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martes, julio 19, 2016

BITÁCORA II



Contactos en 3ª fase…
Más perdida que un pez en unos grandes almacenes, menos mal que mi tío Ángel es alto y he avistado su sonrisa rápidamente y rápidamente me abandona porque se va al camarote. Comienza a llover y las hordas desaparecen, ¡De puta madre!, me digo. Nos hemos quedado en popa cuatro pirados. Previamente he notificado a mi familia que si me buscan, me encontrarán en la planta 9, en popa, donde está el chiringuito de bebidas, hamacas, se fuma y más vicios. Me calzo el chubasquero, comienzo a estar en mi elemento porque llueve como si el mañana ya no fuera a existir. Delante de mí unas vistas espectaculares de la costa de Estocolmo. El cielo, tan diversificado de grises que estiro la mano para tocarlos. El silencio es una dulce cadencia envuelta en el chisporrotear del agua. Respiro hondo y no huele a mar ni a nada, más bien un aire que se me antoja limpio y fresco entra en mis pulmones. Pido mi primer Martini a bordo y enciendo un cigarrillo. Un pajarillo se pone a saltar entre los charcos, a beber en ellos y a levantar la cabecilla minúscula al cielo; los pájaros suecos son microscópicos. Un muchacho hindú se acerca a mí ofreciéndome una manta escocesa en alegres tonos amarillos a azules; se convertirá en mi fiel compañera todo el viaje. El muchacho tiene la piel muy tostada, los ojos hundidos y negros como el carbón pero su cara se ilumina al regalarme una sonrisa pintada de inmaculado blanco. La muchacha que me sirve la bebida es filipina, educadísima y preparada para entregar sonrisas a quien se la acerque. Me siento francamente bien, mi sensación de vaca borreguera ha desaparecido. A cambio aparece otro placer inesperado que, por imprevisible, aún me impacta más: las gaviotas suecas.
¡Son bellísimas!, delicadas en su pose, danzarinas en su vuelo. Su tamaño es mediano y sin duda no temen al hombre y la barandilla del barco rezuma elasticidad para las piruetas que se disponen a hacer delante de los cuatro pirados que permanecemos en silencio asombrados por la gracia sensual de aquellas aves.
Una mujer solitaria, entrada en años, con  un color de pelo teñido seguramente por un enemigo, me está mirando. Me hace un gesto de complicidad. Me gustan sus ojos cargados de tristeza, su forma de fumar decadente, de una dama del siglo pasado, su soledad garabateada en su rostro. Me inspira ternura esta mujer abandonada a sí misma.
“Mi Pepe”, todo alterado, como siempre, me viene a buscar. Hay que cambiarse para ir a cenar. ¡Ay cómo mola!, me da por pensar que estoy en una especie de Titanic y es la hora de lucir galas elegantes, dejarte ver por el comedor inmenso plagado de arañas y las cabezas volviéndose mientras tú pasas lentamente para dejarte ver. Abro la maleta rápidamente y elijo un modelo que ni pa ti ni pa mi, vamos, una mezcla entre el chill y el out pasando por Albacete. La verdad es que estoy mona. Tan mona que digo a mi Pepe “Vamos y me haces unas fotos en cubierta” “Si está lloviendo, Gordita” “Da igual, tú me las haces”, y como cordero guiri  con cámara al cuello va a la cubierta que está cubierta. Esas cubiertas por las que se paseaban las damas del Titanic en las que había tumbonas y lánguidamente se sentaban ellas, ¿sabéis lo que os digo, no? Pues ahí me retrata “mi Pepe” y no se moja así mi tierno y obediente cordero guiri. No os cuento la cara de lela con la que me saca, ¿para qué? Odia hacerme fotos y ese odio se traslada al objetivo. Tanto me enfoca que se me plisa la cara y los ojos bizquean. “Valgo yo más al natural”, me digo para animarme.
Llegamos al comedor muy, muy deprisa y nos dicen que antes de cenar hay simulacro. ¿Simulacro de qué? Por si ti ahogas, pues que sepas que tienes que hacer para que no te pase lo del Titanic, digo yo.
Las escaleras abarrotás. Las hordas suben y bajan buscando el simulacro que les corresponde y de repente veo descender a mis tíos con el flotador al cuello ¡Muy tomate!, estaban graciosísimos, me inspiraron una ternura infinita y con ganas de salir corriendo hacia ellos para abrazarles; las hordas me lo impidieron.
“Pepe mío, yo quiero un flotador como el de mis tíos”, le digo y me responde el muy sabiondo que hay que ir al camarote a por ellos. Meneos por aquí, meneos por allá, logramos alcanzar nuestro camarote y coger los flotadores. ¡Qué estrés, Virgen del Chiringuito más próximo! Bajamos corriendo, nos identifican. Bueno, identifican a “mi Pepe” que lleva la documentación reglamentaria porque yo sigo sin identificarme a mí misma, pero cuando acabamos de salvarnos con flotador y barca, subo corriendo a por mi tarjeta; sin ella no me dan ni un vaso de agua y el cuerpo me pide un cubata.
Cenamos, por fin. Qué bien servido, qué amabilidad, qué buen hacer. Nos sientan con unos desconocidos y ¡lo que hace 30 años de matrimonio, madre!, pues sin consultarnos, mi Pepe y yo nos convertimos en “papagayos rompehielos” Aquí conocemos a una adorable ancianita llamada Ángeles, como yo, y que rápidamente me rebautizará como Angelines…Comienzo a sentir la necesidad de capturar imágenes, rostros, sonrisas, voces, ademanes. La fotografía del comedor era deliciosa, no por su belleza en sí, que la tenía, sino por ese ambiente que desprendía reposo, buen rollito, y alegría a la vez.

Huyo de las hordas musicales y subo a popa. Está anocheciendo, son casi las doce de la noche. El cielo se ha vestido de rosa, las famosas noches blancas. Huele a salitre y un vientecillo suave agita mis pensamientos. Tan enfrascada estoy que no escucho las diminutas pisadas de la adorable ancianita que me pregunta “¿Te he contado…? Ocho días con sus noches para contarme. Ángeles es tan pequeña como el tapón de una botella de buen tinto y, aunque no me gusta el tinto, sé reconocer su aroma  y con ello la oportunidad de extender mis brazos invisibles a alguien que necesita imperiosamente el contacto humano. 

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