miércoles, julio 27, 2016

BITÁCORA VII… TALLÍN Y ESTOCOLMO

Cuando entré el primer día en el barco y vi tanto niño dije “Ay madre, ay madre”, pues los chillidos de los niños electrocutan mis nervios. Me equivoqué de cabo a rabo. Está organizadísimo en un crucero el entretenimiento de los más pequeños, a mayores que noté gratamente que eran niños bien educados, acostumbrados a viajar. No sé, algo funcionó maravillosamente. Fue una delicia la observación desde los padres con bebé a bordo llevándoles generalmente en mochila contra su pecho, hasta esos padres que enseñan a sus hijos a amar a la naturaleza y respetarla jugando con las gaviotas por ejemplo. Madres con libro en ristre sentadas al borde de la piscina mientras sus hijos hacen malabares en el agua. En los diversos comedores no se oyó el griterío infantil ni el llanto a destiempo. ¡Chapeau!
Por otra parte, en mi puesto de popa, observatorio oficial mío, pude clasificar el tipo de gente que va a un crucero que es variadísimo y llegué a la conclusión que había de todos los espectros sociales. Desde las almas solitarias, las familias enteras incluidas los abuelos, las pandas de amigos, las chonis de turno, los snobs que no se mezclan con nadie, la gente mayor que encuentra en el crucero todos los requisitos que requieren con su edad. Los que van a descansar. Los padres con hijos ya adultos y seguramente independizados que con ese viaje aúnan posturas y un cierto grado de convivencia. Esa gente que le gusta viajar, el ambiente de bailar beber, comer y que la cultura le roce lo justito… Con todo esto contado, ¿Recomendaría un crucero? Sí, rotundamente sí., siempre que persigas, claro está tres fines muy concretos: divertimento, cultura light y descanso.
¿Qué es lo que más me ha llamado la atención de esta ruta por el Báltico? La naturaleza, el amor que tienen estos habitantes por la vida al aire libre ya que el tiempo es muy reducido por el clima que tienen, y el amor a la cultura. He visto a muchos paisanos leyendo en parques y terrazas y la música en cada esquina. Ciudades tremendamente limpias y he presentido otro ritmo de vida totalmente opuesto al nuestro. ¿Bueno, mejor que nosotros? Distinto. Las costumbres de cada país vienen condicionadas por muchos aspectos en que la base educacional es la piedra angular o filosofal. Por ejemplo en Estocolmo la gente cuando se cansa de la ropa no la da o la tira; la vende. Igual hacen con los muebles. Muy amantes de las flores. Las que más he visto han sido macizos de surfinias. Cómo cuidan de sus mascotas…
¿Con qué ciudad me quedaría? Cada una tiene su encanto.
Tallin es un pueblecito medieval muy bien conservado. Si no supieras que estabas en Tallin, bien podrías pensar que estabas en cualquier ciudad de Baviera. Pero

Estocolmo me ha cautivado. Las catorce islas que conforman el núcleo urbano son maravillosas. El ritmo de la ciudad, una elegancia intrínseca. Presentí unos habitantes bien formados culturalmente.
Me quedo con tantas imágenes en la retina, en el trastero de la memoria para que calienten los largos días de invierno cuando el sol apenas amanece y la nostalgia barrunta tus sentidos.
Si he de elegir una para compartir con todos vosotros y poner broche a este bitácora de sensaciones de un viaje, os dibujaría la de un niño de cuatro años aproximadamente que iba en el barco. Su tez era negra zumbona, sus ojos dos platos asombrados, e inmaculadamente limpio. Dos escenas. Una en Tallin en la que se sentó en el suelo a escuchar una música dulce y cadenciosa que salía
de un instrumento rarísimo. Y la otra, ese mismo niño con una servilleta al cuello comiéndose un plátano mientras que con un dedito indicaba cada gaviota que veía. Sus risotadas hacían que el plátano saliera volando con cada gaviota.

Chicos, viajar, viajar aunque sea a la esquina de vuestra casa, pero viajar con los sentidos, con vuestras percepciones, pues será la riqueza que  engrandecerá la mente y el corazón.

lunes, julio 25, 2016

BITÁCORA VI… SAN PETERSBURGO

Este capítulo bien podría llamarse “Chinos y agua”, menos mal que era la segunda vez que visitaba San Petersburgo con lo que ya tenía  mis sensaciones grabadas en la memoria de lo que suponía aterrizar en una de las ciudades más bellas de mundo. Mi tito según se acercaba el barco a puerto gritaba “Rusia, el Boqui ya llega, por fin” pues era una de sus máximas ilusiones pisar suelo ruso. A continuación se puso a llover como si no hubiera un mañana; al pobre se le oscureció todo.
Si en ese momento hubieran buscado chinos o japoneses en China o Japón, no los hubieran encontrado. Todos estaban como sardinas enlatados en el Hermitage, ¡qué horror!, creo que salí con los ojos rasgados y diciendo “Sayonara”, añadiendo, claro está, la sensación de borrega detrás de la consabida rosa bailando el charlestón para que no nos perdiéramos. Recordaba mi sensación cuando entré hace cinco años en aquel palacio un octubre comenzando ya a nevar, deslizándome por las salas sin obstáculos con un murmullo suave de fascinación de otros turistas que como yo disfrutábamos de aquellas salas que parecían salones de baile, yendo y viniendo a nuestro antojo y ahora aquello era un enjambre de moscas cojoneras de codazos, empujones, de voces mezcladas, ¡una pesadilla!
Al salir de aquel hervidero, el grupo respiramos aire, hasta agradecimos la lluvia. Una lluvia tan estridente como loca. Nos refugiamos en la furgoneta para llegar a formar parte de otra empanada de chinos en
la iglesia de San Salvador sobre sangre derramada en la que se guisaba el olor humano, el agua chorreando de nuestros chubasqueros, más empujones y los flashes que te cegaban…, y que en aquel octubre en que me quedé fascinada de esa iglesia fuéramos una docena escasa de personas, ¡manda decibelios!
Salió el sol y nos alegró el ánimo al grupo de doce que hacíamos la excursión guiada. Nos llevaron a comer a un restaurante delicioso a saborear comida rusa. Un grupo encantador  que hicimos risas de tanto desbarajuste chinesco. Después de comer, un paseo por el río Neva y más lluvia, más agua rabiosa. Yo me negué a ir en el interior del barquito porque las vistas de las dos orillas de San Petersburgo eran maravillosas, así que el agua rusa cayó sobre mí lavándome hasta las entretelas. A todo esto no he contado que la ciudad estaba atascada de cabo a rabo con lo que se nos echó el tiempo encima y tuvimos que volver al barco.
El segundo día se nos dio muy bien; menos chinos y menos agua, pero con chinos y agua, eh, pero al menos pudimos respirar. Fuimos de compras, vimos el palacio de Catalina
que de tanto dorado, salimos muy doraditos todos. Estuvimos en la catedral de San Nicolás que me pareció bellísima, el metro
, la catedral de San Isaac, la avenida Nevski, fortaleza de San Pedro y San Pablo, el palacio Perhof y nos volvimos al barco con una soberbia empanada, porque ver en cuarenta y ocho horas San Petersburgo es un tanto heavy.
Pero a pesar de eso, disfrutamos mucho porque nuestro grupo
era una amalgama de gente de buen rollito y mis tíos volvieron encantados y para mí era lo más importante. Observar sus ojos fascinados, sus caras de placer, la sorpresa intrínseca en sus gestos, bien merecía haber soportado tanto chino. Sentir a los tuyos felices, no tiene precio.

