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sábado, mayo 30, 2015

EL NIÑO DEL PATINETE

Cuántas veces buscas algo que no sabes qué es hasta que lo encuentras. Yo lo llamo la chispa de la vida y la reconoces rápidamente…
Había sido una mañana de verdes, agua y azules. Mis ojos buscones se perdían entre cañas, aneas, mansiegas y carrizos, mientras mi corazón volaba detrás de las garzas. La mirada se había quedado prendida entre aquel azul espumoso y el verde de sus orillas. Los oídos desajustados de tanto ruido, había caído en el embrujo de aquel silencio sereno que se balanceaba en las aguas de un lago sin fin. Entonces, ¿qué más podía esperar? Nada y sin embargo aún me esperaba un toque de sorpresa en una esquina valenciana.
Era la hora de comer. Brindis, risas y buen yantar cuando decidí salir a fumar. Me senté en el escalón de la puerta del restaurant. Al principio dudé si sentarme o no. El lugar era lo suficientemente elegante para no pegar una rubia de pelo alborotado con una copa y un cigarrillo, pero mi voluntad se doblegó a la sensación que me produjo la acera de enfrente.
Un mínimo parquecillo, frondoso y bien cuidado. De repente aparece un niño de unos seis años con la fuerza de un huracán montado en su patinete. De piel tostada y pelo liso, destacaba de esa luz mediterránea que recuerda siempre tanto a un cuadro de Sorolla: luz y más luz, después azul y más azul. Los ojos del niño, de mirada ausente de peligro, estaban clavados en un punto cuyo freno parece que fue el semáforo rojo. Un segundo movimiento relleno de esa frescura y parsimonia que posee el mundo infantil, bajó de su patinete y se agachó sacándose de sus tiernos pies las zapatillas que llevaba puestas. Después, se saltó una pequeña valla que separaba el jardín de la acera. Cuando sus plantas tocaron el frescor del césped, su cabeza se giró al cielo apretando los ojos y extendiendo los brazos en amago de sentirse paloma. Una vez que sus sensaciones se vieron saciadas, volvió a abrir los ojos y se encaramó al primer arbolillo que encontró. En mí ya habían surgido muchas sensaciones de placer mientras la sonrisa se escapaba de la boca.
Una voz le llamó “Vamos, Miquelot” Y con la elasticidad de un junco, Miquelot bajó, se puso sus zapatillas y se perdió en el asfalto.

Entré, mis compañeras de viaje seguían enfrascadas entre risas y copas y yo…, abstraída en un mar de emociones del color azul, verde y agua tratándolas de ordenar en una vieja libreta.
¡Buen fin de semana, amigos!

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