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miércoles, junio 08, 2016

MI EDITOR

Hoy le encontré en una foto. Lucía una perilla cuidada de hebras de plata matizada de claroscuros. Miraba a la cámara sonriendo, gesto que le achinaba sus ojillos. Su cara redonda, despejado su cráneo de pelos inútiles, es un campo de brillos tostados por el sol de las cuatro estaciones.
No había pensado decir nada de él porque hasta ahora nada me dijo. Claro que había hablado con él, llevamos unos ocho meses de relación, pero eso no quiere decir que le hubiera mirado con los ojos que se deben utilizar cuando miras a alguien. Hoy, sin embargo, parado en una instantánea he puesto ojos a mis letras para hablar de Basilio. De golpe y porrazo mi ligazón con él se ha ido al garete; me alegro pues no me gusta estar con gente que por circunstancias he de tratar a menudo y no vea qué hay detrás de ellas.
Esta mañana, sin embargo, he comenzado un nexo unilateral con él distinto. Nada más mirar la foto sentado junto a una mujer vestida de amarillo que tus ojos sin querer se desviaban a ese color luminoso, algo dentro de mí tiraba hacia el otro extremo del retrato para que mirara al hombre y automáticamente, sin darme cuenta, le he vuelto a ver detrás de unos matorrales verdes, tan verde todo el entorno que hacía sombra para que el sol indiscreto no se colara. Estaba sentado en una mesa de camping en serena tertulia, jugueteando sus manos con un vaso de güisqui. Escuchaba, hablaba, pensaba y estaba atento a todo lo que sucedía, incluso de unos hijos que por allí revoloteaban. Sus ojos chocolate no perdían ripio, dos perfectos sabuesos. Se levantaba, atendía a los recién llegados, y pasaba del hombre amigo al hombre de negocios con la misma naturalidad que versatilidad. A veces le veía acalorado de tanto trajín, pero no abandonaba esa faceta que combinamos entre lúdica y laboriosa, al menos el empresario que se está jugando las habichuelas de su familia cada minuto que pasa.
Detrás de esa instantánea, además, he visto un hombre currante, currante de verdad, hecho a sí mismo y que sabe como son los océanos empresariales de profundos, de intempestivos, revueltos, imprevisibles, e incluso de poco fiables. Un hombre hormiga al “tantán” de su instinto, de sol a sol, se abre camino cada día.

En esa mesa de camping playa, mientras un cubata caía tras de otro, he disipado las nubes glotonas que no nos dejan ver, y, por fin,  he avistado a un hombre de maneras sencillas, educadas y medidas que, por casualidades de la vida era mi editor, ese que te mira viendo en ti una máquina registradora de generar dinero, así de crudo, pero así de real. Un negocio es un negocio y has de tener la mente fría para evaluar riesgos,  y ganancias, ahí nada pintan los sentimientos. No sé lo que vio en mí, habría que preguntárselo a él. Personalmente ahora veo un hombre que forma parte de mi paisaje y me gusta mucho que esté ahí.

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