Eso sí, cuando llegamos al barco me fui a popa a por mi Martini y el de mi tito. Subían en el ascensor un par de chinos. Me cambié de ascensor. Mi mente no estaba preparada para una ración extra de chinos.

viernes, julio 22, 2016

Bitácora V Time to say goodbye

Además de haber sido capaz con mi cabecita loca de desarrollar la teoría de la redondez de la tierra, me he dado cuenta que he tenido tiempo también para el desarrollo del teorema de la internacionalidad de las gaviotas…Ahí es ná.
Igual que las gaviotas suecas son de tamaño mediano, con un estilo y un donaire especial. Elegantes, de movimientos suaves que semejan a cisnes en vuelo por la exquisitez en sus desplazamientos y su graznido es sutil. Por el contrario, las gaviotas finlandesas son ruidosas y parlanchinas, alegres y bulliciosas, vamos, como si  tuvieran antepasados españoles. En tamaño, parecen helicópteros con inmensas alas negras, camicaces en su vuelo, juguetonas con cualquier persona que se las acerca.
Divertidas y bailarinas…Seguro, segurísimo que un tío abuelo fue español. En cambio,  las rusas ¡Qué lástima, qué pena, qué destrozo! Primero hay pocas, debieron de largarse con la implantación de comunismo y las que quedaron son raquíticas (mucha hambre han debido de pasar) y muy hurañas, hasta su graznido es triste. Y las gaviotas estonias son el jolgorio padre, deben estar empinando el codo a base de cervezas; están chifladas. Alegres y dicharacheras… ¿Qué, cómo os he dejado el cuerpo con esta disertación gaviotín?
Pero es tiempo para mirar, empañarte los sentidos de sensaciones que habitualmente no te das cuenta que están a tu lado dispuestas a que las descubras, pero cuando eres capaz de destapar lo que llevas dentro de ti, te sorprendes de tu capacidad para saborear hasta las minucias que a simple vista no se ven ni se tocan; solo se sienten.
Una vez depositados los borregos en el barco a nuestro libre albedrío, como os podéis imaginar, “la niña los peines” se retiró junto a su tía al campamento habitual de vicios varios, es decir la popa. Mi tía y yo nos dejamos llevar por un sol tierno que cada vez se hacía más mestizo por unas nubes sospechosas que se acercaban en el horizonte. Cerramos los ojos para sentir el gozo de no hacer nada, para intuir la algarabía en lenguas dispares que comentaban la visita a Helsinki. En un momento dado, me fui a la barra a por dos mojitos y mientras estaba esperando a que me sirvieran, se sentó a mi lado la mujer que os conté que tenía un pelo teñido por un enemigo, ¿lo recordáis? Me volvió a sonreír con una sonrisa solitaria, con la mirada tatuada de pena y me dijo “Una familia tuya bonita”, le di las gracias a la vez que yo le preguntaba si ella viajaba sola a lo que me respondió “Sí. Iba a viajar con mi hija pero murió el mes pasado” No dijo más. No dije nada, las palabras en ciertos momentos siempre me han sonado a fatuas; simplemente la apreté una de sus manos lo más fuerte que pude y me fui.
Tal vez esa situación inesperada me dispuso a vivir uno de los momentos más mágicos de mi vida.
A las cinco zarpaba el barco. Las nubes glotonas habían logrado asaltar el cielo y comenzaba a chispear y con ese leve chispeo la gente fue desapareciendo. Me puse el chubasquero pues empezaba a llover con rabia; solo en popa y al descubierto quedamos las gaviotas helicóptero  y yo. Entonces comenzó a deslizarse el barco con pasos casi imperceptibles, el agua se estrellaba tan fresca y alegre contra mi rostro. La chimenea del barco soltó un rugido en forma de adiós y por megafonía comenzó a sonar la canción de Il Divo, “Time to say goodbye”. Fue una sensación extraña, entre plenitud y libertad. Entre agradecimiento a la vida por ese instante y la sensación de la nada abrazándome en gris. Sí, nunca me había dado cuenta hasta qué punto los grises pueden ser tan hermosos, ni la lluvia tan gratificante. Seguía lloviendo mientras la bruma descendía en mi entorno.
Los islotes se iban difuminando entretanto mis sensaciones se iban tornando en místicas. Respiré lo más hondo que pude, abrí los ojos para tragarme aquel espectáculo cenizo  y en milésimas de segundo aparecieron en mi pensamiento todos mis seres queridos…, menos uno que vino en persona, formato gaviota, y se aposentó junto a mí en la barandilla. Quise pensar que era mi amiga Marian que desde el cielo había bajado para compartir ese instante conmigo. Y sí, lloré, lloré emocionada por ser capaz de sentir esa turbación tan honda…


Os dejo, mañana os cuento San Petesburgo. Acaba de llegar “mi Pepe” con kilos de tomates, aprovechando que ayer había comprado media tomatera. Haré gazpacho, haré ensalada, haré salsa, y cuando termine mis elaboraciones culinarias, los que me sobren se habrán pochado ¡Qué tomate de hombre!... “Pepeeee, ¿no había más tomates?”

jueves, julio 21, 2016

BITÁCORA IV...Helsinki

Menos mal que no me he de someter a una analítica en ese momento; no encontrarían sangre, sería la primera mujer desangrada a favor del alcohol. Mi tío Ángel parece que se va a comer el mundo, pero luego se achica y tiene que ir salvamento marítimo, es decir, su sobrina, para que tome su Martini. Los ponen tan pequeños que ya nos tuvimos que sentar en la barra y desarrollar la escena de la película “Armas de mujer” en la que dice la prota después de haberse bebido la destilería entera de tequilas “Tengo una mente para las finanzas y un cuerpo para el pecado”, pues mi Tito y yo en versión Martini. Como ambos somos muy risueños, pues la risa floja que navegaba a babor y a estribor en nuestras caras ni se notaba. ¡Es la caña!, beber y beber, comer y comer, con solo sacar la tarjetita; me la he atado al cuello para no perderla y no volver a mi estado inicial de no identificada por las maquinitas. Me he especializado en comida italiana: espaguetis y lasaña, están de muerte. A las cinco nos dan la merienda. En el cuerpo no te cabe nada, hoy me he comido media Italia, pero colas y colas para merendar y donde fueres, haz lo que vieres, así que yo también meriendo unas ricas tartaletas de crema con frutas. Como mi tía Mª Eugenia ni come ni bebe, así está ella de estupenda, yo la pido un Mojito y se la pone cara de pilla. Me encanta el carácter de mi tía. Se apunta a un bombardeo y todo la gusta, disfruta y la llama la atención. Por cierto a mi Tito también le ha surgido su obra de caridad personal encarnada en un chaval joven que habla más que mi Ángeles. Trato de escabullirme, pero Tito me agarra por el cuello para que aguante a su papagayo personal. Al final le salvo diciendo como Colón ¡Tierra, tierra!... Estamos llegando a Helsinki.

