierra. Mañanas que imaginas pero que no las pones letra. Mañanas que acaricias mientras el vaho nocturno se deshace en tu almohada. Mañanas de amor, de pies entrelazados y el calor de tu cuerpo. Mañanas de duende, mañanas rebozadas de recuerdos, mañanas de sonrisas, tal vez de lágimas. Mañanas de vida, mañanas de lucha, mañanas pausadas, mañanas planchadas, mañanas sin ojos hasta que tú las mires.
¡Ha sonado el despertador!, abro la ventana y mis macetas encienden mi mirada somnolienta.

¡Buenos días, esperanza!

lunes, mayo 23, 2016

TÚ Y YO

Tú y Yo no se hablan desde anoche. Saben que no es bueno irse a la cama con palabras encendidas de reproche, pero aún así apagaron la luz rumiando cada uno sus escocidas doliendas.
No es habitual que Tú actúe así pues su carácter es sereno, conciliador, cauto, sin embargo la verborrea de Yo le salpicó de tal manera que no pudo contenerse.
Yo, es convulso, vehemente, vital y poco reflexivo cuando en su piel navega la incoherencia de los otros que la toma como suya y sale al paso como si fuera el Cid Campeador.
Llevaba días gestándose la tragedia, a Tú no le pilló de improviso, pero tampoco quiso intervenir dejando a Yo que al final se cayera del árbol que había erigido como púlpito para su arenga y claro que se cayó, sintió hasta coces en su magullado cuerpo moral. Tú se le quedó mirando un rato, un rato largo pues en el fondo le dolía la caída tanto como a Yo. Acostumbrados Tú y Yo a caminar juntos siempre, a estar en perfecto equilibrio ambas partes de un Uno indisoluble, Tú saltó enfurecido, según él, en el momento oportuno. Yo, por el contrario, sostiene que la coz más fuerte provenía de Tú.
Todo saltó por los aires cuando Yo dijo “Si me quieres, quiéreme de todos los colores”, Tú mirándole con desprecio le contestó “Naderías, borbotones de palabras sin sentido. Hace días que pasas por el espejo y no te miras y no has visto, por tanto, la vanidad en la que te has vestido, un traje tan pesado que ha logrado que  extravíes la perspectiva”. Yo se frota la mollera, duele,  pero más lastimadas tiene las ideas que hierven sangre por un costado, comenzando a tomar conciencia, por fin, que sus percepciones son suyas pero no han de ser obligatoriamente las de los demás. "Con una vez que las cuente, es suficiente, pero de ahí a imponer es un trecho insalvable", seguía arengando Tú aunque Yo se obstine en creer que está en posesión, nada menos, que dé la razón y la verdad.
Como adivinando Tú los pensamientos de Yo, añadió “Quién eres, tonto de las narices, para creerte en salvaguardador de una idea a la que le faltan elementos para discernir si tiene peso o no… Se te va la fuerza por la boca, la soberbia y la altanería en tu actitud…” Cuánto más vociferaba Tú, más humillado y destemplado se encontraba Yo porque estaba tomando cuerpo de realidad y verdad cada palabra escupida por Tú malhumorado.
Tú y Yo, invariablemente, han sentido un remusguillo en sus conciencias, una debilidad, cada vez que se topan con un ganador y un perdedor. Ambos se quedan parados, en un lugar poco visible visibilizando con todo detalle la conducta, los sentimientos, que afloran cuando el Ganador se siente triunfante y cuando el Perdedor ve malogradas sus tibias esperanzas. La mirada del Ganador es la luz misma, la osadía de presentir que su campo no tiene compuertas que impidan su avance. Puede mostrase, incluso, soberbio,  un Nike cualquiera, Apolo, Zeus, vete a saber, pero a su incandescencia de victoria no la puede ocultar.
Perdedor extravía su mirada, su gesto se apaga y se abriga en los brazos de alguien para ocultar su frustración, para lamer su herida lejos de ojos intrusos. A Tú y Yo se les saltan los fusibles de la ternura y el consuelo es su guía; invariablemente se pasan al lado de Perdedor.
Tú y Yo, constantemente, se diluyen en esas almas triunfantes y dolientes. Ambos están de acuerdo de sentir lo mismo en un alma y en otra.
Y anoche, un hecho insólito, Yo fue arrastrado por el ganador, ése que había estado todo el día desmitificando por sus talante y por su gesto. Sí, fue  empujado por el buen hacer, por la aptitud y la actitud, por restablecerse ante el infortunio creyendo en sí mismo. Y Tú se fue con el Perdedor, el que sabe que la gloria no consiste en no caer nunca sino más bien en levantarse las veces que sean necesarias para perseguir un sueño (M.Benedetti)

Esta mañana al despertarse, Yo ha ido al espejo, no le ha gustado nada lo que ha visto, y ahí está sentado, mirando a Tú que duerme plácidamente para pedirle perdón.

viernes, mayo 20, 2016

ESOS DÍAS QUE SE AMONTONAN

Ayer fue un día extraño, de esos raros que se prenden a las sensaciones y cuando apagas la luz, siguen ahí sin saberse calificar.
Sé que corrí atropelladamente las horas que iban desde un amanecer tranquilo, confiado de que la primavera es de muchos colores y que los rayos se van posando en tu piel desteñida y hay que darla protección para que no se queme, pero se me olvidó proteger a las sensaciones que estuvieron a la intemperie sin más amparo que la vida agitándolas por las cuatro esquinas hasta que la luz se apagó.
Me senté en una de esas terrazas que acumulan vidas por doquier en una hora que  son pocos los paisanos que se dejan ver. Nada distrae al sosiego ni siquiera el ruido sordo de una ciudad de provincias. Acerqué la boca a un bocadillo apetitoso, pero al segundo bocado, una historia malcarada se sentó dos mesas atrás. La mujer caía fulminada, y el llanto y la incomprensión en su acompañante. No sabían qué hacer con la mujer a pesar de que la voluntad de aquellos que se aproximaban a los ojos desorbitados de la doliente era grande; recordé, entonces, cuando me visitaba el estrés un día sí y otro también, la pérdida temporal del presente y cuando alguien me cogía la mano y yo me agarraba a ella como tabla salvavidas guiándome en el camino de vuelta. Me acerqué tímidamente y lo dije y así lo hicieron y  así ella regresó a duras penas hasta que el Samur aterrizó. Mientras, unos y otros narraban  una llamada sin sonrojo avisando de un suicidio, un puñetazo para los sentidos y lo siguiente una mujer malherida en sus sensaciones más hondas. Mi bocadillo quedó atragantado y mi cuerpo corrió en busca de una madre que esperaba para ir al médico. Empuje la silla con su peso muerto mientras el sol calentaba en demasía mis sienes y una madre apilaba historias en su boca enfadándose conmigo porque no seguía su conversación descabellada. Me tiré en una silla  de consulta médica recuperando el resuello. Volví a salir a la calle tranquila con vientecillo en la sombra que aliviaba el empuje de una silla que me vendieron por ligera resultando una engañifa sin remedio.
“Un vestido, unos zapatos, estoy desnuda, hija”, reclamaba una madre que se siente sola desde tiempos que ya ni recuerda. Entramos, salimos, probamos y compramos. “Un chocolate, hija, estoy extenuada, no sabes conducir este trasto”, replicaba la madre requiriendo detalles para con ella. Las horas avanzaban pero no el calor instalado a templar las puertas de un verano. Un chocolate humeante, unos churros desprendiendo cien grados a la sombra y mi cuerpo húmedo de tanto sofoco. “Hija, qué tarde se ha hecho, vámonos que la cena es a las ocho” Empuja y arrastra tus piernas dobladas que ya llegas, decía a mi ánimo que se largaba sin más contemplaciones. Un beso sellado en ternura, unas manos acariciando al rostro arado de una madre y corriendo, corriendo, me abrigué en el agua fría de una ducha. Por el desagüe iban las horas atropelladas, los calores y el cansancio.
Me volví a sentar en una terraza de barrio de una ciudad chiquita, a la hora que la luna acaricia la noche y un aire suave revolotea en el asfalto. El murmullo de voces suaves repica junto al campanario de San Andrés dando las diez y las once. No puedo hablar pero sí escuchar la vida, las vidas de otros, los enfados y engaños, las incomprensiones y  egoísmos, las risas y descalabros, atentados y suposiciones.

