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sábado, junio 18, 2016

SEMBLANZAS CASTELLANAS

En el estío, al atardecer, cuando el sol no pica y el horizonte se esponja en violetas y naranjas, Castilla nace por sus senderos.
Sus atardeceres ensanchan la última frontera de los campos de labranza, donde la luz descansa en la llanura y emerge otra vida al abrigo de un sol que muere.

La savia, entonces, renace en las calles apagadas de un calor que quema a mi Castilla. Es el momento de encuentros y recuentos, del reposo, de la calma y el vientecillo ligero. Es la hora del murmullo en la calle copada de asientos con olor a tertulia.

Los caminos se pueblan de pasos tranquilos, del respirar íntimo en el silencio de la tierra que suspira de tanto grado sin sombra. Despiertan las estrellas en este mar castellano. Son farolillos que entonan a una luna de plata y oro.

En los bancos del apeadero de la estación, en un pueblo no muy remoto, se sientan los ancianos a ver pasar un tren con destino al más allá. Lo miran iluminados y ven caer al pasajero que regresa a sus raíces.

A la fresca de la noche se ventilan verbos del día consumido en calores y trigales.
Las puertas de las casas se iluminan de palabras, arden las lenguas, voces entrecortadas si son cuitas del vecino, mientras  en la espadaña de la iglesia duerme la cigüeña y las campanas tañen su voz con la exactitud de la hora.

Huele a campo, a tierra recién cortada, a la madre que parió su embrujo sobre las sienes de los hombres que la trabajan.

En Castilla se ha parado el reloj por este aroma de verano que baña mis campos de Machado. Mañana será La verbena, después la romería, la vaquilla y el encierro porque, en mis campos sesgados, ha nacido el verano y con él la alegría de la fiesta y el descanso.

El verano de Castilla, de asfalto y campo, muta a otros sabores y costumbres que apelan a la mar de fin de semana, al pueblín de nuestros ancestros, a la playa de un río pegado a la sien de cualquier ciudad castellana, a la piscina de un amigo o del ayuntamiento, a las terrazas al caer el día.

Es mi Castilla,  tan rancia y soberana, tan enjuta y pegada a sí misma que en ella no encuentras dobleces, sino campos extensos de tesón y techumbre, de silencios acalorados, de grillos musicales, de horizontes rectilíneos donde sentir el sol cuando el día despierta en la aurora y cuando el sol se marchita. Campos de bóvedas celestes donde mecer tus sueños cuando la noche se enciende y el agua difumina tierra y césped.

Es mi Castilla, de pueblos cercanos, dormidos y desnutridos en invierno pero que, al llegar el estío, se repueblan de voces de ayer y de hoy para avivar la memoria y que el olvido no barra sus raíces.
Esta es mi Castilla y de León, también,  esa a la que una vez me estrecharon a sus caderas y ahí sigo en un verano más, adorando sus calores y silencios, encendiendo mis recuerdos de la niña que una vez fui.

1 comentario:

Macondo dijo...

Me has transportado a los veranos de ni niñez en Los Monegros, un poco más al este pero también presididos para la austeridad de su tierra, de su clima y de sus gentes.
Un abrazo.