martes, junio 11, 2019

HISTORIAS DE UN AUTOBUS: TRES HOMBRES EN UNA PARADA


Hay veces que, aunque uno no quieras ver, ves, y otras que, a pesar de tener el corazón dormido, un tintinear de campanillas te despierta dulcemente…

Ocho menos cuarto de la mañana, el día se despereza de la bruma atascado entre coches y claxon desprovistos de sensibilidad. El autobús trepa calle arriba como puede. Su bamboleo arrulla tus últimas neblinas hasta que para en seco.

Un motorista monta en cólera y todo el mundo fuera del bus a ver el lío que se ha desencadenado, menos yo que sigo pegada a la ventana y mis ojos estrellados en tres hombres.
Uno de ellos parece estar en una nube, nada de lo que pasa parece ir con él. Atusa a un caniche. Este le lame la cara y el rostro del hombre rezuma gratitud hacia el animal; presiento que su soledad amaina con ese cariño incondicional. Lo deposita en el suelo y veo que el perrillo va bien abrigado con una especie de abriguito rosa con algo grabado en el lomo. Agudizo la vista y alcanzo a leer “Me llamo Lola”. No he podido reprimir la sonrisa.

Otro de los hombres es bajito, tiene cara de ardilla y nariz de payaso. Está enfundado en un plumas que abulta más que él y la cabeza la lleva tapada por un gorro de lana. Tiembla a pesar de encogerse para repeler el frío. Contemplarle es ir directamente a la ternura, palpar la indefensión.

El tercer hombre parece que perdió la brújula y no sabe si va o viene. Habla solo, enfadado chilla al cielo y se remueve en la parada del autobús como si un séquito de hormigas estuviera recorriendo su cuerpo. Da lástima contemplarlo e incertidumbre comprobar que cualquiera puede terminar como ese pobre hombre.

Los tres se ignoran a pesar de que estén pegados los unos a los otros, no  se necesitan… Tienen sus propios mundos, sus propias cosechas de soledad, carestía, dolor y tristeza. Sí, porque aún siendo tan opuestos, poseen ese denominador común de destierro y melancolía en sus rostros. Perdidos en un asfalto sin otro calor que esperar que pase la vida con el único abrigo de su piel.

… El autobús seguía parado y sin darme cuenta he visto como mi cuerpo se levantaba, salía del autobús y daba un beso a cada uno de esos tres hombres; me han mirado como una lunática.
Después, me he vuelto a subir al bus y he respirado hondo; me sentía francamente bien.

2 comentarios:

Macondo dijo...

¿Cuánto tiempo haría que no recibían un beso de un ser humano?

Marigem dijo...

Si hay algo que me gusta en la vida es descubrir el mundo desde un autobús a primera hora de la mañana, me hace viajar a la adolescencia, cuando jugaba a imagimnarme las visas de los que veía en el bus.
He disfrutado mcuho con el relato, seguro que los rres han agradecido el beso.
Feliz martes.