domingo, noviembre 22, 2009

LECHUGAS

Ayer al leer un artículo de Bárbara Alpuente sobre ayudar a un extraño en apuros, mi memoria funcionó con la puntualidad de un reloj…
Eran las ocho de la mañana cuando al irme a trabajar, uno de mis hijos me dijo “Mamá acuérdate de comprar lechugas”. Transcurrió el día como una pesadilla de ciencia ficción en que los extraterrestres a modo de jefes te dan caña, los clientes no dejaban de llamarnos porque aquel día el mercado bursátil había amanecido loco y no nos dio tiempo ni a comer. Al terminar la jornada, una compañera nos dijo “Necesitamos llorarnos un rato. ¿Nos tomamos una copa?” Todos contestamos que sí, y yo añadí que fuera rápida pues tenía que comprar lechugas.
Tomé una sola copa (sin haber comido) en la que afloró el cansancio, las rabias para terminar riéndonos de nosotros mismos; delicioso como siempre, Es más, me habría quedado si no hubiera tenido el tema de las lechugas.
Cuando salí a la calle y miré la cuesta que debía subir, mi cabeza me abandonó. Me era imposible ir derecha. A ratos paraba para conectar el rumbo con mis pies. Al verme tan mal, quise llamar al móvil de un compañero, pero no atinaba y, en esto, que mi teléfono suena y logro descolgar. Una voz afable me pregunta “¿Dónde estás?” Y yo contesto “Comprando lechugas” Y colgué… Logré montarme en el bus, pero fue mi perdición porque en vez de sentarme en dirección hacia donde iba, me senté en dirección a donde no iba… Y regresó mi cabeza a agitarme el estómago y la vista. Frente a mí recuerdo que llevaba un chino y un hombre de color. Al primero, le veía totalmente rasgado y, al segundo, como si le creciera la boca para enseñarme una dentadura cada vez más blanca. No había avanzado el bus más allá de dos paradas, me precipité hacia la puerta y, según bajé, alimenté a un árbol con el cocido madrileño que me había tomado hacía dos meses. No podía parar y un sudor frío recorría todo mi cuerpo… Recuerdo que iba vestida estupendamente, con esto quiero decir que mi aspecto aunque no era saludable, no podía estar bajo sospecha de nada raro. Pues bien, nadie me socorrió. Sí sentí las miradas clavadas sobre mi espalda convulsionándose, pero nadie osó a acercarse y preguntarme si necesita ayuda... Anda que no la necesitaba. Tanto como un atunero perseguido por piratas.
A duras penas me pude incorporar, y noté que el mundo me había subido a un tiovivo que no cesaba de dar vueltas.
No sé cómo fui capaz de parar un taxi, pero lo hice y cuando el taxista me pregunto a dónde iba yo contesté “A comprar lechugas”. La carcajada del taxista me permitió reaccionar y por fin llegué a mi casa que entré sin saludar, directa al cuarto de baño. Me desvestí y me metí dentro de la ducha. Incluso me senté en el suelo mientras el agua barría aquel mareo que se obstinaba en no querer huir de mí.
Cuando salí, me encontré con la agradable sorpresa de la mesa puesta y la cena preparada. No levantaba la vista del plato, no podía. Hasta que una voz afable, la misma del teléfono, me preguntó “Dónde están las lechugas, cielo?” Y yo contesté sin poder retirar la mirada de la tortilla “Las perdí y nadie me ayudó”

13 comentarios:

Jesús Arroyo dijo...

Cantalapiedra, vamos a ver:
Cuando un viernes salgas del currele, tómate las copas que quieras, no son malas si lo haces de viernes a viernes, pero ¡cojona! no pienses en lechugas con tanta ansiedad que mira lo que ocurre.
Parece mentira. De verdad....
Pobre voz telefónica...
Un beso. ¿Quieres tomar algo?

TORO SALVAJE dijo...

Que solos estamos verdad?

Besos.

joselop44 dijo...

La insolidaridad de la gente es terrible.
Un abrazo amiga.

Salvador dijo...