En la radio suena tiempo de deporte, no hablan de goles, ni siquiera del espíritu deportivo. Las voces se enfrentan, se hieren, y yo apago la luz mientras pienso que la vida cotidiana te trae, te lleva, nada fuera de lo corriente, sin embargo tus sensaciones están prendidas en la azotea, secándose para recolocarse así mismas porque, por suerte, tal vez mañana exista en tus horas una vez más.

miércoles, mayo 18, 2016

CABECITA LOCA

Hay visitas inesperadas que adoras su sorpresa. Tus brazos se abren como las alas de la gaviotas. Te fundes en el cuerpo inesperado recibiendo un calor reconfortante, y a tu gesto se le encienden las bombillas iluminado toda tu expresión. Y lo primero que te sale y te sale del corazón son dos palabra “¡Qué alegría, gracias!”
Sin embargo hay otra clase de visiteos que ni los esperas ni los quieres y esa repentina aparición te descoloca como primera reacción. Luego te preguntas “Por qué ahora, qué es lo que ha pasado”, haces recuentos de las posibles causas que han provocado esa visita y a veces las encuentras y otras no, y cuando no hallas el motivo aparente te enfadas incluso contigo mismo por abrir la puerta a aquel que no quieres en tus horas.
Anoche caí fulminada en la almohada de mis sueños con la sonrisa zurcida en la mente (más feliz que una perdiz, frase que si la analizas semánticamente no tiene pies ni cabeza, pero rima). Mi cabecita loca estaba orgullosa de sí misma por haber vencido lo que ella consideraba un obstáculo; había dado un paso más con bastante soltura. Se aplaudió con las orejas y cerró los ojos. Sin embargo a las tres horas se despertó asustada, impresionada por la pesadilla que la había estado rondando por los mares subterráneos del subsconsciente. Bebió agua, tragó el sofoco de recordar la imagen de una amiga que mientras hablaba con ella, su cabeza se deshizo. La imagen nada sangrienta pero muy desagradable.
Mi cabecita loca volvió a cerrar los ojos esperando que la cantara una nana y así lo hice, hasta tres nanas y las ovejitas de rigor. Por fin se durmió. Me gustó contemplar su gesto confiado, la serenidad de su sueño.
¡Todo fachada!, no había pasado ni una hora y se puso a berrear (mi cabecita loca) como esos niños imposibles que te dan ganas de zarandearles mientras les preguntas “¿Qué, puñetas, te pasa ahora?” Ni nanas, ni ovejas, ni la imagen de la playa gaditana que tanto la gusta; no había consuelo para ella.
Miré el reloj, marcaba las cuatro treinta de la mañana. Me acordé de una amiga que de vez en cuando sufre estas visitas. La mujer se levanta, no hace ruido para no despertar a su gente. Baja las escaleras, se hace un café y se pone a planchar entre suspiros. A mí, como que lo de la plancha no, a oscuras me fui con mi cabecita loca que, sin tener que bajar escaleras como mi amiga, me fui dando contra todas las esquinas de la casa hasta que el perro salió a mi encuentro y se puso a ladrarme como un descosido. ¿Qué me querría decir? Una voz de ultratumba resonó en mis oídos “¿Mamí, ya me tengo que levantar?” No contesté, pero mientras preparaba un café daba de puñetazos a mi cabecita loca y al insomnio, al unísono para eso tengo dos brazos. Ni uno ni otra se dieron por aludidos. Al insomnio se le puso cara de Lucifer triunfante y a la loca que tengo por cabeza, a maquinar como una caja registradora como si no hubiera un mañana.

Me senté en la silla de pensar, esa que utilizamos en casa cuando no tenemos escapatoria, y vi amanecer.

domingo, mayo 15, 2016

¡QUÉ ASCO, QUÉ MIERDA!

Cuanto más conozco al hombre más amo a mi perro.
¡El mundo es un asco! Diría más, ¡una mierda!
Y no lo digo porque  hoy sea el 15M; es pura casualidad.
¿A quién echar la culpa?, la verdad no lo sé, quizá debamos buscar el delito de tanta miseria anímica y ruindad dentro de nosotros mismos.
Un día una amiga mía me sentenció que todos tenemos un precio, ¡qué ganas me dieron de tirarla de los pelos! Ese mismo día por la noche, calladamente en la afasia nocturna, le di a mi pesar la razón.
Leer un periódico es meterte los dedos en la boca y comenzar a dar arcadas como una embarazada cuando la repugnancia de un mal cocido se instala en su estómago. No se salva ni el deporte que parece amañado por las apuestas, neumáticos sospechosamente  alumbrados por el fuego, el precio del teléfono se dispara, los alimentos por las nubes, periodistas rigurosos mueren y ni una línea dedicada porque los casorios políticos por conveniencia interesan más, un país en el precipicio gracias a un loco carioco…Y todo esto en tres páginas, ¡qué nauseabundo, pardiez!
En casa dicen sin decirme “Ay Cantalapi vives en los mundos de Liliput” ¿Qué quieren, que saque mi mala sangre a pasear y me amargue porque hay millones de gilipollas paseándose por el mundo sin que hagamos nada por detenerlos? Conflicto de intereses, está claro. Pues no. Construyo mi mundo, se llame como se llame.
Ya tengo un amigo poeta, fantástico por cierto, que de tan salvajemente negro que ve todo, su foto es un recuadro negro; yo, su homóloga equidistante y antítesis, pongo una sonrisa mía que para eso me he ganado el título en mi casa de la mejor madre haciendo tortillas de patata; mi secreto es dar la vuelta a la tortilla en todo.
¡Qué hastío de gentuza, rediez! Si hasta Evaristo el de la polla, (así le conocen pero su grupo se llama La polla Records) hace tiempo chillaba “Ellas dicen mierda, nosotros amén”

Lo dicho, seguiré viendo campos verdes, mares infinitos, gente buena y pondré flores como ese bellísimo artículo de PedroSimón “Muertos sin flores”

sábado, mayo 14, 2016

¡AY CAYETANA!

