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sábado, marzo 29, 2014

TRIGALES DE HORMIGÓN

Una forma de entrar en tierras castellanas es llegar a ellas en tren desde la capital del reino. Con ojos despiertos, avispados en diseccionar sensaciones, y mirad a través del ventanal cómo el paisaje se funde desde Ávila hasta Valladolid… Les aseguro que podrán ver la puesta de un sol macizo en sus enseres, tan espectacular  como las inmensas tierras y sus pueblecillos perdidos en la planicie.
También, podría empezar diciendo a los lectores que a mí me gusta mi tierra en cualquier versión… Y, lo tremendo, es que es la verdad, hasta cuando el calor achica las ideas y has de remojarlas en la ribera del Pisuerga,   un río, a veces,  demasiado sucio y contaminado por la mano oscura de la ambición y la desidia.
El otoño es dorado por estos pagos de Dios, las choperas se desnudan al sol que se enmudece y cubren el suelo de oro y grana. El pino mira impertérrito el tintinear de la hoja caduca; al pinar le da igual, bastante tiene él con no dejarse desforestar.
El invierno es crudo, la humedad del río se mete en el alma, pero crea una atmósfera encantada donde la niebla recrea  la imaginación de los lugareños.
La primavera en la viña es hermosa como los cerezos en flor decorando alguna parte de una inhóspita autovía… Y, aquí viene la cruda y triste realidad porque, quizá, por el amor a esta tierra recia, hosca en el gracejo y cuyo silencio es digno de escuchar por austero e inexorable, me duele su paisaje trepado por la fiebre urbanitas. No hacen pueblos de casas con tejados a doble vertiente y teja clara. Calles de ventanas floridas y campanario para un cigüeñal; no, son setas pareadas o rascacielos en la nada, en mi estepa castellana… A vista de pájaro torcaz, es un suicidio con nombre de ladrillo y aroma a dinero, ¡Si no hay gente para morar tanta seta pareada!… Lástima tener que decir que los alrededores de Valladolid ya no son campos extensos donde recrear los sentidos, sino masas ingentes de hormigón prensado, colmenas hacinadas donde, supuestamente, vivirán personas. Trigales suplantados por edificios donde se les olvidó plantar el frescor del verde,  y es el asfalto quien decora esas cárceles humanas; vamos, que no hace falta ir a la costa para ver crímenes urbanísticos.
Hay cosas que se me escapan al entendimiento: Acaso, ¿está reñida la belleza con la construcción?, ¿es necesario masacrar la tierra aledaña a la gran ciudad de esa forma tan ausente de estética  y respeto al medio natural?
Temo las modas por torpes, incultas y olvidadizas. Por asesinas del espacio sin pudor… Y, así se crean superficies anodinas, sin rastro de un sello de identidad que las distingan del norte o del sur.
Me piden que hable de mi tierra y he de cerrar los ojos para sumergirme en ella…, porque cada vez es menos ella y más la otra, donde no hay siembra ni llanuras para perder la vista en ellas. Ni siquiera el aroma a pueblo, a pueblo de verdad en aquellos eneros de matanza y huevo frito… Y me pregunto, ¿Ustedes creen que esto es el progreso? Señores míos, mientras el alma y la mente no estén al abrigo  de una naturaleza sana que alimente el quehacer diario, que alivie los sentidos en belleza, me temo que el hombre estará abocado, sin remedio, al ocaso.

 
El tiempo corre, galopa por la vega y no perdona al torso, talle, sustancia y materia de esta tierra llamada Castilla.
Pero, a pesar de eso, la amo por ser mi raíz de vida, por dejarme olvidar el ruido de la gran ciudad por las calles estrechas y tortuosas de Simancas. Edificios blasonados, diminutos balcones poblados de geranios  mirando a la vega de un río constante mientras pienso que “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar…”

1 comentario:

Nómada planetario dijo...

Una prosa impregnada por lo machadiano y el cariño que le profesas a tu tierra.
Los empresarios del ladrillo siempre argumentan que su actividad crea puestos de trabajo. Por esa regla de tres el narcotráfico y el crimen organizado también serían defendibles.
Tienes toda la razón en lo referente a la especulación urbanística.
Un abrazo.