Lo primero que te sorprende de esta pequeña ciudad que de arte no tiene nada, una iglesia llamativa llamada "La Roca" y la catedral que es la que veis en la foto y la estación de ferrocarril
en art nouveau que, por cierto Tim Burton se basó en ella para la película de Batman, no más. Lo que más destaca de Helsinki es la propia naturaleza, la exuberancia de sus parques; son bellísimos, y el cementerio, una pasada, ahí de muerto tienes que descansar divinamente. Delicioso es el puerto urbano rodeado de mercadillos de comida ¡Un kg de fresas 10 €, cerezas a 6 €!, el precio del alcohol prohibitivo así islandeses se pasan la vida en el ferri destino Estonia con un carrito que cuando vuelve rezuma cervezas. Los hombres islandeses  son armarios, los perfectos jugadores de rugby. La cabeza pelada, pendientes en las orejas y muchos con barbas muy pobladas…Digo yo que serán descendientes de Asterix, de Obelix no que era muy raquítico. La ciudad está limpísima; me tengo que merendar mis colillas para no manchar el suelo. Casi perezco por el atropello de un tranvía, tranvías de fabricación Made in Spain ¡Ole!
Pues sí, iba hablando con mi madre, que la mujer no se aclaraba si su hija se había ido al Congo o al Círculo polar ártico cuando el tranvía casi me enviste… Por cierto, para los islandeses el verano llega con los 15 grados; con 23 grados, se mueren directamente. Entre tanto pino y abedules gigantes, las florecillas emergen en cestos muy graciosos y coloristas.
Hora de volver al barco ¡Borregos al autobús!, no dice eso la guía, claro, pero a mí me suena así.
Lo que no sabía era lo que me esperaba a la vuelta en el barco. Uno de los momentos más místicos y hermosos de mí vida. Pero eso os lo contaré mañana…

miércoles, julio 20, 2016

BITÁCORA 3,..Mojitos a babor y estribor

Mar, solo mar…
Zarpamos de Estocolmo a las seis de la mañana mientras todos mecíamos nuestros sueños en un dulce vaivén, pero los que madrugamos tuvimos la oportunidad de envolvernos en bruma mientras los ojos se iban fundiendo de grises y las sensaciones despertaban.
Encendí el piloto automático, ese que me funciona cuando yo no funciono, y no me sirvió de nada. Un mareo inexpresivo hacía que todo se moviera sin yo moverme. Cerré los ojos para solventar la borrachera sin alcohol de las ocho de la mañana cuando una voz tan llena de vida me dejó sorda “¡Buenos días, Angelines! ¿Te he contado que…?” El mareo era tan fuerte que no pude contestar a mi diminuta Ángeles que aprovechó mi inercia para desarrollar el tema de la caridad bien entendida. Mi interior gritaba “Cállate o te asesino”, pero ni se calló ni la maté. Por el contrario, la bastaron cinco minutos para contarme la teoría del carrito mientras el mareo se evaporaba y podía volver a centrar la vista en un punto sin que este me bailara una sardana. Nunca me había dado cuenta de lo deprisa que puede hablar el humanoide; a muchos nudos, qué caray “Es muy sencillo, Angelines. Si todos fuéramos con un carrito lleno de tuppers o botes con comida caliente todos los días repartiendo a la gente que se abandona en las calles y parques, no dejarían de ser pobres, pero sentirían la humanidad, de los que más tienen, que se preocupan por ellos y les haríamos un poquito felices. Desde que me jubilé lo hago y Bla, bla, bla…”Como esta teoría, a lo largo de ocho días me desarrolló todas las que pudo en el momento que me pescaba. Al final yo la besaba y la dejaba tirada en cualquier cubierta mientras ella seguía hablando con el primero que se parara a su lado. Salí huyendo de sus redes en el momento que fui persona a apoyarme en la barandilla y disfrutar de aquel paisaje que parecía emerger de un cuento. Multitud de islas en ambas orillas  pobladas de casas de madera pintadas en amarillo, blanco y marrón. Frondosos bosques de abetos las rodeaban y suaves caminejos retorcidos entre la naturaleza apabullante. A los pies de muchos de los islotes se podían ver pequeños embarcaderos con barcas y yates. De hecho, muchos suecos prefieren tener un barquito a un coche pues viven profundamente inmersos en la naturaleza que deja de estar helada hacia finales de abril hasta septiembre.
El lugar idóneo es popa pues la proa está acristalada y no te dejar ver con nitidez. En cambio en popa podías disfrutar en patinaje del barco, suavemente deslizándose por aquellas aguas antracitas de rumor manso, y las gaviotas siguiendo la estela. El graznido de éstas terminó siendo unas divertidas campanillas en mis oídos. Cada vez más gaviotas que revoloteaban alegremente o se posaban en las barandillas sin ninguna timidez. Muy blancas, de alas grises en sus esquinazos y muy negras en el centro, y un pico amarillo que coloraba entre tanta ceniza.
Hacia las once entramos en mar abierto, casi veinticuatro horas rodeados de agua, en las que me pude dar cuenta que el infinito puede llegar a ser curvo y de esa manera comprobar que la tierra es redonda. ¿Qué, qué os dice el cuerpo? Yo también desarrollo teorías.
En esas horas en que imperó el vacío terrestre, pude deleitarme de la languidez de dejarse llevar sin más fin que el descanso, la buena lectura y la charla reposada. A veces una chispeante lluvia nos visitaba, otras, el sol se filtraba discretamente entre las nubes, y nos besaba la piel con tanta suavidad que parecían unas manos recorriendo un cuerpo muy, muy despacio.

Intenté añadir a mi vida marítima alguna actividad y fui dos veces a clase de baile. En una me invitaron a que me largara porque despistaba mi ritmo carioco al resto de los compañeros y la segunda, me largue por la puerta de atrás. No sirvo para ser borrega, ni vaca ni oveja. ¿Para qué sirvo? Yo qué sé, pero si pienso ahora, no disfruto; las dos cosas a la vez no puedo hacer. Así que me he decantado por el mundo de las sensaciones, los mojitos y las piñas coladas mientras la música country agasaja a mi placer del  Il Dolce far niente.