Mí querida Cayetana…
Disculpa mi tardanza, me dijeron que me esperabas hace días desde uno de tus tejados. Te han visto de noche entreteniéndote con las estrellas, acariciando a los gatos más Tarugos, yéndote al giraldillo de la torre más esbelta y que allí alzabas el vuelo  hasta las dunas de Doñana. Y hasta en uno de esos días despistados en que llueven nervios, llamaste al “Cojo” para que tus pies sonaran por el cielo como tambor del buen flamenco llamando a tu amiga. Como eso no fue suficiente, abriste la verja, te descalzaste encumbrando tus brazos y abanicaste la mañana.
Pero si te dijera que es pudor mi tardanza, recato mi impostura, créetelo. Cuántas veces me he agarrado a tu verja decorando mi mirada en tu primer jardín, cosiéndome a uno de tus balcones, enrollada incluso a tus persianas de esparto, soñando, cuántas noches, pisar tu albero y, cuando me invitas, voy y tartamudeo mis pasos.
Menos mal que vino Antonio a rescatarme de mi timidez burlesca y mientras nos acercábamos a tu palacio él me decía “Esta luz de Sevilla… es el palacio donde nací con el primer rumor de fuente. Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”  Como mi reticencia aún seguía viva a adentrarme en tu intimidad más sonora, Antonio me ha cogido de la mano y me ha distraído con las cuadras más chiquitas para tus caballos de feria. He olido tu perfume, Cayetana, he imaginado tu calesa paseando por el Real. Después, Antonio me ha tirado de la mano para que le siguiera cuando mi deseo era escalar la buganvilla hasta tu balcón, pero me ha llevado directamente al limonero, después al naranjo y al ciprés y, cuando he podido despistarle, me he sentado en un banco de azulejo, y en el medio, una fuente que susurraba tus chisporroteos más íntimos y personales. He apoyado la cabeza  en un jarrón de pura alfarería, en él pintado tu escudo. Y allí he mecido un rato mis sueños entre agua y perfume del último azahar. Pero Antonio me ha encontrado y me ha arrastrado a tus espléndidos macizos de margaritas, he intuido tu persona mariposear entre el blanco y amarillo.
Más tarde me ha llevado de patio en patio con la música del agua en cada uno de ellos. Tu casa, Cayetana, huele a equilibrio entre dignidad, modestia y esa nobleza tan tuya. He visto tus cuadros, tus vasijas, tus miniaturas, hasta tu capilla y la soberbia escalinata que engalana tu patio del más puro morisco sevillano.
¡Lo qué habla Antonio, ozú, Cayetana!, me ha contado la velá de Triana, cuando escribe "...como /el niño que en la noche de una fiesta /se pierde entre el gentío /y el aire polvoriento y las candelas /chispeantes, atónito, y asombra /su corazón de música y de pena..." Tal vez me hablara tanto para que esquivara nuevamente mi pudor ante tu más cercana presencia pues sin darme cuenta,  me he topado de frente, sin más remilgo ni aliño. Te he mirado Cayetana, te he mirado desde lo hondo de mi alma y te he dicho tanto en tanto silencio, ¡Ay Cayetana!, los pajarillos, las campanas, han revoloteado entre nuestros cuerpos sin ser más sonido que esa querencia muda de adorar la quietud de tu vida. Y mis ojos fisgones, ¡Ay Cayetana!, se han redoblado en ojos asaltados, dibujando tu vida en esas paredes chicas y apretadas, llenitas de libros, trofeos y recuerdos. Me he cogido una sillita verde y, aunque prohibido, como tú me salto las normas cuando me viene en gana, y me he puesto a imaginarte, imaginarte tanto que la ternura se fue tras el toque de una campana.
Y mientras nuestras cuitas mudaban de color y sentimiento, por algún rincón de tu palacio alguien ha rasgado las cuerdas de una guitarra y la voz de Antonio he oído recitar:
¡Oh, la saeta, el cantar 
al Cristo de los gitanos, 
siempre con sangre en las manos, 
siempre por desenclavar! 
¡Cantar del pueblo andaluz, 
que todas las primaveras 
anda pidiendo escaleras 
para subir a la cruz! 
¡Cantar de la tierra mía, 
que echa flores 
al Jesús de la agonía, 
y es la fe de mis mayores! 
¡Oh, no eres tú mi cantar! 
¡No puedo cantar, ni quiero 
a ese Jesús del madero, 
sino al que anduvo en el mar!
¡Ay Cayetana!, he presentido aflojarse tu cuerpo del mío, pero nunca tu alma, tan viva como el primer día y he tenido que dejarte partir, partir a lo más alto, a cualquier callejuela, a cualquier rincón, porque Sevilla entera está llena de ti.

He salido por tu patio de naranjos mientras las campanas de algún convento retoñaban a festín y yo me descosía de ti.

miércoles, mayo 11, 2016

NIÑOS DE CÁI

¡Imposible, Imposible!, de imposible ná, quillo…
Hay niños de todos los colores y tú me contestarás “¡Imposible, imposible!”, pues existen en el arco iris de las calles de Cái. Cosidos a un balcón, remendados a una barca que pescó una ola, vestiditos de luz o chillando en la Viña.
Una mañana de levante en el mercado de San Fernando, había un hombre apoyado en la barra del bar. Miraba al amontillado que tenía en sus manos, buceaba en el sosiego y frescura de su agua en calma tan pegada a su tierra y, levantando sus ojos de mar, me dijo”La gente en Andalucía nace donde quiere” y entonces comprendí el arco iris de los niños.
Los niños del sur son de muchos colores, “¡Imposible, imposible!”, me dirás, y yo te contestaré que los niños son gente tan seria que no conocen lo imposible, y esto no es mío sino de Kafka.
Sí, los niños de Cái son bebés tostados al sol, sonrosados al amanecer. En sus manos, los deditos juegan a bulerías y seguidillas mientras que de los ojos se descuelga la brisa de la marisma y de la boca el océano de mil matices.
En las calles de San Fernando hay un niño zurciéndose a la espalda de su madre. Negro como un tahúr, dos lunas encendidas que no esquivan sus presentes y, en su boca, una pequeña almendra que sonríe según la miras.
“¡Imposible, imposible!” Volverás a escupirme, sin embargo te agarraré de la mano y a la plaza del Rey irás, donde Varela pone orden a sus palomas, también en San Fernando, quillo. El bebé primoroso, vestidito de gala desde que se amanece hasta el ocaso. Lazos y lazos, capotitas de puntilla de la abuela, zapatitos de muñeco y mofletes tan rosas como vivarachos sus gestos. Cuelga de él esa alegría, alegría sureña que solo Caí te regala.
¡Imposible, imposible!, verás que tó es posible en esta tierra de mar, son y sal. Mira, mira, no te vayas, ahí viene, sí, el joven parado, pero observa qué lleva en sus brazos. Sí, de humildes pero inmaculadas polainas se tapan sus rollizos muslillos y ¡Qué carita tiene mi niño, qué salaíto es! Es luz, es agua, está tostado al sol de Cái.
Vete, vete ya, que en Cái no existe lo imposible, sino un arco iris tostaíto de niños al sol y el son del sur.

