domingo, noviembre 13, 2016

AUSENCIA

Me desperté en medio de la noche. Tenía la sensación que faltaba aire y la oscuridad comía mis ojos. Palpé la cama y no encontré en ella más que el hueco de la ausencia. A trompicones me levanté con la desorientación de quien  acaba de encender la cabeza y esta responde perezosa. Salí de la habitación y vislumbre una luz amarillenta al fondo del pasillo; era la luz de la farola callejera, la centinela que ilumina a los despiertos. Paseé por las sombras fantasmagóricas de los muebles, de suelo, de las paredes, pero no encontré a mi ausencia. Volví a la cama preguntándome dónde estaría y, como estaba intranquila, volví en su búsqueda. Cuando ya volvía sobre mis pasos, me di cuenta que mi ausencia podía estar en la habitación de Íñigo; no me equivoqué.
En el patio de luces tres ventanas estaban encendidas, las justas para que me permitieran ver a mi ausencia resguardada en la almohada de Íñigo con su olfato pegado al almohadón. No hice amago de cogerla en mis brazos y llevármela al hueco de mi cama vacio ocupado las últimas semanas por mi ausencia.
Volví a la cama e instantáneamente me quedé dormida. Al cabo del tiempo, debía ser amanecida calculando el tiempo transcurrido en los vahos del sueño, escuché la puerta de la calle que se abría sigilosa y unos pasos menudos ir al encuentro de Íñigo. Después, mi ausencia hacía dos intentonas de subirse a mi cama y ocupar su hueco ¡Curioso!, me dije mientras acariciaba su piel y nos acurrucábamos para completar la noche.
… Dos semanas atrás, nuestra mascota se resignó a la marcha de Íñigo, estaba acostumbrada a verlo partir muchos días con su bolsa negra colgada del hombro, sin embargo esta vez la bolsa negra era más grande y se arrastraba por el suelo. Se dejó acariciar, le miró con sus ojos lánguidos y no esperó a que la puerta se cerrara, marchó lentamente hasta la habitación de Íñigo y se metió debajo de la cama. De allí solo salió a comer y regresó a su guarida. Esa misma noche se subió a mi cama y escuché su respiración pegada a mi oreja.
A la mañana siguiente, volvió a su guarida y cuando escuchó que  salíamos de casa apareció y nos miró desafiante. Como no vio respuesta, se fue. Sin embargo al llegar al portal, me di cuenta que se me habían olvidado las gafas y subí a casa a por ellas. Ya en el ascensor escuché un sonido extraño y al llegar al quinto piso pude descifrar con toda nitidez que se trataba de un aullido apenado. Al abrir la puerta me encontré a la mascota subida a la mesa aullando a su propia tristeza.
Con los días, nuestra mascota fue recuperando su esencia sin dejar de lado pequeños latigazos de pena solo abandonados por el rugir del motor de una moto en la calle. Entonces salía disparada a esperar a la puerta. Como esta no se abría, volvía con sus pasos cansados a la rutina. Hubo un momento en que olvidó aquel ruido callejero, apenas un amago de elevar una oreja y mirarnos pero no se levantaba. Por las noches, cuando la luz se apagaba, nuestra mascota se quedaba en posición de espera y ya a media noche, cuando la espera desesperaba, se iba a mi cama a llenar su hueco de ausencia.
Hace dos noches, por fin, regresó Íñigo. Nuestra mascota recuperó su paso trotón de saltimbanqui payaso y esa misma noche ya no ocupó su hueco en mi cama. Cuando desperté me asomé a la habitación de Íñigo y encontré a nuestra mascota tumbada junto a la cabeza de Íñigo mientras lamía el pelo de su amo.
Pero lo de este amanecer me ha descolocado desde un principio. Eso que se pasara la noche esperando en posición perseverante de vigilia me cuadraba, pero su vuelta al hueco de mi ausencia, no.
Pero mi duda ha sido esclarecida. Cuando nos hemos levantado, nuestra mascota ha ido a la habitación de Íñigo, se ha subido a la cama, ha lamido el rostro de Íñigo y se ha ido a desayunar. Sí, entonces he comprendido que los perros como los humanos, proceden con los mismos recursos para no sufrir más de la cuenta. Tratan de restablecer una rutina acorde con las ausencias que puedan estar obligados a soportar para que cuando la ausencia venga a por ellos, el aullido de su tristeza no haga demasiado daño a su corazón.

Una mascota humaniza al ser humano. Habla con sus gestos, abre nuestra sensibilidad al amor incondicional. No hablan con palabras, solo con hechos.

3 comentarios:

la MaLquEridA dijo...

Si fuésemos más observadores aprenderíamos mucho de los perros. Hacerlo nos volvería más humanos.



Excelente texto.



Un abrazo

Celia Segui dijo...

Precioso, Mª Ängeles. Los perros son seres tan tiernos...
Besos.

Pedro Luso dijo...

Mª Ángeles,
Como sempre gostei muito dos cães, está tua crônica não podia deixar-me indiferente. Pelo contrário, gostei muito.
Abraços. Pedro.