Vídeo promocional Mujeres descosidas

miércoles, marzo 19, 2014

GATO

La mañana amaneció suave, el viento dormido y de los colores que presagian que en dos días estaría la primavera en su equinoccio.
El camino era una serpentina zambulléndose árboles desgarbados, altos para tocar con sus yemas un cielo tan azul como tenue. Árboles deshilachados cuyas ramas crecían sin rumbo y que, sin duda, en un futuro próximo crearían un túnel verdoso sobre aquel camino que guardaba un bello secreto.
Todas estirábamos los cuerpos girando nuestras cabezas entre el estupor por el encanto de ese lugar, y las ganas de que aquel sol tierno calentara los huesos después de un invierno crudo y lluvioso. Cada una deambulaba entorno a aquel paraje tan singular gozando del prodigio que a veces el ser humano crea con sus manos, pero lo que yo no sabía es que un ser diminuto del color de la leche y del color de la noche cerrada iba a expandir mis ojos ante la educación de sus gestos, no enseñada por nadie, simplemente guiado por su instinto animal.

Cerca de donde estábamos charlando un grupo de mujeres, de alegres maneras y voces que más bien eran cascabeles, se acercó un gato sin prisa, sin miedo a nuestras sombras. No estaba gordo, era feo, de cuerpo alargado, de piel brillante en blanco y negro, cabeza diminuta y ojos verdes achinados; después de merodear un rato, sin pudor se puso a hacer sus necesidades en la misma postura que lo puede hacer cualquier perro. Al terminar, con una delicadeza gatuna y asombrosa, primero con una pata, después alternó con la otra, fue tapando sus desperdicios con tal armonía, con tanto cuidado, que el grupo de aquellas mujeres no pudo mirar a otro lado, sólo observar a aquel animalillo de modales tan cuidados. Al terminar su faena, se estiró con pereza, con la satisfacción del deber cumplido para después, sin prisa, poner en movimiento su cuerpo con graciosa majestad a pesar de la fealdad de su figura; al llegar a ese sol que calienta sin quemar se tumbó a tostar su piel. Cerró los ojos y un airecillo tan suave y mágico como ese paraje hizo que despertaran aquel grupo de mujeres en un día de ociosa alegría que cualquier cosa, gesto, por insignificante que sea, es un motivo para sonreír a la vida.
PD El lugar del que os hablo es El coto de San Bernardo... Si pincháis sobre el nombre os llevará al enlace.

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