¡Imposible, Imposible!, de imposible ná, quillo…

lunes, mayo 09, 2016

DESCOSIDOS BIEN ZURCIDOS

Poner fin a una historia es arto doloroso, liberador muchas veces, pero siempre cuesta, duele desgajarse de ella para que emprenda el vuelo libremente.
Es fácil y es difícil cuando los hilos los manejas tú, cuando eres el dueño, el creador de unas vidas inexistentes, imaginarias, pero que hay retazos en ellas que una vez fueron reales en algún momento.
Pero esta vez, descoserme de mi historia ha hecho que el corazón se asomara a mis ojos alborozado de alegría. Llevaba días pesarosos. Cada noche cuando apagaba la luz y me estiraba complaciente entre las sábanas frescas retozando el último placer del día, presentía a mis personajes sentarse a mi lado, tocar insistentemente mi cabeza para que esta despertara y les contara qué iba a hacer con ellos, estaban intrigados, alterados de la ignorancia de sus futuros derroteros. Sinceramente, me empezaban a cansar, me asfixiaban por su perenne presencia sin dejarme descanso. Es más, si caía abatida por el sueño, eran capaces de despertarme a las cuatro de la mañana obligándome a que me levantara y me pusiera delante del teclado. Luego ellos se apoyaban en mi espalda mirando inquisitivamente la pantalla para conocer de primera mano su futuro incierto. Se habían convertido en una obsesión que se colaba en cualquier parte: en la ducha, entre sonrisas, en el mar, en una calle, eran capaces de bañarse en una copa de fino amontillado si era menester.
En el fondo me daban pena porque ni yo misma encontraba una salida digna para ellos. Siempre positiva, nunca negativa, esta vez mis dedos garabateaban una historia dura, descosida de mi esencia aunque sintiera que mi obligación era poner un punto y aparte en mis letras. Pero me dolía esta nueva novela, me hacía sufrir cada tarde cuando la tomaba entre mis manos y repasaba su transcurrir. Dolor y más dolor encontraba en cada línea torcida de mis palabras y la ausencia de cohesión en la trama. Me chirriaba y aún a falta de las últimas incisiones en la historia, me sigue torturando.
Sin embargo, cuando hace un rato he sido capaz de poner punto y final, he sentido varias manos en mis hombros que me acariciaban con gratitud. He cerrado los ojos besando imaginariamente, como una madre besa a sus hijos, a cada uno de los personajes hasta descubrir que unas lágrimas furtivas y saladas caían a mis apuntes. Sí, vuelvo a estar emocionada. He sido capaz de volver a indagar en el mundo de los sentimientos, en la biblioteca emocional del ser humano.

Sigo siendo una novata en estado puro, sin embargo Sevilla…Gymnopédies me enseñó una cosa: no se trata solo de escribir, coser palabras una detrás de otra, luego llega una de las tareas más arduas, si cabe más dura que la de escribir una historia. Hay que hacerla armónica, vital, convincente y que arrastre a todo aquel que se acerque a ella. En definitiva, zurcir sus costuras para que no se descosan.

viernes, mayo 06, 2016

ANDANDO Y POR EL PUENTE

Me gusta ese sol de lluvia que te acaricia cuando se escapa del nubarrón. Presiento en su gesto una sonrisa pilla de quien ha burlado a su celador. Me fascina cómo la incidencia de la luz posee el prodigio de la transformación de una misma cosa.
Es la luz un despertador para los sentidos y así lo percibí cuando ese trocito de sol fue nuevamente raptado por la nube glotona que, detrás de ella llegaron más, y el color de la vida nuevamente se transformó. Una lluvia dulce, tranquila, comenzó a lavarme la cara al pasar el puente muy de mañana, y no pude reprimir mis ganas de parar y reposar los brazos en la barandilla húmeda para que mis ojos se convirtieran en las ventanas del alma recreándose en aquella procesión de casas, cosidas y zurcidas unas a otras, distintas entre sí aunque con un mismo gracejo y desparpajo.
Conté varias veces sus colores para no equivocarme aunque la luz de la nube, de la lluvia y del sol fisgón, me iban cambiando sus tonos. Amarillo, blanco, verde, marrón, rosa, albero, azul, y delante de aquellos colores transformándose en medios suspiros, se enlazaban unos a otros los naranjos, coquetos y tímidos de juventud.
Toda la hilera de casas miraban a su río que en ese momento era una balsa salpimentada de minúsculas gotas frescas e inocentes. Cada edificio poseía una peculiaridad, eso sí, todas estaban rematadas por una terraza mirado al cielo. Me imaginé aquellos espacios en noches en que la caló afloja y su techo se enciende de estrellas. Y deseé fundirme en esos techos colgados de las nubes entre susurros de conversaciones, cerveza fresca y risas espontáneas… Me imaginé tanto enganchada a la barandilla del puente que no me di cuenta que el tiempo apremiaba y yo tenía una cita.
Llegué con el tiempo justo y el sofoco apretándome los talones.
Me senté en un rincón cerca de la puerta, pero el bullício de la calle me distraía y fui a parar a otra esquina más recoleta y menos hostil donde leer mi pasado mientras Ella me escuchaba. Allí encallada en su puerto, mientras un cañaveral de cirios acunaba su figura en una luz tan ténue, que llegué a pensar que el sosiego y la paz debían ser algo parecido a aquel instante efímero. Invoqué, antes de partir, lo más parecido a una salve marinera mientras ya mis pies salían de nuevo a la calle, no sin antes volver la cabeza para decirnos una a la otra “un hasta luego”
Y volví a pasar el puente. Ya no llovía y algún rayo seguía jugando al escondite con las nubes glotonas. Paré un instante fugaz para volver a mirar con los ojos del corazón.

Una vez oí que a Triana hay que entrar por el puente y andando. No lo olvides.

jueves, mayo 05, 2016

AIRES DE LA ISLA

Qué me dice la vida que tú no sepas si a cada esquina me sale a ver simulando un estímulo para los sentidos. No me deja margen para el asombro porque, a continuación, me regala una y otra marismilla para que yo la cuente mientras una hebrita de aire a la sal aligera mis alas.
La mar de fresquita, de azul, plata y verde, moja mis pies mientras dos caballos bailan por bulerías en una playa de arena fina y sus crines se agitan como manos trenzadas y libres. Si hasta el perrillo corre entre las olas a por su pelota tan amarilla como ese sol que nace al despertar.
Y ese niño que tartamudea sus piececillos de ángel mientras su cuerpo desnudo busca a la madre que se hunde en la espuma.
¡Ay esa brisa de son! que se agita porque ya viene el levante a azuzar a tu piel inmaculada de invierno.
Y qué me dices de ese amor tardío cuya edad no corresponde sino, más bien, de dos corazones como dos chiquillos de grandes, paseando al borde de sus vidas, agarraditos de sus manos sembradas de ayeres y mirando a sus futuros. Se divisan, se ojean con alegría, y el horizonte de la marisma les traga en un beso furtivo
“Jocemanué, no te meta que tatizo”, la abuela chilla, qué chille dice el cielo, y el nietecillo sordo de viento corre al agua de Cái. Ese Cái de gatillos al sol, de malecón sureño y atardeceres sin infinitos.
Ay mi barquita atizada de olas blancas y aguas turquesas. Balancea su cuerpo, acuna mis sueños y me fundo en ellas mientras la gaviota despliega mis esperanzas.