martes, julio 19, 2016

BITÁCORA II



Contactos en 3ª fase…
Más perdida que un pez en unos grandes almacenes, menos mal que mi tío Ángel es alto y he avistado su sonrisa rápidamente y rápidamente me abandona porque se va al camarote. Comienza a llover y las hordas desaparecen, ¡De puta madre!, me digo. Nos hemos quedado en popa cuatro pirados. Previamente he notificado a mi familia que si me buscan, me encontrarán en la planta 9, en popa, donde está el chiringuito de bebidas, hamacas, se fuma y más vicios. Me calzo el chubasquero, comienzo a estar en mi elemento porque llueve como si el mañana ya no fuera a existir. Delante de mí unas vistas espectaculares de la costa de Estocolmo. El cielo, tan diversificado de grises que estiro la mano para tocarlos. El silencio es una dulce cadencia envuelta en el chisporrotear del agua. Respiro hondo y no huele a mar ni a nada, más bien un aire que se me antoja limpio y fresco entra en mis pulmones. Pido mi primer Martini a bordo y enciendo un cigarrillo. Un pajarillo se pone a saltar entre los charcos, a beber en ellos y a levantar la cabecilla minúscula al cielo; los pájaros suecos son microscópicos. Un muchacho hindú se acerca a mí ofreciéndome una manta escocesa en alegres tonos amarillos a azules; se convertirá en mi fiel compañera todo el viaje. El muchacho tiene la piel muy tostada, los ojos hundidos y negros como el carbón pero su cara se ilumina al regalarme una sonrisa pintada de inmaculado blanco. La muchacha que me sirve la bebida es filipina, educadísima y preparada para entregar sonrisas a quien se la acerque. Me siento francamente bien, mi sensación de vaca borreguera ha desaparecido. A cambio aparece otro placer inesperado que, por imprevisible, aún me impacta más: las gaviotas suecas.
¡Son bellísimas!, delicadas en su pose, danzarinas en su vuelo. Su tamaño es mediano y sin duda no temen al hombre y la barandilla del barco rezuma elasticidad para las piruetas que se disponen a hacer delante de los cuatro pirados que permanecemos en silencio asombrados por la gracia sensual de aquellas aves.
Una mujer solitaria, entrada en años, con  un color de pelo teñido seguramente por un enemigo, me está mirando. Me hace un gesto de complicidad. Me gustan sus ojos cargados de tristeza, su forma de fumar decadente, de una dama del siglo pasado, su soledad garabateada en su rostro. Me inspira ternura esta mujer abandonada a sí misma.
“Mi Pepe”, todo alterado, como siempre, me viene a buscar. Hay que cambiarse para ir a cenar. ¡Ay cómo mola!, me da por pensar que estoy en una especie de Titanic y es la hora de lucir galas elegantes, dejarte ver por el comedor inmenso plagado de arañas y las cabezas volviéndose mientras tú pasas lentamente para dejarte ver. Abro la maleta rápidamente y elijo un modelo que ni pa ti ni pa mi, vamos, una mezcla entre el chill y el out pasando por Albacete. La verdad es que estoy mona. Tan mona que digo a mi Pepe “Vamos y me haces unas fotos en cubierta” “Si está lloviendo, Gordita” “Da igual, tú me las haces”, y como cordero guiri  con cámara al cuello va a la cubierta que está cubierta. Esas cubiertas por las que se paseaban las damas del Titanic en las que había tumbonas y lánguidamente se sentaban ellas, ¿sabéis lo que os digo, no? Pues ahí me retrata “mi Pepe” y no se moja así mi tierno y obediente cordero guiri. No os cuento la cara de lela con la que me saca, ¿para qué? Odia hacerme fotos y ese odio se traslada al objetivo. Tanto me enfoca que se me plisa la cara y los ojos bizquean. “Valgo yo más al natural”, me digo para animarme.
Llegamos al comedor muy, muy deprisa y nos dicen que antes de cenar hay simulacro. ¿Simulacro de qué? Por si ti ahogas, pues que sepas que tienes que hacer para que no te pase lo del Titanic, digo yo.
Las escaleras abarrotás. Las hordas suben y bajan buscando el simulacro que les corresponde y de repente veo descender a mis tíos con el flotador al cuello ¡Muy tomate!, estaban graciosísimos, me inspiraron una ternura infinita y con ganas de salir corriendo hacia ellos para abrazarles; las hordas me lo impidieron.
“Pepe mío, yo quiero un flotador como el de mis tíos”, le digo y me responde el muy sabiondo que hay que ir al camarote a por ellos. Meneos por aquí, meneos por allá, logramos alcanzar nuestro camarote y coger los flotadores. ¡Qué estrés, Virgen del Chiringuito más próximo! Bajamos corriendo, nos identifican. Bueno, identifican a “mi Pepe” que lleva la documentación reglamentaria porque yo sigo sin identificarme a mí misma, pero cuando acabamos de salvarnos con flotador y barca, subo corriendo a por mi tarjeta; sin ella no me dan ni un vaso de agua y el cuerpo me pide un cubata.
Cenamos, por fin. Qué bien servido, qué amabilidad, qué buen hacer. Nos sientan con unos desconocidos y ¡lo que hace 30 años de matrimonio, madre!, pues sin consultarnos, mi Pepe y yo nos convertimos en “papagayos rompehielos” Aquí conocemos a una adorable ancianita llamada Ángeles, como yo, y que rápidamente me rebautizará como Angelines…Comienzo a sentir la necesidad de capturar imágenes, rostros, sonrisas, voces, ademanes. La fotografía del comedor era deliciosa, no por su belleza en sí, que la tenía, sino por ese ambiente que desprendía reposo, buen rollito, y alegría a la vez.

Huyo de las hordas musicales y subo a popa. Está anocheciendo, son casi las doce de la noche. El cielo se ha vestido de rosa, las famosas noches blancas. Huele a salitre y un vientecillo suave agita mis pensamientos. Tan enfrascada estoy que no escucho las diminutas pisadas de la adorable ancianita que me pregunta “¿Te he contado…? Ocho días con sus noches para contarme. Ángeles es tan pequeña como el tapón de una botella de buen tinto y, aunque no me gusta el tinto, sé reconocer su aroma  y con ello la oportunidad de extender mis brazos invisibles a alguien que necesita imperiosamente el contacto humano. 

lunes, julio 18, 2016

BITÁCORA,en sensaciones,DE UN VIAJE

Pensaba escribir una bitácora como mandan los cánones, pero lo mío es un desorden más o menos organizado donde vuelan las anotaciones alocadas hasta en servilletas, así que empezaré por donde me guíe el instinto. ¿Me acompañáis?

I: EN AUTOBÚS A ALGUNA PARTE
Lo de las excursiones organizadas tiene su puntito borrego. A los turistas accidentales, como no sabemos muy bien si vamos hacia el norte o al sur, pues para orientar nuestro despiste,  nos ponen a una propia para que la sigamos. La propia en cuestión lleva el brazo alzado todo el rato y en la mano un distintivo para que la reconozcas. Ahora está muy de moda llevar una rosa gigante con un palo muy largo. La rosa baila una rumba desproporcionada y los borreguitos la seguimos sin rechistar. No suben a un autobús. A “mi Pepe” y a mí nos separan; no hay sitio para ir juntos. A él le sientan con una mujer con el corte de pelo de hace tres décadas, y a mí me colocan con un hombre que alterna el morderse las uñas y abrazar a su mochila. Nada más verme, se hace el dormido. La compañera de mi Pepe, a su saludo, responde con un estiramiento de cuello a modo jirafa y se la ilumina el rostro. Desde el minuto 0 se embelesa con mi chico y él comienza a hablar como los papagayos. Yo, no. El mío es siniestro total. Acaba de abrir los ojos. Abre su mochila, saca su contenido (agua, funda de gafas, pañuelos para mocos o sucedáneos y móvil) lo vuelve a meter en la mochila bien colocadito y cierra la cremallera. Se abraza de nuevo a la mochila. ¡Pobre!, pienso yo, “seguro que sufre de soledad y se ha apuntado al crucero a ver si pilla algo, qué lástima. Si viviera en Suecia que el 23% de la población es single lo tendría más fácil. Allí la costumbre es salir el fin de semana a buscar pareja para pasar dos días. El domingo por la noche se dicen “hasta luego Lucas” y asunto solucionado”. Me aburro. Miro hacia delante y “mi Pepe” sigue en versión papagayo y su compañera totalmente entregada y embelesada.
¡Ojo!, mi siniestro no va solo, va con sus papás. ¡Qué lástima!, a su edad sin poder volar solo, y no se va a comer un colín en el crucero, eso seguro… Ay, que mi siniestro habla. Me da un manotazo para apartarme y ver a sus padres y dice “Papa (sin acento en la A) los campos están llenos de margaritas como en Madrid”, ¡qué pena!, encima el siniestro es sensible. Cuántas MariPuris suspirarían por tener uno así a su lado, pero éste no se casa ni de coña. He mirado a la madre y es de las del hocico revirado; no hay nada que hacer.
La madre se la nota ser una mujer muy relimpia, de esas de las de bayeta debajo de los pies las 24 horas… La embelesada de mi chico suelta una carcajada, ¿qué la contará si a mí nunca me hace reír? ¡Pobrecilla!, estará necesitada de varón a su lado. Claro que con ese corte de pelo, no sé yo…
La madre mi siniestro dice”Cierra los ojos y descansa”, y va y los cierra ¡qué lástima de chico, ni voluntad tiene!, seguro, se la ha anulado y no es capaz ni de suicidarse por el retrete. Coge la mochila y la acaricia, ¡pobre!, será lo más parecido a una piel en femenino que toque…, me dan ganas de decir que la sobe más, pero he decidido ser prudente y voy muda.
El padre va inmaculado, con la raya de pantalón más recta que el horizonte infinito. ¿Habrá sido capaz la madre de traerse una plancha al crucero? Seguro.
“Guillermo, vamos”, dice la madre. ¡Coña, que ya hemos llegado!... Veo a mi Pepe despedirse y la embelesada abanicar sus párpados. ¡Muy tomate!
La llegada al barco ha sido caótica. No había visto tanta gente junta desde que mi Atleti cayó destrozado ante el Real Madrid. Me siento como una vaca al tren conducida al compartimento correspondiente.
El Barco es gigante, más grande que “la barca del Catarro” en el Campo Grande de Valladolid… ¿Seré capaz de aprenderme los pasillos, las discotecas, los comedores, las piscinas…, vamos, todo, todo, en ocho días? Muy tomate pagar un pastón para sentirse una vaca.

