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miércoles, abril 09, 2014

DE VALLADOLID A SEVILLA


A veces escribir es poner en orden tus esclavitudes, hablar para uno mismo aunque desees ser escuchado, pero las inquietudes de uno no siempre son las de otros, de ahí el abanico de posibilidades para conectar con el mundo exterior.
Dicen que ser buena gente no es cuestión de fechas sino un largo y arduo recorrido a lo largo del tiempo, es cierto, pero también las escusas son buenas para esforzarte, como por ejemplo en navidad, la gente es más sensible a estrechar lazos y ser más solidario, ¿por qué no? Pues así pienso con las raíces religiosas que has de mantenerlas, luchar contra esos gusanos de fuego que a veces te corroen y, sin embargo, mirar a tu Dios de frente a pesar de tus dudas y reniegos que sientas por Él muchas veces. Pero cuando el calendario católico llama a tu puerta es buena excusa, también, para que te acerques y ahondes en esas raíces que te han acompañado toda tu vida.
Ahora hablaré sólo para mí porque casi ninguno me seguiréis en estas idas y venidas mías; da igual, lo comparto con vosotros.
Para mí, no me preguntéis el porqué, la Semana Santa dura dos meses: el mes de cuaresma, la Semana Santa en sí y tres semanas después. No soy ni de las que van el miércoles de ceniza a la iglesia, ni que los viernes la carne se aleje de mi boca. Sin embargo, es una sensación interna muy especial: como si día a día me fuera acercando a ese mi Dios, suavemente, como si le mirara a sus ojos y me columpiara dentro de ellos mientras limpio mis desperfectos. Siento el aroma del incienso como va lavando mis miedos, las incredulidades del día a día mientras rezo en el silencio de cualquier iglesia que me invita a entrar.
El colofón es un camino intermedio entre el regocijo sevillano y la austeridad castellana. En ambos me paseo y lo disfruto plenamente. No concibo una Semana Santa si la bulla de mi Sevilla ni el silencio que adorna mis calles vallisoletanas; tan opuestos y tan míos.
Adoro llegar en estas fechas a Sevilla y perderme entre su gente, sus Vírgenes y sus Cristos; me llega al alma  esas tradiciones tan suyas y tan vividas. Cómo miran, con embeleso, al Señor de Sevilla, a su Esperanza más grande, que alegría más enorme ver la primera cruz de guía poner sus pasos en la calle… Pero también quiero esas noches de frío y silencio a toque de corneta y tambor ver salir a la Dolorosa y recorrer sus cuatro esquinas en busca de su Hijo yacente y ese rítmico bamboleo del paso aprendido de los costaleros andaluces…

Después, me quedan tres semanas que me pierdo en los vídeos de TeleSevilla con locutores que poseen el gracejo, la experiencia y el amor en sus palabras; me van desgranando el acontecer de sus tradiciones centenarias… Y luego llega mayo, junio, julio, todos los meses restantes del año, y yo llevo dentro, muy dentro, esa fe que no se puede explicar.

1 comentario:

América dijo...

La existencia es largo y arduo recorrido a lo largo del tiempo con nuestras luces y sombras.No podemos explicar esa fe,pero nos acompaña y el solo pensar en perderle nos acerca a al filo de la soledad absoluta.Entiendo que estos temas son muchas veces mas para nosotros mismos que para el resto de nuestros lectores,pero como me reconforta leerte y acercarme aquello con lo tanto que me identifico.
Un beso.