Cae la tarde en la marisma, la isla se viste de cobre y oro, y mis manos se abanican a un cielo que es de Camarón.

viernes, abril 22, 2016

PRIMAVERA

Hoy bajaron las nubes. Bajaron tanto que la ciudad  se quedó descabezada. Los edificios sin corona, los árboles sin testera y los coches perdieron la soberbia de comer distancias en un santiamén. Avanzaban a tientas como el ser humano cuando camina sin ver ni siquiera sus presentes. De esos  coches surgieron minúsculos faros que parecían estrellas caídas de un cielo que no está.
Saboreaba la ciudad sin mollera desplomándose un techo tan gris como ceniza, tan sombrío como mulato. Conté los colores de aquellas nubes apretadas, nubes de primavera alocadas como melancólicas, y me dieron ganas de desplegar mis alas y perderme entre tanto estrato. Y así mis ojos volaron por nimbos pelados sobre una ciudad perdida y caótica. Al rato, mis pupilas descansaron sobre un mullido nimbostrato que hacía agitar las sensaciones más chifladas en un suave zarandeo, como ese que ejecutan las madres con sus cachorros hasta que se duermen en el más bruno de los sueños.
Desperté zarandeada, no por nubes que galopan, pues estaban decididas a quedarse pegadas al asfalto, cosidas a la tierra agradecida, sino por truenos y centellas malhumorados hasta que tiraron mis ojos al suelo duro de la vida. Plegué las alas de las retinas mientras la ciudad recibía los requiebros de la tormenta. A duras penas pude levantarme de tanta ira y menosprecio, pero cuando logré mi propósito, recibí el agua como vivo purgatorio llevándose, al fin, los miedos que no mueren, las amarguras más viejas, las noches más oscuras de un alma que no descansa.

Hoy llegó la lluvia y la tormenta avivando los colores de la vida, y yo, avancé por su sendero confundiéndome con una primavera.

martes, abril 19, 2016

HISTORIAS DE UN AUTOBÚS: Un viudo y una viuda

El estar prejubilado o jubilado del todo tiene sus ventajas: viajas en autobús como un marqués, sin apretujones y eligiendo el asiento. Yo, esta mañana sin ir más lejos, me subí como una marquesa y me senté al lado de una ventana para ver bien el discurrir diario de este Madrid caótico… ¡Lástima! Mi pequeño placer se vio interrumpido por dos nucas que iban sentadas delante de mí; no me pude reprimir mirarlas y observar que, aunque la vida envejece demasiado rápido, hay quien lleva con armonía  y belleza esa edad que esfuma la juventud dejando demasiados estragos no sólo en el espíritu sino, también, en el físico.
Una de las nucas pertenecía a un varón, Rubén, así se presentó a la otra nuca, María. Calva brillante y morena, una. Pelo blanco y perfectamente cortado, otra. La nuca de María era un bosque poblado de ceniza.
La nostalgia de la memoria pronto prendió en los dos ancianos. Ambos se confesaron viudos, y la suerte que tuvieron al haber compartido más de cincuenta años con sus respectivas parejas. Rubén vivió desde que se casó en el barrio de la Concepción donde iban a parar todas las parejas de su época. María, en Claudio Coello, casa heredada de sus padres y que ahora sus hijas se empecinaban en que se marchara de allí por ser muy grande “¿Sabe lo que opino de la actitud de mis hijas, Rubén? Se quieren quedar con la casa, en vez de vivir en Getafe, pero a mí no me echan hasta que me muera” Rubén asentía a las palabras de María “Yo vivo también en mi casa con una hija soltera, pero muchas veces pienso que la estorbo, no porque me lo diga ella, es demasiado buena, sino porque la corto las salidas, los viajes, por no dejarme solo y, ¡con lo a gusto que estoy cuando me quedo solo!” María le cuenta que está encantada de vivir sola porque hace y deshace lo que le da la gana aunque cuando llega la noche, las paredes se ponen a hablarla y le dan demasiado respeto “¿Usted cree, Rubén, que es normal que toda la casa se empecine en hablarme? Se me encoje el estómago y cada día tengo más miedo” “Doña María, con los años crecen los fantasmas. Yo vivo con mi hija y por la noche vienen a mi cama a darme la tabarra… Son muy pesados”
Pasamos por la Puerta de Alcalá y a sus pies crece colorida la primavera “Pues yo vengo de la casa del libro de comprar una novela, me gusta leer mucho. No vea el dineral que me dejo en libros. Luego los que menos me han gustado los llevo a la biblioteca del barrio porque los otros los releo…. Cómo la memoria es tan frágil…” “Yo hago ganchillo ¡Qué cosas más bonitas hago, Rubén! La pena que mis hijas, ya sabe cómo es la gente joven ahora, no lo valora. Pero lo que de verdad me gusta es la zarzuela, me pirria” “¿Qué la gusta la zarzuela? A mí me encanta. Ahora ponen Doña Francisquita… ¿Querría usted regalarme el honor de acompañarme?” “¿De verdad, Rubén, que me llevaría?” “Pues claro que sí, mujer… ¿Tiene usted, algo que hacer mañana” Porque podríamos quedar en la cafetería Miami y luego acercarnos a por las entradas a ver qué días hay?” “¿La cafetería Miami? Si ahí iba con mi marido…”
…Un despropósito, estaba llegando a mi parada y sentía pena tener que abandonar a aquella pareja adorable de ancianos. Me levanté hacia la puerta, y aún pude ver sus rostros carcomidos por el tiempo, pero lo que los años no pudieron borrar de ellos fue la luz de sus ojos y la expresión de adolescentes cuando están entusiasmados por algo.

Me pescaron mirándoles y, en vez de dirigirme una mirada desaprobatoria, me regalaron una sonrisa…

viernes, abril 15, 2016

LA LECTITUD DE LAS HORAS

Recuerdo cuando el tiempo no era tal y sus manecillas iban tan deprisa que los cinco sentidos se colaban por mis poros. Me convertía así en una trashumante atemporal donde el sentir de las sensaciones no había hueco para ellas. Tampoco la brújula me funcionaba, carecía de norte y sur. ¡Cuántas cosas me he perdido!, pero ahora el tiempo se ausenta de mi reloj de distintas maneras, como si las horas se deleitaran en su lentitud. He perdido la ceguera de antes, huelo el aroma de mi vida, el paladar se deleita hasta con un simple fruto. Repaso la piel de las horas, a veces rugosa, otrora terciopelo. Escucho el jazz en el que se han convertido los meses y avisto las cuatro estaciones.
Así en el sosiego de este tiempo nuevo percibo cómo el centro de la ciudad está repleto de ancianos con sus penas vagando por las calles. Los letreros se convierten en sus recuerdos deshilachados. Se sientan en los bancos para hacer un alto en ese camino de ausentes y, cuando te descubren a su lado, sus ojos se encienden como dos guindillas. Entonces sus voces, parpadeando de emociones incompletas, te hablan, anidan en ti su soledad. A unos, un sobrino les regaló un periquito que canta cuando presiente sus pasos tartamudos. A otros, es una tortuga que a sus nietos se les olvidó en su casa en la última navidad y ahora es su fiel compañero. Los que tienen mejor suerte, alguien les dejó al cuidado de un perrillo, ahora es su fiel compañero de batallas, el oído sordo que escucha y quita penas. Las manos aradas de su dueño es el mejor talismán para el chucho que controla el respirar del anciano que se desvive por él.
Y hay ancianos que no tienen nada de eso, y se hacinan en colas eternas viendo pasar su vida sin prisa aunque con ganas de que termine ya… Y así, cuando veo, huelo, palpo, oigo y cato tantos vacíos, mi paciencia y comprensión para mi madre mudan de piel. La ternura acaricia sus telarañas, escucho una y mil veces las mismas historias, las anécdotas arrítmicas del día, los dolores que no cesan, los miedos que ahogan…
Y, cuando soy consciente de todo esto, me obligo a sonreír, sonreír a todo aquel anciano que me mire por gratitud, por bondad, por tener aunque sea un pequeño gesto por los demás, por esos ancianos a los que la lentitud de la hora es demasiado pesada para ellos.

