Mi Pepe no lo supera; treinta y un años pa ná,
¡Pobre hombre! Sí, sufre lo indecible y pa ná, porque si el sufrimiento te
llevara a buen puerto pues todo gasto es poco si la dicha es grande, pero no es
el caso.
Todo empezó hace muchos, muuuchos años, llevábamos
casados apenas hora y cuarto minuto cuando me vio bajar de casa de mis padres y
me preguntó “¿Qué llevas ahí?” Yo le miré con ojos de enamorá sin estrenar y le
contesté “Mis chismes” Primero se quedó catatónico, después se enfadó. Yo le
miraba sin comprender mientras pensaba que me la habían dado con queso y mis
neuronas jóvenes y frescas me decían “Aún hay tiempo, sin consumación, tú te
vuelves por dónde has venido y aquí no ha pasado ná”… Todo aquel pollo por tres
maletones sin bolsas ni bolsitas ni bolsos ni bolsitos, sólo vestida de novia y
mis tres maletones. Grandes, eran inmensos, no voy a mentir, pero de ahí a
sacar el tigre que llevaba dentro y al cual no había tenido el desgarro de
conocer, va un abismo. La sangre no llegó al río y el tiempo hizo que fuéramos
cogiendo confianza y ya sabe que a veces la confianza da asco.
Claro en aquellos tiempos, me parece la edad del
cromañón ahora que lo pienso, uno se conocía a medias, había restricciones de
todo tipo y no sabía que mi Pepe era tan austero y él no sabía de mí que era “tan
tantarantán” que según pasaron los años el “tan tantarantán” se fue
convirtiendo en otras versiones hasta desembocar en la actualidad en una
chachichoni…, yo, él sigue tan enjuto y austero. Primero fueron los niños. Traslada
sillas, sillitas, biberones, juguetes y juguetitos. Después, mascotas,
mascotitas, bolsa y bolsitas, maletas y maletitas. Mi Pepe ya se compraba los
coches en función del maletero; si era grande, compraba el coche. Daba igual, yo llenaba el coche hasta debajo
de los asientos; en este punto comenzaron a aparecer las bolsas y bolsitas que
se acoplaban a espacios mínimos, y mi Pepe cada vez más y más inflado. Ya no
llevaba dentro un tigre sino un tigretón. Yo me hacía la ofendida sorprendida
porque no entendía ni entiendo que por veintisiete mil chismes se desquicie y
se ponga malo malito penoso.
Pero es que lo de hoy ha sido muy fuerte, creí que
me quedaba viuda. No atinaba ni a hablar, sólo decía “No hay lechugas en Madrid
que hasta te tienes que llevar lechugas vallisoletanas” “Pues sí, Pepe, las
lechugas de mi pueblo son frescas y baratas” ¡Qué viaje me ha dado con las
lechugas! Cuánto más se metía con mis lechugas, más se alteraba Vicky, la
coneja, que veía peligrar su plato favorito que son las hojas de lechuga. El
perro parecía estar en un partido de pimpón mirando a uno y a otro temiendo que
se bajara la ventanilla del coche y salieran zumbando él, las lechugas y las
bolsas y bolsitas.
Para que no se alterase más, he descargado su
coche, su coche de alta gama reconvertido a fragoneta por la chachichoni de su
mujer, ¡Qué cara de dolor! Bueno de dolor tampoco, más bien de leche
fermentada.
¡Tengo un dolor de riñones al jerez tela! Pero ya
todo colocado, mis plantas, mis maletas, maletitas y maletones. Mis huevos, mis
tomates, mis bolsas y bolsitas. Mis cuadros y cuadritos, mis reyes y reyecitos,
ah, y mis lechugas.
De verdad, ahora que no me lee nadie, no seáis
como yo. Estáis a tiempo, lo mío ya no tiene solución más que nada porque no
siento arrepentimiento ninguno, y como me quiero mucho, me perdono.
3 comentarios:
Es que los hombres son muy pesados con eso de " pero que llevas ahí, te he dicho que vamos de excursión, no que nos trasladamos de domicilio". Pero después del disgusto, el soponcio y las malas caras y una vez llegados al lugar siempre preguntan ¿ trajiste el....?.
Paciencia y besos
Divertidísimo el relato. ¿Quién no lo ha sufrido alguna vez? Sobre todo nosotras. Pero...¿Qué le vamos a hacer? Así es la vida. Ante el vicio de enfadarse, la virtud de no hacer caso. Jjejejj...
Abrazos.
Jajaja, me encantan estos relatos tuyos tan simpáticos. Tienes mucha gracia escribiendo, y además, es tal cual lo escribes.
A punto de terminar estas fiestas navideñas, te deseo un feliz año y te envío un beso.
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