¡Ay!, que he perdido a “mi Pepe” con tanto mirar, y no tengo ni mi Pasaporte para que me identifiquen como objeto perdido y hallado en Popa, en la zona de fumadores.

domingo, julio 17, 2016

L`EUROPE

Estas letras amontonadas y distraídas las encabeza una foto. Para mí esa es la actitud que debemos tomar… Las cosas más simples son a menudo las más reales” Juan Salvador Gaviota

Me he despertado con un sonido que he creído reconocer como el graznido de una gaviota, pero el rabo de mi perro abanicando mi cara me ha sacado de la desorientación y mientras me hacía café ha venido por la puerta de atrás de la memoria una imagen: yo estaba en un aeropuerto rodeada de españoles con diversidad de acentos pero con una puesta en común: su alegría, sus carcajadas, nuestras voces chillonas tan características; ese recuerdo me ha hecho sonreír junto a la siguiente imagen de un muchacho que cumplía 40 años y se le saltaban las lágrimas por estar rodeado de su gente, por sentirse agradecido por el cariño recibido en un día que se aunaban 110 años, los suyos más los de su padre. He mirado el goteo de la cafetera y he vuelto a sonreír.
Después me he encaminado a encender el ordenador a llenarme de otras realidades, tan duras como espeluznantes. Me enteré de ellas muy lejos de casa mientras saboreaba una piña colada y mis ojos se rodeaban de mar. Una mujer italiana, sentada en la mesa de al lado la oí decir asustada “L`Europa é malata”, otra mesa cercana con acento andaluz sentenciaba “Estamos locos”, y poco a poco la piña colada fue dejando un sabor amargo en mi garganta. Todo mi entorno ya hablaba de lo mismo. No estaba asustada, ni siquiera estremecida, pero mi mente se preguntaba repetitivamente “¿Por qué?” Sí, tal vez una pregunta tonta, absurda cuya respuesta me di yo sola al cabo de un rato cuando me aleje de las voces y me fui a un rincón solitario donde solo el rumor del viento me hacía compañía “Ausencia de valores y desigualdad social atroz” aunque no me cabía en la cabeza que el mal pueda vencer cuando hay millones de personas buenas. Muy infantil mi aseveración, sí, pero es lo que siento cada vez que miro al mundo. No quiero negarme la parte oscura del hombre porque ahí está sembrando el terror. Mis ojos han bebido con avidez los titulares de los periódicos en esta mañana que no sabía aún muy bien dónde estaba. Ocho días desconectada y he encontrado más de lo mismo y más. Mi mente se parte en dos: la ceniza y la positiva, pero sin querer obviar lo que hay en este presente cruel, mi cabeza me dice que la actitud del ciudadano de a pié, es decir, tú, yo, nosotros, ellos… ha de ser seguir regando bondad, cariño, alegría, agradecimiento. Conformar una cadena humana que lucha con su actitud y aptitudes contra la incomprensible de la barbarie.
Me vuelve la fotografía del aeropuerto, esos españoles disfrutones, buena gente, hablando con propios y extraños, compartiendo momentos y leo las sandeces que dicen nuestros políticos y me digo “No nos merecéis panda de mermados”

Tal vez tenga razón mi amiga Aurora cuando dice que no sé describir gente mala y yo le contesto  “Me quedo con lo bueno del mundo que es mucho”

martes, julio 05, 2016

CAMINANDO, ¡QUÉ CARAJO!



Dije que no lo volvería a hacer y lo he hecho cientos de veces. He dicho tantas cosas que el viento se las ha llevado. Las palabras han volado por la inconsistencia de mi vuelo.

He hecho tantas cosas que por el camino perdí mi persona. Tuve que regresar a cientos de cunetas para recoger mis despojos que arrastré hasta que volvieron a ser persona, y volví a caminar.

He aprendido tantas cosas y mal, que se disolvieron en la memoria y hube de volver a aprender.

He querido tanto y tan mal, que mi corazón se gastó y tuve que poner uno nuevo.

He perdido tanto que mi maleta cada vez pesa menos.

He estado tan ciega que me he perdido cientos de amaneceres, como cientos de crepúsculos.

He llorado tanto que me convertí en lluvia.

He fracasado tantas veces, y tantas lo he vuelto a intentar. Nada perdía porque nada tenía.

Me he sentido tantas veces “Nadie”, que Nadie se convirtió y mi mejor compañero.

He sentido tanto y tan mal, que los sentidos terminaron por no sentir.

He creído morir cientos de veces, pero cientos de veces he vuelto a resucitar.

Pero hoy he despertado. Sí, sentía. Sentía que volvía a sentir. Sentía entre cenizas apagadas, claroscuros, remordimientos y una esperanza, y he comprobado que ciertos recuerdos no se han disuelto; los mejores.