Ahora que el tiempo se ausenta de mi reloj, es buen momento para hacer algo por otros, gestos imperceptibles tan llenos de calor y color para el que nada tiene. 

miércoles, abril 13, 2016

DIARIO DE UNA NOVATA VALLISOLETANA, monólogo

La suerte está echada… No, aún no, tengo toda la mañana para repasar las palabras. Después reposarán y a una hora imprecisa saldrán a escena… Que salgan despacio aunque a buen ritmo y, sobretodo, que suenen sentidas porque así son, y si tienen que parar, coger aire y reanudar el paso, lo haces.
Dicen que esta tercera ya está chupada, las tablas me abalan. Pero no es cierto. Cada lugar posee su idiosincrasia y una emotividad especial… Cierto, pero no olvides ser tú, siendo tú tienes medio camino hecho… Vale.
¿Sabes? Lo más bonito que me han dicho en mi carrera profesional ha sido una palabra en francés, solo una, pero llena por completo mi expediente laboral… Ya sabes que menos es más… Sí, siempre está en mi cabeza, en mi corazón y cada vez que doy un paso, se pone delante de mí, me mira, sonríe, y luego se pone a un lado para dejarme pasar. Hoy, desde que he despertado, está junto a mí. De vez en cuando me mira de reojo, una sonrisa dulce Y tierna aparece en su gesto y calla. Luego, me acaricia la espalda con su mano invisible para que no pierda el norte ni el sur, para que el ritmo de la carrera de hoy sea uniforme y seguro. A veces paro en mis pensamientos y la aprieto las manos, necesito el calor de su confianza, esa que apareció un día para darme la luz… No olvides darla las gracias, antes y después…Sí, sí. Pero no puedo evitar sentir vértigo y que la frialdad y seriedad vallisoletana corten mi calor…Anda, no digas bobadas. Tú eres hija del Valladolid de siempre, ese que se abre en trayectos cortos y pierde su gesto osco y desconfiado para recibirte en sus brazos… Ya, pero… Olvídate de temores, respira hondo, posa tu mirada en el océano humano, sé tú, esto importantísimo… Vale.

Por cierto, ¿Qué palabra es? ¡CHAPEAU!

Gracias, mil gracias a todos, por haberme acompañado en esta aventura. Sin vuestro calor, ánimo y cariño, no hubiera llegado a la meta. Porque uno solo no puede, en equipo llega seguro.

martes, abril 12, 2016

TUS PECHOS SON MI SANGRE

Te vi llegar arrastrando tu paso y los restos de una lágrima colgada al corazón.
Tus ojos, bañados en dolor, imploraban el consuelo, el calor de una palabra.
Sentí tanta pena por tu estampa, que mi voz maulló al cielo destemplado.
Acaricié tu mano helada de vacíos, pero ella buscaba lo que el ayer le robó.
Miré tu pecho, yermo de consuelos, e intuí que un pesar hacinaba en tu coraje.
Mantuve la distancia hasta que tu voz se quebró en un llanto absoluto de quien es impotente ante la maldad de su prójimo.
Al fin, supe de tus duelos y una sonrisa de ternura se escapó en el viento que azotaba tu tempestad.

Mis manos, entonces, fueron a tus senos. Ellos no estaban, es verdad, un cáncer voló sus sienes y, sin embargo, me parecieron tan hermosos en su campo de batalla, que nunca te sentí tan mujer como en aquel instante en que besé su ausencia.


jueves, abril 07, 2016

DIARIO DE UNA NOVATA VALLISOLETANA I, APÉNDICE

Diario de una novata vallisoletana I, apéndice
Madrid, 7 de abril, 2016
“Escribir es la manera más profunda de leer la vida”… En mí, es recolocar las ideas, acariciarlas, perdonarme, descubrirme, reír y comprender. Ya no sé explicar sin letras. Es un viaje a los interiores de mi ser y ver el paisaje que allí se cuece. Después extraigo lo que palpita y lo fundo en letras minúsculas y, mientras la tinta fluye, la serenidad y el sosiego van creando un paisaje de tres elementos: hombre, paisaje y una pasión, Delibes dixit.
Pero una obra es cosa de dos, un matrimonio: del escritor y del lector. ¿De qué sirve vomitar, echar fuera aquello que te carcome si luego no tienes quién te lea? Estéril tu trabajo. Sí, en principio calma mientras vas colmando de bilis un papel con tinta azul. Disfrutas incluso con esa vista de suaves pinceladas y letras titubeantes mientras tus pasos van racheando cual costalero en el que te hubieras reencarnado. Pero después, cuando tu encaje conforma un mantón de hilos bien casados, tejidos con puntadas desde el corazón y tus yemas hierven sangre de tanto coser entre las costuras de tu alma, necesitas ofrecer, ansías compartir porque, ¿qué es la vida sin compartir? Un erial, un desierto donde no existe oasis posible.
Estoy más relajada, Sevilla…Gymnopédies esta gustando, gustando mucho si me apuras y eso calma mi sed. La novela está cumpliendo su objetivo: distraer, hacer compañía, a veces parar, coger aire, y pensar. Meditar lo qué significa un amigo, una familia, un amor. No un amor de ida y vuelta que no anida, sino ese amor sopesado como dibujaba Miguel Delibes en “Señora de rojo sobre fondo gris”. Y es que en Sevilla…Gymnopédies se habla de amor, incluso de ese amor romántico como cuando a Delibes se le colaba su ángel entre sus renglones.
Hablar de manera sencilla y cercana, metiéndote en la piel de gente corriente que chilla por los callejones de la vida para no ser invisible.
Llegar a Valladolid, es llegar a casa, donde los tuyos te esperan, donde una madre desea oir la voz de su hija entreverada de emoción. Es perder la vista entre tus amigos expectantes de tus palabras. Es tocar el cielo tímidamente y sentir que estás en una nube que te mece entre algodones.

Valladolid, tierra de campos, seria, fría en distancias largas, recogida en lo suyo, me espera y yo ansío llegar para abrazar a los míos, para ofrecerles mi decir con una hija hecha a fuego lento en tierras lejanas, envuelta de música, con sonrisas, intrigas, dolor y esperanza, pero al fin y al cabo una hija del Valladolid de siempre, ese que se abre en las distancias cortas y pierde su gesto osco y desconfiado. Mi hija, Sevilla…Gymnopédies, por fin, llega a casa.

