sábado, febrero 03, 2018

MIS PASEOS EN AUTOBÚS… EDUARDO

Llevaba días acumulando olvidos como el que colecciona postales, pero la desidia me podía y renegaba de las obligaciones. De esa manera me subí en el autobús  en dirección de un destino sin recordar.
Aquel día estaba lloviendo y el autobús iba abarrotado, reconcentrándose aromas de lo más diverso envueltos en humedad.
A trompicones pude llegar hasta la penúltima fila de asientos y ubicarme en esos huecos de cuatro en los que todos nos miramos, a no ser que perdamos los ojos por el ventanal. Y ese día me daba pereza hasta mirar al vecino así que me concentré en recordar a dónde iban mis huesos y mi alma despistada cuando, de pronto, me vino un latigazo a perfume de pipa o algo parecido. Mis ojos clavados en mis rodillas comenzaron a husmear las rodillas que tenía frente a las mías, casi se rozaban, se cosquilleaban las cuatro. Estaban tapadas con unos vaqueros gris perla, de los modernos que venden ya rotos, una moda absurda que pagamos por llevar una prenda desarrapada, pero el ser humano ya se sabe como es de incongruente.
Mis ojos siguieron escalando en busca de aquel olor tan grato en el momento que se toparon con un libro, cosa frecuente en el metro o en el autobús aunque cada vez menos usual; ahora está de moda refugiarte en el móvil. Si mi gesto se me escapa, procuro atarlo para disuadirle pues si me enfrasco en el móvil, me pierdo lo mejor que es la vida, esa que va y que viene como los carruseles de emociones que giran y giran y en cada vuelta hay una sorpresa.
Pude leer el lomo del libro, estaba en inglés; no sé lo que ponía, pero tuve la fortuna de un frenazo inesperado del autobús y el libro se movió y pude otear el rostro del dueño del libro. La primera sensación que me vino fue que Quevedo había regresado a escribir algún opúsculo burlesco de la sociedad actual. Tanto el bigote como su minúscula barba puntiaguda, estaban cuidados con esmero. Y sin saber el porqué mis ojos subieron de tono y se chocaron con los de Quevedo… ¡Eran preciosos! Igual que un estanque de agua empecinada, nunca había visto unos ojos verdes tan oscuros en los que sumergirte en ellos era como el deseo de nadar hasta que la flaqueza se adueñara de ti.
No pude seguir con mis indagaciones sensoriales pues le sonó el móvil y lo primero que hizo nada más descolgar fue decir “Eduardo al aparato” y acompañar a su voz de una suave sonrisa eclipsada por una dentadura blanca que iluminaba ese día tan grisáceo.
Me enteré de todo o casi todo. Venía de recoger el finiquito en una empresa e iba a otra a una entrevista. Era traductor y trabajaba por libre y por horas. Se le veía cómodo o habituado a su papel de hombre intermitentemente en paro y, tal vez, tampoco necesitase mucho más, aparte de libros, una buena charla, unos amigos y cuatro paredes para guardar su intimidad… Esto es cosecha mía.
El caso es que Eduardo se levantó y yo hice lo mismo hasta que me di cuenta y me recordé a mí misma” ¿Dónde vas, alma de cántaro, si no sabes a dónde vas?” Y me quedé parada viendo como Quevedo se esfumaba de mi vista dando grandes zancadas firmes y dispuestas a llegar a su futuro inmediato.

El autobús arrancó y me acordé de mi prima Mayte, soltera por convicción, pero que si se le hubiera cruzado por el camino un Eduardo como ese, ya veríamos la firmeza de sus ideas.

5 comentarios:

Macondo dijo...

Qué bien cuentas, Cantalapiedra. El último párrafo muy de tu sentido del humor.

Marigem Saldelapuro dijo...

Me has atrapado desde la primera palabra, me encanta como lo describes todo y seguramente tienes razón y Mayte habría caído rendida a los pues de Eduardo.
Besos y feliz finde.

Maripaz dijo...

Que riqueza hay en tus textos, querida amiga. Describes situaciones como nadie. Incitas al lector a tomar posición dentro de la historia. He podido ver la galanura de Eduardo y opino como tú, creo que Maite habría caído rendida a sus pies...
Besos.

DEMOFILA dijo...

Escribes de maravilla, me he quedado prendada de tus letras.
Lo describes tan bien que al leerte te sientes dentro de tu narración.
Me dices en tu comentario a mi entrada que lo sientes, que no pierda la esperanza, la he perdido ya, mi cuñada se fue la semana pasada después de 7 años de sufrimiento.
Besos.

Laura. M dijo...

Vamos que Eduardo - Quevedo es de esos que es imposible quitarle los ojos de encima. Bonito relato de ese corto viaje. Seguro que se lo contaste.
Besos.

Pd. No me he olvidado de tí Mª Ángeles, hemos estado muuy liados preparando un homenaje motero a un amigo de las motos que falleció en diciembre, y le dedicamos el fin de semana la subida a La Covatilla, a pesar de que nevó todo nos salió bien.