Me he levantado, he metido en la maleta mi memoria selectiva y una esperanza, y he salido de nuevo al camino. He escuchado a mi espalda el silbido de mi voz tatarear una canción y en mi cara he visto un trozo de sol despistado pintando una media sonrisa y mientras mis pies iba avanzando me he dicho “Mientras tenga esperanza, estaré vivo para comenzar de nuevo”

lunes, julio 04, 2016

HOY 4 DE JULIO

Hoy no es buen día. No porque sea lunes, ni comienzo de semana, ni siquiera porque hoy no es día para comprar productos frescos. El cielo ha amanecido moteado de nubes con sospecha, y escucho en la radio que quizá bajará el bochorno estival y, también, que es fiesta grande en Usa. La vida sigue como un día más cayendo hojas del calendario y, sin embargo, para algunas personas hoy no es un día más.
Hay días, tristes, días insípidos y otros, alegres. Días de todos los colores y para todos los gustos.  A María Luisa se la agolpan en la memoria imágenes de tal día como hoy hace un año cuando se fue de sus horas, minutos, segundos… una de las personas más importantes en su vida. Nada hacía presagiar la deriva de aquel día de principios de julio. Seguramente ella sabría en sus adentros que en cualquier momento la vida de sus ser querido se iría, se marcharía con sigilo por ser ley de vida. Pero no por eso es menos doloroso; ahora estás aquí es una certeza. Dentro de un rato, no se sabe.
Pero cuando quieres a alguien, piensas que ese alguien nunca marchará, será eterna su compañía, su manera de decirte, su forma de mirarte, porque consideras que es imprescindible en tus horas, pero se va para no volver. Entonces viene a por ti la orfandad, la ausencia, el vacio, ese hueco que nadie sustituirá porque cada persona somos uno, distintos, inequívocos,  no podemos rellenar con otros parecidos. Por eso llega la pena, la lluvia inagotable de lágrimas, la tristeza pegada a las paredes de tu vida.
Sin embargo el tiempo sigue descolgándose de sus días, horas, minutos… y comienzas a levantar la mirada aunque la orfandad siga ahí dentro, tal vez para siempre, y también comienzas a recordar, recordar con nostalgia, a aflorar películas vividas cuajadas de sonrisas, de anécdotas y vivencias de aquel ser querido que se marchó
El tiempo, María Luisa, no disuelve los recuerdos, al menos los más bonitos, los hermosos, los que tú adoras. Vienen a ti a engatusarte, a hacerte compañía, a recordarte que tu ser querido no se fue ni se irá jamás mientras que por tu corazón gatee la vida. Comprenderás que se quedó para siempre contigo y que, seguramente, desde allá, donde esté, te seguirá hablando, te escuchará, te aconsejará. Tú harás que no se vaya nunca porque te descubrirás hablando de ella, recordando sus salidas más divertidas, o sus ideas de “Perogrullo”. Tus ojos, tu sonrisa, tus palabras se llenaran de ella.
María Luisa, una madre es siempre madre aunque no esté, aunque no la veas, pero está ahí porque las madres, María Luisa, son eternas y la eternidad es infinita.

Hoy 4 de julio no es un buen día. Es lunes y los lunes no gustan, pero se me antoja que es un buen día para que levantes los ojos a ese cielo moteado de nubes sospechosas y brindes la mejor de tus sonrisas a esa madre que no se fue. Se quedó contigo aunque no la puedas ver.

jueves, junio 30, 2016

DOS DISCURSOS Y UNA BODA

Anoche cerré los ojos con una declaración de Bill Clinton en la que aseveraba que las peores decisiones de su vida las tomó cuando el insomnio le había ido a visitar y el cansancio al día siguiente era tal que erró.
Eran las tres de la mañana cuando sentí que mis ojos de persona se transformaban a ojos de búho. Encendí la luz, apagué la luz, tantas veces que el perro se fue a buscar la oscuridad a otra parte. Hice mi técnica favorita de relajación que consiste en pensar en un rincón especial que guardo en mi mente, pero ni el naranjo ni el ruido del agua al caer en una pequeña fuente me relajaron. Pasé a leer, pero estaba tan cansada que las letras se me hacían borrascosas. Pasé a buscar en Internet la climatología en los países bálticos y añadí una tristeza más pues cuando yo vaya lloverá y lo último que pensaba era llevar un paraguas. Después me di cuenta que últimamente como fatal; he dejado de comer kiwis. Me entró el remordimiento y lo aplaqué diciéndome que hoy me comería media docena. Y cuando mi cabeza ya era una jaula grillos, me acordé que hoy era un día importante para mí pues por primera vez presentaría el trabajo de un escritor en Madrid ¡Para qué me acordaría, madre mía!, se me juntó la velocidad con el tocino. Me puse a memorizar y vociferar lo que hoy diría, ¡qué desastre! Al oír voces, el perro se asomó, me miro y juro que meneó la cabeza como diciéndome que estaba como una jaula grillos, cosa que yo ya sabía. Me callé, me levanté y me fui al armario a pensar qué ropa me pondría hoy. Como si me fuera la vida en ello me puse a probarme  un vestido, un pantalón… ¡qué mal me sentaba todo!, hasta el perro me ladró y precisamente fue el ladrido del perro el que me hizo darme cuenta que estaba haciendo un pase de modelos con el pijama puesto. Descarté el pase y me volví a la cama. Apagué la luz. Me tumbé mirando al techo. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad que no era tal pues por encima del negro se encendían las luciérnagas de la noche. Farolillos incandescentes de estrellas, la farola de la calle, los faros de los coches. Me relajó esa contemplación pero no me durmió porque mis orejas pasaron al estado de escucha. “La noche habla”, me dije, “porque normalmente tienes la suerte de estar dormida y no la oyes”
Así que pasé de la fase contemplativa a la auditiva. Un silencio sordo te baña, su quietud te envuelve, te relaja, incluso te hace pensar que el mundo descansa, repone fuerzas como los móviles, menos yo, claro. Sin embargo si  tu oído se pega a las paredes de ese silencio escucha un ronroneo leve casi imperceptible. Tú pegas más los oídos a esa afasia y oyes que el mudo sigue girando, una parte de él sigue despierto…, como yo. El airecillo fino tiene su música, las hojas de los árboles la suya, el motor de un camión lejano el suyo... Sí, la noche en su silencio posee una música especial que te acuna, pero no me duerme.
Me levanto y me voy al jardín a fumarme un cigarrillo. He pensado que ver amanecer será una idea estupenda. Aún es de noche. Me siento, estoy tranquila pero, de pronto, me viene  un pensamiento cenizo “Está muy oscuro, como venga algún conejo, te caes de la silla del susto”, así que hago algo de ruido para que los conejos no me ataquen, pero el que viene es mi perro que como no lo siento cuando roza mi pijama, me asusto y me caigo al suelo con silla incluida. Una silla mala, de plástico que no pesa nada.
Me incorporo y me vuelvo a sentar. Comienza a amanecer, ¡qué preciosidad! Tan embelesada estoy en ese espectáculo que no me acuerdo que justo a esa hora imprecisa, se pone en marcha el riego; me ha duchado el pijama.