miércoles, abril 06, 2016

DIARIO DE UNA NOVATA SEVILLANA II, APÉNDICE

Diario de una novata sevillana II, Apéndice
6 de abril, 2016
“En Sevilla la lluvia es una maravilla”…, y un excremento de vaca. A mí me fastidió mi peluquería casera, me rompió el paraguas y tuve que ir a un chino a hacerle gasto con la compra de otro paraguas, y me espantó a la clientela. Claro, los castellanos estamos acostumbrados a lo recio, a lo enjuto, pero Sevilla es sentimiento hasta para llover. Me mojó hasta la prenda que uso para tapar mi pomposo culito. Ahora, no pudo con mi ánimo. Me sentí “Cenicienta”, bajo un paraguas chino, pero Cenicienta.
El día nació zaíno y entreverado. Gotas rabiosas corrían sin rumbo cuando las luces  de la electricidad programada se iban a dormir. El AVE comenzó trotón a su rumbo sevillano pero el día no estaba por ponérselo fácil; la lluvia se estrellaba una y otra vez con furia contra los cristales y cuanto más agua, más verde se mostraba el campo, más cristalinos los charcos y más albero tierras de olivos. Llegamos puntuales y la ciudad lloraba sin consuelo mientras el viento azuzaba contra el suelo el último azahar prendido de su naranjo, aunque cuando el vendaval respiraba, el asfalto perfumaba de azahar para, a continuación, reanudar el aguacero rezongón. Corrí encima de mis playeras a la cita programada con el ABC. Llegué como una escritora metida en una sopa de agua lo que no impidió mi verborrea cargada de ilusión y piel de triunfo por llegar a donde mi imaginación nunca imaginó con mi hija de tinta y papel. La risa adornó el rato que estuvimos juntos, Juan el fotógrafo, Jesús el redactor y Antoñita la fantástica encarnada en mi persona. Y les vi desaparecer bajo esa nube de tromba de agua entre deseos, besos y más sonrisas al pie de mi Esperanza de Triana. Entré para pedirla mesura, confianza y humildad. Ella me miró, harta de mí, diciéndome “Vete ya, alma de cántaro, a tomarte una manzanilla y deja de pedir” Obedecí con creces cayendo posteriormente dormida profundamente hasta que sonó el despertador. Me metí en la ducha, me decoré sin mirarme a penas al espejo. Lo que necesitaba era el espejo del alma que estuviera bien nutrido, lo demás no me importaba, y me fui a tomar una copa para calentar los motores de la lengua vivaracha, no fuera a ser que se durmiera y tuviera que hablar con las manos y ojos, pero hablé con todo mi ser, como si estuviera programado para volcar todo lo que bullía en mis cavernas más íntimas. Sevilla, aunque llorona y plañidera, no se merecía menos, como todos los que allí estaban, algunos habiendo hecho muchos km para acompañar a Sevilla…Gymnopédies.
Besos, abrazos, risas, fotos y firmas, y después nos perdimos por las calles sevillanas, prietas sus paredes y vestidas de blanco rematando sus coronas de limoneros. Un grupo nutrido donde la edad abarcaba todo un abanico de años, donde la conversación corría como las cañas de cerveza y la manzanilla, y yo siendo cenicienta, el centro de atención, la más hermosa entre todas aunque mis pelos fueran un chasco, y el maquillaje historia de un momento.
Me desperté sintiendo que aún era la princesa, y seguí apoyada en los tejados de la ciudad de mis sentimientos más hondos mientras el cielo azul cimbreaba el alma en el palacio de Dueñas.
Cuando abrí la puerta de casa, sentí que la carroza de cenicienta me entregaba a mi otra realidad. Me quitaba los Stilettos, el vestido con cristales de Swarovski, me recogía el pelo en una coleta, me ponía el delantal y me depositaba en la piel de mi yo más real.
Me preparé a poner lavadoras, acaricié a mi perro que mostraba su enfado por mi ausencia, a encender el lavavajillas, y a esperar a mis hijos como cualquier madre. Después, abrí los cajones y fui metiendo mis sueños con cuidado de no arrugarse, las imágenes cosidas al corazón, las letras por construir, los recuerdos más simples pero los más valiosos y cerré los ojos esperando un mañana cargado de ilusión mientras mi olfato se zambullía en el azahar robado a un palacio.

PD…  Un momento que yo también quiero expresar “Tú, cállate” “Y un cuerno me voy a callar” “Que te calles, he dicho” “Que no, que no, en Sevilla cuando llueve no hace falta ducharse en la bañerita, te ducha ella hasta las entrañas. Ay lerele, lerele…”

domingo, abril 03, 2016

MADRID

No me gusta la gran ciudad y sin embargo la otra noche me descubrí admirándola, sintiéndola desde una esquina. Aparecía aplacada, más silente que otras veces, y exponiendo su hermosura sin darse el pote de su camaleónico poderío. La presentí más humana, brindándome ese otra cara que nunca veo, regalándome su anonimato como refugio de la individualidad y, lo más grande, nada vi en ella de soledad, esa que atrapa, machaca para finalmente destruirte en las fauces de un león.
Tan asombrada estaba de esa otra perspectiva, que no dejaba de pensar que habían tenido que pasar más de treinta años para descubrir un suave destello de esta ciudad que se me atragantó desde el primer día. Ahora, apoyada mi espalda sobre un muro cualquiera al lado de las puertas de un bar, fumaba tranquilamente mientras escuchaba respirar a Madrid. La Castellana a mis pies me presentaba su ego apabullante pero sin maltratar a los sentidos. La noche la hacía más estilizada, bella y misteriosa. Por su firmamento de hormigón jugueteaban estrellas colgadas de algunas ventanas, los coches rodaban sin prisa y aún te permitía escuchar los pasos de otros que iba a encontrase con la noche del viernes mientras las risas juveniles revoloteaban como palomas en su hábitat natural.
Pude regodearme, sin apuros ni asfixias, hasta de mis propios pensamientos con una calma cosida en mis ojos paseando por los edificios de Azca.
De pronto pensé si era la noche quien había obrado ese ensimismamiento momentáneo, la admiración repentina por alguien que nunca admiré y menos valorar como esfinge y musa de artistas.
Entonces me fui a deambular de la mano del otro Madrid por esas tinieblas artífices de sensaciones inusuales en mi persona, y miré a las sombras de frente, sin parpadear, profundizando en sus cavernas de malhechora y traicionera, de amante perpetua y de las soledades más humillantes. Porque una noche te puede tragar sin apenas haberte masticado, sacarte de tus entrañas los afectos más vergonzosos, la soledad más criminal. Y, sin embargo, esta noche de paseo por ese otro Madrid, encontré al crepúsculo nocturno como un felpudo acogedor, el mejor anfitrión para ver las luces que no veo, para barruntar los cinco sentidos que sufren inanición por falta de uso y rechazo por mi parte.

“Sí, Madrid”, me escuché hablándole, “Nunca he sido justa contigo e incapaz de valorar tus méritos. Soy tan de provincias, tan amante de la ciudad chiquita que todo lo abrazas en un suspiro, remanso de paz y de bellezas sencillas en su cotidianidad repetitiva que, a ti Madrid, no te soy capaz de ver, ni siquiera cuando mañana despierte y recuerde esta noche de amor de amantes inesperados, de un amor que va y viene pero que nunca anidará porque yo, sí, yo soy fiel a mi ciudad chiquita a pesar que el anonimato no exista y otros vivan de chismorreos de tu vida.

