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lunes, julio 25, 2016

BITÁCORA VI… SAN PETERSBURGO

Este capítulo bien podría llamarse “Chinos y agua”, menos mal que era la segunda vez que visitaba San Petersburgo con lo que ya tenía  mis sensaciones grabadas en la memoria de lo que suponía aterrizar en una de las ciudades más bellas de mundo. Mi tito según se acercaba el barco a puerto gritaba “Rusia, el Boqui ya llega, por fin” pues era una de sus máximas ilusiones pisar suelo ruso. A continuación se puso a llover como si no hubiera un mañana; al pobre se le oscureció todo.
Si en ese momento hubieran buscado chinos o japoneses en China o Japón, no los hubieran encontrado. Todos estaban como sardinas enlatados en el Hermitage, ¡qué horror!, creo que salí con los ojos rasgados y diciendo “Sayonara”, añadiendo, claro está, la sensación de borrega detrás de la consabida rosa bailando el charlestón para que no nos perdiéramos. Recordaba mi sensación cuando entré hace cinco años en aquel palacio un octubre comenzando ya a nevar, deslizándome por las salas sin obstáculos con un murmullo suave de fascinación de otros turistas que como yo disfrutábamos de aquellas salas que parecían salones de baile, yendo y viniendo a nuestro antojo y ahora aquello era un enjambre de moscas cojoneras de codazos, empujones, de voces mezcladas, ¡una pesadilla!
Al salir de aquel hervidero, el grupo respiramos aire, hasta agradecimos la lluvia. Una lluvia tan estridente como loca. Nos refugiamos en la furgoneta para llegar a formar parte de otra empanada de chinos en
la iglesia de San Salvador sobre sangre derramada en la que se guisaba el olor humano, el agua chorreando de nuestros chubasqueros, más empujones y los flashes que te cegaban…, y que en aquel octubre en que me quedé fascinada de esa iglesia fuéramos una docena escasa de personas, ¡manda decibelios!
Salió el sol y nos alegró el ánimo al grupo de doce que hacíamos la excursión guiada. Nos llevaron a comer a un restaurante delicioso a saborear comida rusa. Un grupo encantador  que hicimos risas de tanto desbarajuste chinesco. Después de comer, un paseo por el río Neva y más lluvia, más agua rabiosa. Yo me negué a ir en el interior del barquito porque las vistas de las dos orillas de San Petersburgo eran maravillosas, así que el agua rusa cayó sobre mí lavándome hasta las entretelas. A todo esto no he contado que la ciudad estaba atascada de cabo a rabo con lo que se nos echó el tiempo encima y tuvimos que volver al barco.
El segundo día se nos dio muy bien; menos chinos y menos agua, pero con chinos y agua, eh, pero al menos pudimos respirar. Fuimos de compras, vimos el palacio de Catalina
que de tanto dorado, salimos muy doraditos todos. Estuvimos en la catedral de San Nicolás que me pareció bellísima, el metro
, la catedral de San Isaac, la avenida Nevski, fortaleza de San Pedro y San Pablo, el palacio Perhof y nos volvimos al barco con una soberbia empanada, porque ver en cuarenta y ocho horas San Petersburgo es un tanto heavy.
Pero a pesar de eso, disfrutamos mucho porque nuestro grupo
era una amalgama de gente de buen rollito y mis tíos volvieron encantados y para mí era lo más importante. Observar sus ojos fascinados, sus caras de placer, la sorpresa intrínseca en sus gestos, bien merecía haber soportado tanto chino. Sentir a los tuyos felices, no tiene precio.

Eso sí, cuando llegamos al barco me fui a popa a por mi Martini y el de mi tito. Subían en el ascensor un par de chinos. Me cambié de ascensor. Mi mente no estaba preparada para una ración extra de chinos.

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