Según subo las escaleras me pregunto “¿Qué dirás hoy en la presentación de “Dos discursos y una boda”? Sr. Don José Menéndez, ex magistrado del Tribunal Supremo, prepárese que allá voy”

miércoles, junio 29, 2016

AYER TE VI

Ayer fue de esos días que sientes tanto que te duele el alma de tanto sentir. Un alma que ni se ve ni se toca, pero que sientes que está dentro de ti…
 
Ayer vi tu foto y me quedé largos minutos mirándote, adivinándote, descubriéndote. Tu estatus yacía en el suelo desconsolado. Tus ojos se dirigían a la cámara con calidez y esa verdad que escuece a tu herida.
 No sólo el tiempo ha hecho mella en ti. No, hay algo mucho más hondo que nos puede desfigurar a cualquiera de nosotros... El dolor.
Éste nos hace más humanos. Pone ojos al corazón, y razón al pensamiento.
Nuestra arrogancia se desarma ante el tormento desvistiéndose para mostrar la fragilidad de su ser, la humildad de su piel.
Ante la aflicción pasamos a rendir tributo a los cinco sentidos anquilosados, perdidos en la prepotencia vana, y nos transformamos, nos transformamos en seres humanos grandes, sensibles, humanitarios, en modestas personas.
Porque el dolor no conoce fronteras aunque se empecine en los débiles, con el tiempo todos caen. No hay señores ni esclavos, ni ricos ni pobres. El tiburón hiere a cualquiera.
Ayer, cuando vi tu foto, podíamos ser cualquiera de nosotros. Me di cuenta de tu herida, tan grande que te descoses por las costuras y que, sin embargo, ahora irradias una sencilla alegría. Aún sin vencer el dolor, le has vencido. Al fin te has hecho persona.
Una vez me contaron que cuando caes vuelves a tus orígenes, a recuperar tus sentidos porque cuando las cosas van bien con el tiempo muchos de nosotros se nos va borrando la pátina de ser persona. Te olvidas de tender una mano, de dar un gracias, de regalar sonrisas, de empatizar con los otros, de escuchar, del respeto, de la paciencia.  

Y volví mi mirada a otro paisaje igual de tremendo…
Ayer estuve con una mujer que está herida, tan herida que se descose por las costuras. Su valentía es grande, pero no suficiente para que el zarpazo sane; hay muchos hilos que vuelven a romperse en la maquina de su vida, y ahí la tenía delante de mí con la luz en sus ojos, a veces emocionados, otras, tristes, con su voz cargada de matices, sin rencores, fuerte sin suerte, una superviviente que  cada día coge aguja e hilo y cose sus desgarros el traje.
Mientras escuchaba a esa gran mujer que seguía emanando, a pesar de los años y de la vida perra, la virtud de ser persona,  se aproximó un vendedor ambulante y me tendió unos calcetines. Sus ojos, tan cargados de verdad, que se achicaron mis temporales de tonterías que no aportan.


Volví a casa sintiendo mis alas desplegadas, agradeciendo a quién sea por mostrarme otras verdades que me hacen abrir los brazos y las compuertas del corazón.

domingo, junio 26, 2016

LIBERTAD


La vida camina al son de la veleta, una giraldilla movida al bamboleo de un viento. Nuestras vidas están encadenadas unas a otras. Lo que decidan unos, inciden en nosotros, lo que decidamos nosotros, recae en la vida de los otros.

¿Somos libres de decidir nuestras vidas? Supuestamente sí. Sin embargo, si miras bien la cara de libertad verás en ella muescas, cicatrices de un querer que no pudo o, incluso, de una ignorancia que de ignorante no pudo decidir.

Muchas veces pienso que las oportunidades para arbitrar, arriesgarse, animarse, lanzase, a tomar un camino determinado, llegan en el momento idóneo, ni antes ni después. No elijes tu el momento, te elije él a ti y, entonces, tú sí tienes la libertad de elegir, de arriesgarte a caminar por una senda X.

Mis elecciones personales, esas libertades que me salen al camino, desde una cuneta, una recta o una curva, llegan al límite temporal. Es decir, cuando se me está acabando un tiempo que marcan unas leyes invisibles para determinados acontecimientos de nuestras vidas. No es lo mismo parir un hijo a los 22 que a los 45, por ejemplo; a eso me refiero en cuanto a límite temporal.

Pero LLEGO, no sé cómo me las apaño pero LLEGO a línea de meta con la lengua fuera y los pulmones agotados pero LLEGO, y cuando caigo fulminada al suelo por el esfuerzo, presiento que la decisión que tomé en mi pequeño recinto libertario fue la adecuada.
Las decisiones más importantes de mi vida han sido tomadas en libertad, cuando la cadena humana a la que estoy enganchada me ha dejado decidir, no antes ni después.
¿Arriesgo en mis decisiones? Sin duda pero es que la vida sin riesgo sería una cárcel a la que maniataras toda tu vida.

¿Es importante sentirse libre? Sí, rotundamente sí, pero no te engañes, tu libertad tiene las patitas cortas y está sujeta a la de otros y tú dependes de los otros. Por eso es fundamental que tus interiores sean anchos, largos y profundos, para que cuando la sociedad a la que estás atada, quieras o no, te impida sentirte libre, dentro de ti despliegues tus alas y vueles en libertad dentro de ti. Tal vez, solo quizá, tanto vuelo interior, tantos sueños guardados, un día tengan oportunidad de elegir ser reales o seguir su vuelo interior.

Hace poco se me ofreció una oportunidad de elegir, de proceder en libertad. El tiempo se acababa, vi el tren pasar, tal vez el último y me subí. No sabía a dónde me llevaba pero me arriesgué.

¡Gracias familia Cantalapiedra!

sábado, junio 25, 2016

CARA Y CRUZ

Da igual el color con el que vistamos los sentimientos: el cambio arruga, la incógnita estremece, la continuidad escandaliza. Si hay tiempo de razonar, el riesgo es vida, una actitud positiva. Sin embargo, la población esquilmada envejece, lo de arriesgar es para jóvenes que han de plantear futuros. Además, los esquilmados mayores, los de la periferia, tampoco llegan a final de mes, y los mayores medianamente asentados temen que lo poco que les queda se evapore.

El tiempo se escurre mientras el barco lleva anclado seis meses y el pueblo soberano está arto de tanto pedigüeño, tanto ladrón, tanta mentira y juego sucio, y tanta estafa para que, al final, la responsabilidad recaiga en sus hombros de aupar una promesa o, más de lo mismo.

Pero, ¿y si la promesa en realidad es un lobo vestido de cordero, que lo es? O, ¿nos quedamos con más de lo mismo que aúna experiencia con cierta estabilidad?
El trabajo, la pensión, la seguridad, la cultura, los ahorros, la religión,  la sanidad, el respeto, los derechos…, suspendidos en el aire de un  arco iris.

Estamos en sus zarpas, en sus egos, aunque nuestras manos sean las que decidan.
Cara y cruz de un presente arrebolado de hartura y de ineptos que juegan a ser dioses prometiendo el Olimpo más allá de la realidad y sus posibilidades.