viernes, abril 01, 2016

DIARIO DE UNA NOVATA SEVILLANA, APÉNDICE

Diario de una novata sevillana, apéndice
1 de marzo, 2016
“Torre del Oro
Arenal de Sevilla
Ole morena y ole
Arenal de Sevilla, mi alma
Torre del Oro”… Ay que miedo tengooooo.
Desde ayer, vivo sin vivir en mí. Eran las cinco de la tarde cuando, de repente, sin venir a cuento, sentí que me faltaba el aire, como si mi caja torácica la hubiera metido a cien grados en la lavadora y hubiera salido encogía; no cabía aire y el corazón comenzó a hacer “tucutun-tucutun” muy deprisa igual que un caballo desbocado. Dio la casualidad que había estado viendo un programa en la tele de ejercicios de respiración asistida y me puse a ello con la mala suerte que debí mezclar mal las posturas y el resultado fue más achicamiento pulmonar que despertó a mi yo cenizo para estar el cuadro de flamenco más completo. Según presentí sus pasos acercarse a toda velocidad, me puse los zapatos y salí corriendo de casa. Iba espantá, atociná y deparé en un lugar muy sugestivo: Mercadona (era lo que más cerca me pillaba)
Allí me paseé entre colmenas de huevos, leche y yogures. Como aquellas visiones no me calmaban fui a la sección de papel higiénico y tampoco, total que terminé en la sección de perfumería echándome encima todas las colonias que pillé a mi paso. Una borrachera de aromas terminó de rematarme. Salí a la calle, los decibelios de coches, motos y autobuses se habían triplicado con lo que volví a casa con las orejas gachas.
Me senté en la silla de pensar de la cocina, esa que todos utilizamos en casa para adivinar aquello que te tribula; encima de mí se sentó mi yo cenizo a calentarme la oreja que lo sabe hacer divinamente “El lunes 4 de abril no va a ir nadie a escucharte porque, ¿quién te conoce en Sevilla? Tus amigos y son pocos. Sí, has mandado muchos correos publicitando “Sevilla…Gymnopédies” ¿Y qué? Nadie te ha contestado, seguro que tu invitación la han tirado a la basura. Sí, los del ABC de Sevilla, Sevilla directo, te han dicho buenas palabras, ¿y qué? Eso se lo hacen a todo el mundo porque han ido a un colegio de pago y están bien educados, no más… Además, has sido incapaz de memorizar esa caterva de palabras que quieres decir a tu Sevilla… Un desastre” Aquí me levanté con toda mi mala leche concentrada en leche pulverizada y di un soplamocos al yo cenizo que le mandé al patio de vecinos. Abajo en el suelo, espachurrado aún fue capaz de mirar hacia arriba y decirme “Ni aunque les bailes unos fandanguillos les vas a gustar”
Deprimida, hundida y desnaturalizada me dije “Muñeca, tú a lo tuyo” y me puse a casar calcetines como una posesa, a doblar calzoncillos como si me fuera la vida en ello, pero llegó un punto que mi cabeza me preguntó “Mi arma, ¿te has fijado qué multitud, qué ejercito de calzoncillos?” Paré, fijé la vista en las montañas rocosas de calzoncillos de cura, calzoncillos insípidos, otros insinuantes, y apocalípticos los últimos, que no me  cuadraba aquella visión. Entonces volví a sentarme en la silla de pensamiento profundo y me pregunté “¿Por qué no están compensadas las montañas calzoncilleras? ¿Acaso unos son más limpios y otros muy guarros? El pensamiento profundo sobre el mundo utilitario de los calzoncillos hizo olvidar mi capacidad pulmonar asfixiada por falta de espacio. Tanto que volví a respirar, aunque esta mañana, yo que había soñado un mundo pastoril de ovejas con calzoncillos, me despertó mi yo cenizo con unos calzoncillos de calaveras ¡La madre que le parió!

PD. Si alguno que me lee es de Sevilla, un poquito de por favor, vaya el lunes 4 al Círculo Mercantil e Industrial de la calle Sierpes, a las ocho, y si ven que me atasco cántenme:

“Torre del Oro
Arenal de Sevilla
Ole morena y ole
Arenal de Sevilla, mi alma
Torre del Oro”

jueves, marzo 31, 2016

LA DISTANCIA

La distancia no existe, me dije mientras miraba su rostro tostado de olas y sus ojos eran un mar abierto. El tiempo no existía mientras masticábamos palabras navegando por los callejones de nuestras memorias. Nuestras vidas se asomaban por aquella ventana para asemejar nuestras inquietudes, aciertos y devaneos. Comparábamos una existencia y otra y se parecían tanto que al cabo se confundieron en una sola.
El reloj se paró, era nuestro momento.
Música de mil palabras sonaba mientras nos mirábamos de un océano a otro entrando suavemente, armónicamente, para comprender los kilómetros andados en ausencia de nuestros cuerpos. Se mascaba una larga travesía de silencios ahora expuestos sobre una mesa adornada con dos copas cada vez más vacías y vueltas a rellenar; era mucho lo que contar aunque la tarde fuera larga, y el crepúsculo fuera cayendo sin hacer ruido para no distraer la comunión de una amistad que nació tan lejos como cerca está hoy meciéndose en complicidad y entendimiento.
Una grata atmósfera nos envolvía y los cirios titubeantes de los faros de unos coches iban iluminando nuestras sonrisas, las caras de desconcierto, el asombro, la pena y la compresión. Anécdotas, vivencias, fracasos, discusiones, sueños, todos arropados de vocablos tan expresivos como vividos. Cinco sentidos y tal vez alguno más sin nombre y apellido, salieron a aquel escenario tan íntimo creado por la lealtad, el cariño y hermandad. Allí no cabían estolideces, ni siquiera ciscar o vituperar una crónica; la nuestra.
Y cayó la noche como un manto nocturno en una ciudad que no duerme, que desconoce la afonía y el alboroto es un constante murmullo en las horas en que la urbe mece su cansancio.
Y así fuimos paseando hasta nuestros puertos para fundirnos en un abrazo que era algo más que estrechar un cuerpo a cuerpo, sino pasar el calor de la distancia que no es.

Allí la dejé en una parada de autobús cualquiera mientras mi mente musitaba que la distancia no existe.

miércoles, marzo 30, 2016

AMANECIENDO

Muy de mañana me he dado un paseo. En alguna esquina soplaba el viento y me he subido el cuello del pijama. Apenas había amanecido pero he presentido que la primavera afloraba por alguna costura pues los pájaros ya se han encrespado en el altozano a piar la luz que llega mientras los árboles manifiestan que la vida sigue.
He pasado por calles recoletas, ensortijadas de buenos augurios, sonrisas anchas y algún que otro chillando a la humanidad; me han dado ganas de pararme y decirle que cerrara la boca pues iba a despertar de mal temple al rosario de la aurora. Luego he desdeñado la idea pues tu actitud hace y dice más que mandarle a tomar vientos y he seguido por mi paseo.
En un local he oído cantar cumpleaños feliz y me he asomado. Un grupo de ancianas octogenarias y nonagenarias reían, aplaudían, como si la edad no fuera con ellas y la vitalidad aún siguiera cohabitando en su espíritu. Me he colgado de su ánimo intrépido y he seguido paseando por las nubes. En un parque cercano  he encontrado a perros y gatos haciendo malabares con sus dueños y demostrándonos una vez más que la fidelidad es posible aunque no se dé en toda la raza humana. Mientras contemplaba sentada en un banco esas escenas deliciosas he visto pasar a padres con carritos apresurados templando el llanto de sus hijos despiertos a unas horas que no son de niños pero el trabajo escaso no entiende de horas.
De vuelta me he cruzado con un par de barrenderos, les he dicho buenos días y me han mirado como si mi voz fuera la de un extraterrestre y cuando mis pasos se han alejado de ellos he sentido a mis espaldas que me colgaban palabras masticadas de agradecimiento.
Aún me ha dado tiempo de ver por la ventana de la vida a unos ancianos caminando desorientados huyendo de soledades en busca de la panadería que alimente un te quiero y un grupo de jóvenes camino de la escuela tragándose la vida a borbotones.
He subido la cuesta de mi jardín interior, ese hola personal que se llama Facebook. En mi muro cuelgan amigos, primos y conocidos sin rostro, todos ellos a su manera aman la vida, tienen inquietudes y las manifiestan pero en todos ellos emerge algo en común; buena voluntad.

Voy a comenzar el día, el aroma de las horas es un buen café para empezar la cosecha de palabras convertidas a hechos… He sentido como la primavera se escribe en las azoteas de nuestras vidas.