Soy Salvador Robles, el escritor de Bilbao que ha publicado varios cuento en el blog de Liliana. Gracias por recomendar la lectura de mis obras.

Por cierto, María Ángeles, tus textos, y las fotos que los acompañan, rezuman sensibilidad. Si quieres que te remita algún cuento mío para que lo publiques en tu blog, estaré encantado de hacerlo. Puedes escribirme a esta dirección: sroblesmiras@hotmail.es
Un cordial saludo

Inés dijo...

Si bebes....no pienses en lechugas.
¿Que no te ayudaron? ....mal, estamos perdiendo las maneras...y eso sí que es grave.
Recupérate...y la próxima sin alcohol ¿vale?Bss

PIZARR dijo...

Pobrecilla, menudo rato...

Y es cierto que nadie ayuda a nadie... bueno casi nadie... porque en más de un lio nos hemos visto envueltas la de los ojitos y yo por intentar ayudar.

Yo todo lo que escribes me lo tomo como real, como parte de tu vida, aunque pudiera ser que se trate solo de literatura. De cualquier manera me encantan siempre tus relatos y tus anécdotas cotidianas.

Un abrazo Mª Angeles

Antonio dijo...

Mª Ángeles, a las copas, para que no hagan efectos perversos, se le han de echar pan y tapas, no lechugas. Mi hijo, cuando ve algún comportamiento raro, cuando se luenga la traba, o similar, suele decir: Ya ha bebido este y no ha comido pan... es que el pan empapa el vino.
Sinceramente, me he sonreído con tu relato y ahora la conciencia me dice que eso no está bien, pero la vida es así, de cuando en cuando es una experiencia digna de tener en cuenta para la próxima vez.
Brindo por tu salud y por la persona que te preparó la cena

Codorníu dijo...

Juer, Rubia:

No te puedo dejar sola. Una mezcla extraña, ésa de las lechugas, la copa potada etc. El relato es muy bueno. Tiene tu firma. Veo que sigues en la línea correcta. Ficción y biografía.

El follón bursátil me ha llegado al alma: ya sabes que fui bancario.

Te escribo con mi havanna. Es de noche y duermo poco.

Besos, amiga.
P. Codorníu
(Sabes que te leo a diario)

guillermo elt dijo...

Lechugas no compradas???... Mientras no te dé por quitarle los carteles de las paredes a los fachas, en periodo de elecciones... :))... Bueno, eso pasó hace muuuuchos años...jeje.

Lastimica de árbolico... Lastimica de tí, que ni una palabra de ayuda.

Qué quieres que te diga?... pues que, como que te veía... jeje.

Besicos.

Albino dijo...

Nunca compré lechugas, pero muchas veces tomé alguna copa de mas, en tiempos en los que no había radares e incluso ahora si no tengo que salir de casa. Por eso no puedo asociar un buen Oporto (me gustan los vinos un poco amariconados -ojo, solo los vinos-) con una lechuga.
Pero por lo que cuentas, tienen mas concomitancias que las que yo pensaba.
Quizá algún día brinde con lechugas.
Un beso

Nómada planetario dijo...

Lo de la falta de solidaridad es algo palmario, el otro día había una chica ciega en la puerta de la facu parada, nadie tuvo la ocurrencia de preguntarle si necesita ayuda para cruzar o algo así. Al final sólo esperaba a otra persona para recogerla con el coche.
Besos de lunes blanco o vírico según se mire, ha caído algún profe.

la-de-marbella dijo...

Anda jajajaja me encanta tu historia con las lechugas y tengo alguna muy parecida con una barra de pan. Beber estresada y con el estomago vacio es una mezcla explosiva, pero fijate, ni aun asi perdiste de vista tu obligación de comprar la dichosa lechuga.

Luis y Mª Jesús dijo...

Hace una semana pase por una situación parecida; estaba en pilates y cuando giré la cabeza hacia un lado perdí la noción, creí que no llegaba al baño. afortunadamente es un virus que lo peor dura poco, pero ten cuidado no termina de pasar del todo hasta unas cuantos días.
Ponte muy muy bena.
¡Qué dulce el que pregunta!.
Besazo