“Siempre me quedará La Roja, yo mismo, el verano y los amigos”, me digo mientras las hojas del calendario van cayendo como hojas muertas de ilusiones. Y me grito “Amistad y Esperanza, no me dejéis en el ocaso de mis sueños. Sin sueños, estoy muerto”

Y la moneda sigue girando, suspendida en el cosmos, debatiéndose en la cara y la cruz.

viernes, junio 24, 2016

VERANO...Una sonrisa, por favor

¡Menudo calor! Llevaba varios días diciéndome “Baja, date un chapuzón”, pero no encontraba el momento, pero esta noche he pasado tanto calor que esta mañana me he dicho “Al agua, patos”…Qué lástima, qué pena, qué destrozo. En nueve meses, una puede parir, engendrar una criatura, pero no deteriorarse. ¿Para qué me ha servido gastarme los dineros en cremas? Pues ir haciéndome un paracaídas para cuando llegara la hora H aterrizara como una gran señora que ha llegado a esa edad innombrable. Pues no, mis dineros se han ido por el desagüe del retrete. Mi cuerpo, mi cara, un ascensor directo al precipicio. Claro, te tapas tanto en el invierno con eso de los fríos que cuando te quitas todas las capas de cebolla que llevas encima descubres el horror.
Yo estaba estupenda. Había adelgazado nada menos que 13 kg. Me decía “Muñeca, cómo un cañón estás. Qué fuerza de voluntad, qué grande eres” Mentira, todo una engañifla. Había adelgazado no por mi voluntad que siempre campa a sus anchas haciendo lo que la viene en gana, sino por el tiroides. Me mandaron unas pastillitas pero me dije “Muñeca, si las tomas y lo que sea se pone en su sitio, las carnes vuelven. Tú verás” Total, pensé que para lucir cuerpo pues empezaría con las pastillitas a finales de agosto; encima matándome para tener un cuerpo de escándalo en verano. Y de escándalo lo tengo en versión pellejo y carnes descolgadas, desnutridas y flácidas.
Después del asombro y los lloros, al comprobar que lo que es,  es, me he sonado los mocos y me he bajado a la piscina.
Me he tirado en la toalla y mi flacidez se ha desparramado por la toalla. Me he encendido un cigarrillo y me he puesto a mirar: las mismas caras, las mismas sufridas abuelas con insufribles nietos, mujeres feas, vamos, como yo y media docena de mujeres estupendas ¡Qué asco me han dado! Tanto que me he metido al agua. ¿En nueve meses se puede olvidar nadar? ¡Puf!, mis brazos desincronizados, las piernas a por uvas y el tronco hundiéndose.
Salgo del agua. Al menos estoy fresquita, ya es algo. Me tumbo a que los rayos malos me descoloren el blanquecino lechoso de la piel, y me dejo llevar por las voces apiñadas a mi lado.
“Manolito se ha divorciado, le ha quitado hasta el piso. Con lo puesto… ¿Qué me dices?...Sí, Y Antoñito está libre de nuevo… ¿Qué me dices?...Mi vecina del décimo A los tiene a pares… ¿Qué me dices?” Aquí me han dado ganas de levantarme y preguntar qué es lo que tiene a pares, pero estaba muy cansada. He torcido la cabeza y mi oreja se ha ido al lado de las yayas “Mi hija es que la han ascendido. Un cargazo, hija… ¿Qué me dices?...Mi yerno ganando dinero a paladas… ¿Qué me dices?”...Aquí me han dado ganas de levantar la cresta y preguntarla que si nadan en tanto dinero por qué no la cogen a una mujer que la ayude a cuidar de los seis nietos, pero me he dicho que no procedía, así que me he quedado dormida.
Estoy escocida. Me puse aceite bronceador de coco malayo y me he abrasado.
Me he subido un poco espatarrada porque si se me rozan los pellejos de los muslos, me duele.
Me voy a hacer un bocadillo de panceta, Kétchup y mostaza. Total, el tiroides no se va a enterar y  mi físico le tengo como le tengo, pues…

¿Cuándo llegará el invierno para volverme a tapar?

miércoles, junio 22, 2016

GENTE MALA, QUÉ ASCO, ¿NO?

Me metí en la cama con una afirmación que me zumbaba en los oídos y en la sesera. Provenía de una amiga cuyas aseveraciones las tengo muy presentes por su buen juicio y prudencia. Y cuando ella habla, hay que escucharla y meditar sobre sus palabras, tal vez las interiorice y deba seguir por esa senda…
El calor en Madrid se pega a las paredes de los edificios,   los árboles y las flores tratan de sobrevivir a él a duras penas con chapuzones de agua. Pero la quemazón viene sobretodo del asfalto, semeja la tierra ardiendo bajo la plantas de tus pies hasta llegar la canícula a tu raciocinio y dejarlo como un bistec a la plancha seco y chamuscado.
Pese a ello me adentré en uno de los lugares de sabor y solera madrileños: Malasaña. Calles estrechas que suben y bajan, igual que si estuvieran subidas en una montaña rusa. Tiendas chiquitas de barrio o de diseño. De tascas de siempre, bares con raigambre y prosapia, que en fin de semana hierven cervezas, voces, risas y tumulto, pero que entre semana, el paisaje es cálido y sosegado.
Mis pasos me llevaron a un café que no conocía. Bueno, a veces pienso que Madrid y yo nos casamos hace treinta años, pero lo nuestro no funcionó por falta de uso y comunicación. Tal vez sea que no había llegado el momento de rozarnos, y llevamos de unos meses para acá que flirteamos el uno con el otro y hasta nos gustamos; las cosas del querer, a veces, va por los derroteros más extraños, y lo mejor es dejarte mecer a ver qué pasa.
El café Ruiz me cautivo nada más verlo. Decimonónico, anclado en un tiempo que fue que hoy sigue siendo actual con tintes de intelectual. En un rincón estaban seis personas tan entretenidas descifrando una carta astral. El primer paso que di fue sentarme en una especie de balcón abierto a una calle recoleta, de edificios recién peinados, en los cuales reventaba un color rojo  en algunas ventanas; unas gitanillas desplegaban sus alas dando vida a una calle tranquila y asfixiada de calor. Mi mesa diminuta se fue extendiendo de rostros conocidos y voces vivarachas, ya se sabe que el español de hablar bajo, nada, parece que si lo hiciéramos no se nos sentiría. Después nos fuimos a otro recoveco del café. Unas teteras plateadas, tan brillantes que no podía alejar mis ojos de ellas, pero un leve toque me hizo aterrizar a una mesa rectangular en la que nos sentamos a divagar y con la excusa de “Sevilla…Gymnopédies” se divagó sobre los escritores, incluso sonó Gymnopédies de Erik Satie que me sigue emocionando cada vez que escucho una versión en concreto. Porque la música nos transforma y nos transporta hasta sentir un vuelo rasante sobre imágenes, personas, vivencias y placer.
Y entre palabras y palabras, surgió la frase de mi amiga “No sabes describir gente mala, retorcida, esa con la que nos topamos cada día y que existe”. Otra amiga que estaba a mi lado, también confirmó ese hecho. Miré a una, miré a otra, mis ojos estaban en ese momento en un partido de pimpón a cámara lenta y mi sesera agarrándose con uñas y dientes a esa afirmación que, sin habérmela dicho a mí misma nunca, yo la presentía en las puertas de mis letras pero no dejándola pasar.
“¿Por qué, porqué?”, me pregunté antes de apagar la luz, incluso durmiendo mis subconsciente apelaba a que me preguntara y cuando mis vahos nocturnos se han despertado con las primeras luces, lo primero que me he preguntado ha sido “¿Por qué?” y me he respondido con el segundo café:
“Ángeles no dejas pasar a la gente retorcida, o esa que se entiende por mala porque las aborreces, porque huyes de ellas, porque te desequilibran nada más otearlas. Sin embargo si te haces pasar por escritora que es la voz de la calle, debes pintar esos personajes, personas que hunden a otras por celos, envidia o porque el mal nace de sus entrañas”
Me he tomado un tercer café y me he puesto tan contenta “¡Qué puñetas, muñeca!, anda que no tienes cabroncetes y cabroncetas a tu alrededor, habla de ellos, ponles voz y hechos, mucho no te va a costar. Solo con mirarles un ratito, pintas el pan nuestro de cada día”