La encontré casualmente una mañana. No sé qué
estación era del año, aunque si me hubiera tocado elegir, me hubiera gustado
que fuera otoño por su color de Esperanza. La encontré entre cientos de
personas que te cruzas a diario, rostros anónimos que apenas te percatas de
ellos por ser parecidos, por ir a lo tuyo y no poner ojos a la vida. Al poco
tiempo, volvimos a coincidir. Rozó mi hombro como yo podía haber rozado su
espalda y, al mirar, vi unos ojos cargados de algo que sin querer me embelesaron.
Decidí volver la cara y mirar pausadamente aquellos ojos, retinas de aguas
mansas cuya luz a veces es azul como verde, pero sobre todo me subyugaba su
quietud; eran tan hermosos como dulces y amorosos destilando bondad. No los
olvidé.
La vida es una noria, sube y baja, un autobús que
va y viene, de paradas intermitentes, y comenzamos a coincidir en una de
nuestras escalas. De ella no sabía nada, pero me dispuse en esos tiempos
muertos a deducir cómo sería ella, por lo que me paré a examinar su rostro
después de ver una impronta en ella de prudencia contenida, de no llamar la
atención y el deseo de pasar desapercibida.
Su pelo, un rubio de castañas, corto y disparado.
Su piel, marcando arados y tempestades, pero guardando el terciopelo para quien posara
sus dedos en aquel rostro. De nariz chiquita como su boca y sonrisa tímida. Como
colofón, aquellos ojos que calientan el alma mientras les miras, de otoños
acumulados en el sosiego de un hogar.
A finales de una primavera, de sol y azul rabiosos,
la vi caminar por la Plaza Mayor. Supe que era ella. Su caminar tímido como
toda ella, de estatura reducida, de silencios largos y acompasado su respirar.
Palabras chiquitas cargadas de simbolismos, de palabras quietas y otras mudas.
Abrí mis brazos al viento como queriendo rodear la faz de la tierra, y guardar
todo un mundo en mis brazos. Un haz de luz me miró y supe en mi corazón, a
veces tan marchito, que la ternura me embriagaba, como el amor que destilaba
aquella mujer diminuta de cuerpo y tan inmensa a mis ojos.
Es inusual comenzar a estimar a alguien por una
foto, una instantánea sin vida. Sí, muy cierto. Pero esta mujer, tan común su
físico como miles de mujeres con las que te topas cada día, es distinta, pues
nada más cruzarte con ella, presientes que la Esperanza ha llegado a ti y la
quieres sin más. Más tarde, cuando intercalas su voz con la tuya, te reafirmas
que no te equivocaste, que aquello que presentiste una vez en unos ojos es real
como la vida misma.
Hay mujeres de todos los colores, como hombres,
niños y ancianos. La mujer de mi retrato que no es sueño ni es imaginación, es
real. Insisto, del color de la Esperanza.
1 comentario:
Muy bonito relato.
Publicar un comentario