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sábado, mayo 24, 2014

ALLÁ DONDE EXISTE UN REZO

¿Cuántas formas hay de rezar? Tal vez tantas como seres humanos, ¿no? Porque cada persona tiene una forma de expresarse, de sentir, de acercarse a ese Dios que se sostiene en la fe de cada uno, porque creer es cuestión de algo tan íntimo y personal que es muy difícil exponer para que los otros crean como tú y, tal vez, ese Dios unipersonal se sostenga gracias a los gestos y obras humanas que engrandecen al hombre… Anoche recé en medio de una película de crímenes mientras en la radio entrevistaban a Simeone; difícil situación para concentrarse, pero no imposible cuando el sentimiento es hondo. Me explico… Sonó el móvil y descolgué, la voz de mi madre era tan apagada como  de sin vida; mi madre es una mujer dura, fría, tanto que la cuesta mostrar sus sentimientos, por lo tanto, eso de llorar no va con ella. Sin embargo hubiera jurado que estaba llorando. Su voz atrapada en el desconsuelo me contaba que su amigo Carlos se había mareado y a los pocos minutos su corazón dejó de latir… Carlos era un hombre amoroso, elegante, educado, amable, de charla entretenida y con la acidez del descreimiento por tanto vivido. Ambos se sentaban juntos cada mañana, cada tarde. Refunfuñaban de la comida que les daban y que no les gustaba, de los hijos pero sobre todo de los nietos. Y así pasaban los días, las horas en la residencia de ancianos en la que vivían y donde cuanto más pasaba el tiempo, más añoraban su hogar.

Cuando Mamá me lo contó entre silencios y palabras cortadas, recordé el rostro de Carlos y las sonrisas que le robaba cada día al ir a ver a mi madre; es más, el recuerdo de su sonrisa se puso en el mismo plano que la pena de mi madre y la plegaria que lancé al aire ahumado de mi cocina. La voz de Simeone se mezclaba con las voces de la película, con el tintinear triste de Mamá y aquel extraño rezo mío hasta que presentí un ángel revolotear a mí alrededor. No me preguntéis un porqué, pero sentí una vez más en mi vida que existen los ángeles… El ver, sentir y apreciar que la muerte crece entorno tuyo es desgarrador porque nunca se está preparado para ella, porque aunque maldigamos muchas veces a la vida, nos aferramos a ella como gato “panza arriba”, y mi madre no es ninguna excepción; junto a aquellas palabras torpes que me lanzaba a través del teléfono, sentí su miedo, su soledad, su pena, tanta, que me hubiera gustado abrazarla como ella me abrazaba cuando era yo pequeña y trataba de aislarme de los miedos, pero ante la ausencia del abrazo volví a presentir mis rezos para que estos acercaran uno y mil abrazos a una madre desconsolada y temerosa.

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